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Preocupación por el desalojo de un refugio de protección para mujeres y víctimas de trata en CABA
13 de mayo, por El Estado es responsable — Géneros y Sexualidades, Ciudad de Buenos Aires, Trata de mujeres, Jorge Macri, Violencia de género, refugios, Géneros y Sexualidades, Ciudad de Buenos Aires, Trata de mujeres, Jorge Macri, Violencia de género, refugios
En los últimos días, residentas y trabajadoras fueron notificadas de un desalojo inminente y reorganización forzada del espacio, bajo el argumento de una “necesidad de gabinete”. La situación genera preocupación por el impacto directo sobre mujeres, niñeces y personas en situación de extrema vulnerabilidad que actualmente se encuentran alojadas allí.
El dispositivo bajo riesgo es el refugio Mariquita Sánchez que forma parte del sistema de protección del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, bajo la órbita de la Dirección General de Protección Familiar contra la Violencia (ex DGMUJ), y cumple una función esencial en el alojamiento, asistencia y acompañamiento de personas víctimas de violencia de género y trata.
La medida impulsada desde el Gobierno de Jorge Macri implica el desplazamiento abrupto de personas atravesadas por situaciones de violencia de género, violencia intrafamiliar y trata, muchas de ellas con medidas de protección, procesos judiciales en curso o condiciones subjetivas delicadas producto de las violencias vividas.
<script async src="//www.instagram.com/embed.js"></script>Trabajadoras del espacio advierten que este tipo de decisiones institucionales no pueden ser abordadas únicamente desde criterios administrativos o de reorganización política. Los refugios y dispositivos de protección no son estructuras vacías ni edificios disponibles para cualquier uso: son espacios construidos para resguardar la integridad física y emocional de personas cuya seguridad depende, muchas veces, de la estabilidad, confidencialidad y continuidad del alojamiento.
También señalan que las políticas públicas de asistencia vienen atravesando desde hace tiempo procesos de precarización, reducción de recursos y debilitamiento institucional. La falta de planificación, los cambios intempestivos y la utilización discrecional de espacios destinados a protección generan incertidumbre tanto en residentes como en equipos de trabajo.
La preocupación central radica en que este tipo de medidas puede derivar en:
* Revictimización de personas alojadas.
* Interrupción de procesos terapéuticos, sociales y judiciales.
* Pérdida de referencias de cuidado y estabilidad.
* Exposición de personas en situación de riesgo.
* Sobrecarga y desgaste extremo de trabajadoras de primera línea.Quienes sostienen diariamente estos dispositivos remarcan que la protección integral requiere continuidad institucional, equipos estables y decisiones políticas centradas en derechos humanos, no en conveniencias coyunturales.
A su vez, se denuncia que muchas veces las políticas destinadas a mujeres y diversidades son las primeras en sufrir recortes, desplazamientos o vaciamiento, incluso cuando se trata de áreas que trabajan con emergencias críticas y situaciones de riesgo vital.
La situación abre interrogantes urgentes:
* ¿Qué garantías reales tendrán las personas alojadas frente al traslado o desalojo?
* ¿Qué protocolos se implementarán para evitar daños mayores?
* ¿Quiénes toman estas decisiones y bajo qué criterios?
* ¿Qué lugar ocupan actualmente las políticas públicas de protección frente a la violencia de género y la trata en la Ciudad?
Desde distintos sectores se exige que cualquier modificación en dispositivos de protección respete criterios de confidencialidad, cuidado, no revictimización y preservación de derechos, priorizando la seguridad de residentes y equipos.
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Dora Coledesky: una potente trayectoria vital, militante del aborto voluntario, de derechos humanos y de las minorías sexuales
13 de mayo, por Ideas de Izquierda — Géneros y Sexualidades, Movimiento obrero, Feminismo, Trabajadoras, Bloque idz inferior2 2, Dora Coledesky, Géneros y Sexualidades, Movimiento obrero, Feminismo, Trabajadoras, Bloque idz inferior2 2, Dora Coledesky
Reconstruir la biografía política de Dora Coledesky (1928/2009) supone una apuesta de largo alcance, ya que es poco lo que escribió sobre sí misma. Por lo tanto, son escasas las entrevistas en las que habló sobre su historia personal durante los años de juventud y sobre su militancia trotskista hasta su exilio en Francia, en 1976. Su recorrido como cuadro de cuño trotskista a lo largo de las décadas del 40 y del 50 estuvo ligado a la imponente trayectoria de su pareja y compañero de vida, Ángel Fanjul.
Presumiblemente, Dora descubrió en Ángel su espéculo, su otro complementario y, en consecuencia, postergó sus propios potenciales; pese a que intervino en actos políticos como una ardiente oradora, tuvo una intensa participación sindical, colaboró con artículos de avanzada en un periódico político partidario Voz Proletaria, brindándole empuje y nacientes posibilidades. No obstante, esa capacidad de referente y estratega todavía no había sido desplegada íntegramente, la desarrollaría más tarde. Comenzó en Buenos Aires. Después en París. Por último, al retornar a Buenos Aires en 1984, durante la transición democrática, ya decidida a actuar con todo ese bagaje adquirido. De inmediato, se convirtió en la principal defensora de la conquista por la despenalización y legalización del aborto en la Argentina hasta su muerte.
Desde 1946 rigió entre Dora y Ángel el modelo de pareja militante entregada a la causa revolucionaria y a la proletarización, conforme al consenso del momento. En líneas generales en este prototipo de vínculo el compromiso afectivo era perseverante, duradero y resistente al tiempo. Sin embargo, lo que determinaba por excelencia el sostén de su continuidad sería el compromiso político e intelectual. Aún no había llegado el momento de desafiar los estrechos límites del horizonte mental de su generación para confrontar los modos hegemónicos de autoridad y jerarquía dentro del mundo privado. En el último reportaje Dora lo recordaba así:
Aunque yo no entendía mucho, pero me convencían sus ideas, su lucha contra el estalinismo. Era un hombre descollante, muy inteligente, de gran dignidad, y me ganó espiritualmente, nos enamoramos profundamente. Pero tengo que reconocer que la admiración que yo le tenía obró a veces como un escollo para avanzar en mi propia liberación, que fue necesario construirla a lo largo de los años, como ocurre en todas las parejas militantes [1].
En aquellos años, es posible imaginarnos a una Dora transgresora de los roles tradicionales de ama de casa y madre, firme y dura en sus convicciones, impulsiva en su accionar y poco locuaz con sus cuestiones personales y también con las ajenas. Dora representaba una fotografía de su época: lucía una estética discreta, casi conservadora, a veces rigurosa por las exigencias de las tendencias obreras clasistas y, en simultáneo, camarada con quienes consideraba sus interlocutores naturales. Y, por cierto, su solidaridad se expresaba más allá que no compartiese del todo una cuestión. Pese a su tozudez, a chillar con ira, a enojarse, era imparcial y franca y disponía de un olfato para leer las coyunturas y accionar en consecuencia. Tenía el mismo respeto tanto por lo que sabía cómo por lo que no sabía. Por ello, provocaba una atracción singular por la fuerza de su impronta política y su vocación militante vinculada al mundo de las fábricas y, en particular, al de las trabajadoras y compañeras feministas.
Dora nació en Buenos Aires el 21 de junio de 1928. Siendo una niña, junto a sus padres y a sus dos hermanas, se fueron a vivir a Rosario. En esa ciudad terminó la escuela primaria y comenzó la secundaria. Recién cumplidos los 14 años se trasladaron a Tucumán. El ambiente hogareño de Dora estaba impregnado por las lecturas de importantes periódicos socialistas, pero también por el clima de uno de los conflictos más sangriento de Europa desde el final de la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil Española. Su padre, Julio Coledesky, corredor de libros de la empresa editorial Espasa Calpe, de ideas socialistas tuvo una fuerte influencia sobre su orientación política, así como en el itinerario de sus estudios [2]. Inició su militancia política en la Federación Socialista de Tucumán a punto de concluir el liceo [3]. Allí conoció a Ángel, un joven estudiante de derecho comprometido con posiciones trotskistas. Luego Dora transitó por el Partido Socialista, siguiendo la perspectiva “entrista” que poco tiempo antes había iniciado el Movimiento Obrero Revolucionario (MOR), un grupo de orientación trotskista en el que ya militaba Ángel, liderado por el abogado tucumano Esteban Rey. En 1951, la pareja egresó de la Facultad de Derecho para después asentarse en Buenos Aires. Fue en esa etapa que Dora decidió proletarizarse. Carlos Suárez, antiguo militante de la corriente posadista y estrecho amigo de la pareja, recuerda que:
Seguramente impulsada por su organización comenzó a trabajar en la gigantesca fábrica textil La Bernalesa, ubicada en el límite entre Quilmes y Bernal, siendo la primera empresa de hilandería más grande de América Latina, que albergó un plantel de alrededor de más de 5.000 obreras y obreros. Enfrentaba con coraje a la burocracia del sindicato, que cercenaba la democracia interna [4].
Asimismo, ella recordaría esta experiencia como una gran enseñanza en su vida:
Allí elaboraba lo que entonces se llamaba “hoja de fábrica”, que reflejaba los problemas gremiales y lo que las propias mujeres decían. Para mí fue un aprendizaje extraordinario, que no la cambio por nada. Pese a ser echada, volvía a la puerta de la fábrica a entregar volantes. En los años 50 participé en una huelga muy importante que duró 40 días. Hubo un acto en el Luna Park, y allí fue donde dije el primer discurso feminista, sin ser feminista aún. La industria textil tenía un 80 % de trabajadoras y nadie las incluía en los discursos ni ocupaban los lugares de decisión. Esto lo denuncié en ese discurso [5].
Disuelto el MOR, enseguida Dora y Ángel pasaron al Grupo Cuarta Internacional (GCI), que lideraba J. Posadas y editaba el periódico Voz Proletaria [6].
Para ese entonces, Dora (bajo el seudónimo de Estela) era un cuadro más integrado al campo sindical que al político partidario. Más tarde ingresó a otro establecimiento fabril donde llegó a ser elegida delegada. De ahí aprendió su trato con las obreras sin caer en falsas identificaciones. Supo escuchar sus charlas y secretos en los recreos. Le asombraba la apertura casi rayana a la desfachatez que tenían al hablar sobre temas relacionados a la sexualidad y, por supuesto, al aborto, siguiendo el ritmo taylorista de las máquinas. Su paso por una fábrica como trabajadora le hizo fantasear en escribir las historias de esas mujeres en fábricas tan grandes que favorecidas por el trabajo formal se encontraban con sus pares, se sindicalizaban y se revelaban. En definitiva, podían colocaren palabras sus miedos y sus placeres.
Finalmente, junto a Fanjul siguió militando en el Partido Obrero Revolucionario (POR) (Trotskista) continuidad del GCI. Este fue miembro de la dirección, apoderado legal y director del órgano Voz Proletaria [7]. Al revisar este periódico se encuentran notas escritas por Dora, quien resaltaba con anticipación sobre los derechos fundamentales de las obreras, las empleadas y las amas de casa. Sin duda, su condición de trabajadora textil junto a la participación en las luchas sindicales la llevaron a levantar reclamos significativos de las mujeres, pero siempre vinculados al avance del movimiento obrero en general, e íntimamente ligados a la clase. Por cierto, aún carecía del contenido revulsivo que manifestaron las corrientes feministas dos lustros más tarde al impugnar el orden de lo instituido y la supremacía masculinaen todas las caras del régimen capitalista y patriarcal.
Tampoco era el momento para Dora en implicarse con el feminismo, ya que en la década del 50 resultaban más relevantes las demandas de igualdad entre los sexos que las relacionadas con la propia opresión. Más aún, en nuestra sociedad tampoco asomaban adherentes a la causa. De tal modo, Dora empezó su trayectoria militante como una mujer no feminista, pero con una retórica próxima al feminismo y con una clara visión en cuanto a transformar un hecho personal y privado a uno político y público.
Desde muy joven yo había militado en el Partido Obrero Trotskista, donde no había mucha desigualdad, las mujeres que se lo proponían podían ocupar un lugar bastante a la par: yo intervenía en actos públicos como oradora, eso me dio bastante empuje, otras posibilidades. Era muy raro en ese entonces, en los años 50, que las mujeres hablaran en público. Nosotras interveníamos en Once, en Constitución. Pasaban los hombres y se detenían porque les llamaba la atención. Algunos, por supuesto, se expresaban en son de burla: andá a lavar los platos, cosas por el estilo [8].
En algunos de sus extensos artículos imprimía su firma. En otros eran anónimos, aunque sin mucha especulación se podía descubrir su influencia ideológica: “la clase obrera al luchar por su liberación, debe incorporar a su programa la lucha por la liberación de la mujer explotada, que está unida a la lucha por la liberación nacional y social, por el gobierno obrero y campesino” [9].
Sin dudas, su esfuerzo intelectual estaba dirigido a comprender las modalidades de explotación que afectaban a las obreras y a las empleadas, así como las posibles alternativas emancipadoras. No obstante, quedó vacante el análisis sobre la compleja articulación entre el trabajo doméstico no remunerado y el remunerado dentro de las disputas capitalistas. En julio de 1958 bajo el título “Rol de la mujer explotada en las luchas sociales y política”, interpelaba a sus compañeras fabriles de esta manera:
Desde ya la mujer tiene que agitar aquellos problemas que como mujer explotada la afectan. Ciertamente, son: el derecho al aborto y al divorcio, igual salario a igual trabajo para la mujer y el hombre y para los menores; la lucha contra el decreto que permite el trabajo de la mujer hasta las 10 de la noche; eliminación de la desigualdad en el matrimonio y frente a los hijos; el derecho al divorcio; al aborto; el problema de la maternidad; ampliación de sus términos a 60 días antes y 60 después del parto, pagados; el cumplimiento de las leyes que obligan a las empresas a tener salas cunas higiénicas para la atención de los niños […]. Pero la necesidad de una participación de la mujer en la vida sindical y política no rige solamente para la obrera sino también para la ama de casa, ese importante sector femenino [10].
De acuerdo al testimonio de Carlos Suarez:
En enero de 1958 ambos se presentaron como candidatos a diputados de la sección tercera por el POR (Trotskista). Al año siguiente, se fueron a vivir a un modesto departamento de Lanús, en una calle de tierra, Centenario Uruguayo. Dora, pese a su trabajo como obrera, sostuvo siempre su interés en los temas legales y con frecuencia se la podía encontrar en el estudio jurídico de Fanjul, en la calle Chile y Sáenz Peña, leyendo y opinando sobre algún caso en particular. Esta oficina era el domicilio legal del periódico Voz Proletaria [11].
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En 1968, a raíz de la invasión de la URSS a Checoslovaquia, Fanjul y Dora se distanciaron del posadismo y se fueron del POR (T). Durante los convulsionados años 70 la pareja defendió a trabajadores/as, como abogados laboralistas y acompañaban las luchas populares que proliferaban por esos años, hasta que el golpe de estado del 24 de marzo de 1976 los obligó a exiliarse en Francia. De la misma manera como Buenos Aires le significó ingresar a un nuevo mundo, citadino y bricolaje, París fue aún más intensa: se sumó a las filas de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) como militante y trabajadora en la imprenta, al efervescente movimiento feminista y, en menor medida, al homosexual. La Liga Comunista Revolucionaria, opositora al Partido Socialista y de orientación trotskista, enarboló consignas como el derecho al aborto, la lucha contra la violencia hacia las mujeres, la liberación sexual, reclamos sindicales y militancia dentro de los grupos feministas. Tras esa disputa por la emancipación de las mujeres, surgió también la defensa de los derechos de los homosexuales, asumiéndolos como uno de sus ejes políticos y de fuerte influencia dentro de dichos colectivos.
Cuando arribó a Francia se había promulgado la ley, en 1975, denominada Veil en referencia a la abogada y sobreviviente del Holocausto, Simone Veil (1927-2017), ministra de Sanidad durante el gobierno de Giscard d'Estaing. Simone de Beauvoir junto a otras feministas fueron las que encabezaron esa lucha por la conquista de la legalización del aborto durante las diez primeras semanas de gestación [12]. En esos momentos, en Dora se percibía una manifiesta solidez en sus posiciones políticas e intervenciones públicas. Aquellas causas que osó levantar en soledad durante los oscuros años de los 50 en la Argentina, ahora en Francia se hacían realidad. Así, sus recuerdos:
Francia fue el descubrimiento del feminismo, las reuniones de mujeres no solo las francesas sino por las latinoamericanas venidas de México, Perú, Colombia, Venezuela y Guatemala. Algunas estaban exiliadas y otras llegaban a estudiar o a trabajar y se enfrentaban en las reuniones con nosotras que preocupadas con la situación de las dictaduras militares poníamos el acento en la solidaridad política con Argentina, Chile, Bolivia y Uruguay [13].
En 1984, Dora retornó del exilio convertida en feminista, como tantas y tantas otras que atravesaron una transformación similar al dejar atrás la militancia en las izquierdas, y volvió con energía y arrojo para pelear por su propia sujeción y las de sus pares. Retornaba con un compromiso a cumplir: luchar por el aborto voluntario en Argentina. Lo primero que hizo fue contactarse con sus antiguas compañeras, Magui Bellotti y Marta Fontela, fundadoras de la histórica Asociación de Trabajo y Estudio de la Mujer, más conocida como ATEM-25 de noviembre. Su opus magnum activista fue crear, en marzo de 1988, la Comisión por el Derecho al Aborto (CDA). Sin más, se reunieron Alicia Schejter, Safina Newbery, María José Rouco Pérez, integrantes también de ATEM-25 de noviembre, Laura Bonaparte, una referente histórica de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, la abogada feminista Carmen González, Nadine Osídala y Rosa Farías, enfermera del Hospital Muñiz. Luego ensancharon sus filas al incorporar a varias médicas: Zulema Palma, Susana Mayol y Silvia Cóppola. Al tiempo, se añadió otra galena, Alicia Cacopardo, invitada por Cóppola. Ahora bien, interesa detenerse en este grupo de médicas que, años más tarde, constituyeron sus propias redes y agrupaciones con una consistente presencia a lo largo del recorrido feminista en Buenos Aires. Es decir, que la CDA facultó tanto con su accionar como con la capacitación específica a especialistas de la salud que luego adquirieron un pujante protagonismo en nuevas experiencias relacionadas a las políticas del cuerpo.
Esta agrupación autogestiva y horizontal levantaba los lemas originales heredados del feminismo abortero italiano que luego fueron adaptados a las premisas locales, es decir, de “Aborto libre para no morir. Anticonceptivos para no abortar” se sustituyó por “Anticonceptivos para no abortar. Aborto legal para no morir”. En ese año, por primera vez, la Comisión por el Derecho al Aborto se sumó a la movilización del 8 de marzo empuñando la bandera con un rojo resplandeciente con letras en negro que flameaba en la Plaza Dos Congresos [14].
Su vínculo con las minorías sexuales en la lucha por el aborto voluntario
En verdad, a Dora le atraía compartir debates en alianzas heterogéneas, tal como lo experimentó durante su exilio parisino. Por ejemplo, abrió diálogo con Carlos Jáuregui –el principal adalid del movimiento gay y lésbico de los noventa–.
A partir de una serie de encuentros y asambleas en la ciudad de Buenos Aires, en agosto de 1993, se acordó constituir el Frente por la Democracia Avanzada (FDA) [15]. Este espacio desplegaba un abanico de conexiones entre la intelligentzia porteña, en su mayoría intelectuales y profesores de la Universidad de Buenos Aires (UBA), con referentes de movimientos sociales. Estaban presentes Carlos Jáuregui y su grupo íntimo de militancia con Gays por los Derechos Civiles (Gay DC), la Comisión por el Derecho al Aborto (CDA) con Dora Codelesky y otras integrantes, Derechos Humanos con Pampa Mercado, Perla Wasserman y Mirta Mántaras; agrupaciones estudiantiles dentro de la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la UBA. Todos estos colectivos estrechaban relaciones entre feminista aborteras, de las minorías sexuales, estudiantiles y de derechos humanos para dar batalla contra el heterosexismo, la violencia institucional por la implementación de los edictos represivos policiales, el machismo hegemónico.
De alguna manera, estos compromisos puntuales superaban las propias expectativas del electorado porteño de la época, que sintonizaba sus demandas básicamente alrededor de la corrupción política sobre el poder público como eje principal de sus preocupaciones, desconociendo las consignas alrededor del libre ejercicio de las sexualidades y la decisión soberana sobre los cuerpos como un derecho humano. A partir de esa confluencia, el FDA fue el primer espacio político en la Argentina en colocar en su agenda las demandas de las minorías sexuales junto con la despenalización y legalización del aborto voluntario. Fue en este ámbito donde Dora y Carlos aceitaron un diálogo y un vínculo militante. También el dirigente gay y exvicepresidente de la CHA, Flavio Rapisardi, colaboraba con la Comisión recogiendo firmas y vendiendo su publicación Nuevos aportes sobre el aborto. Se reunían los días jueves en la esquina del Congreso de la Nación, a pasos de la confitería El Molino.
En 1994 en nuestro país hubo un momento bisagra durante la reforma constitucional, el menemato impulsó un artículo que garantizase el “derecho a la vida desde la concepción”. De esta manera, el debate en relación con el aborto en la Convención Constituyente fue planteado desde el Ejecutivo Nacional mediante el ministro de Justicia, Rodolfo Barra. Este hecho fue señalado como la primera vez que la clase política argentina discutió sobre el tema. Frente a ello, La Comisión por el Derecho al Aborto publicó una solicitada en el diario Página/12 (8 de marzo de 1994) “Anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir” con un centenar de firmas provenientes de los más variados cenáculos; entre ellas, figuraba la de Carlos. Se propugnaba reconocer “el derecho humano de la mujer a decidir sobre la interrupción del embarazo”. Para julio de ese año circuló otra carta titulada “En defensa de la vida”, que rechazaba la iniciativa criminalista del menemato, que también fue apoyada por Jáuregui. Al poco tiempo se armó una nueva convocatoria en respuesta a la ofensiva del menemismo con una Carta Abierta a los Convencionales Constituyentes. Bajo el argumento de que “el tema (la cláusula antiabortiva) no figuró en las plataformas de los partidos políticos mayoritarios, esta iniciativa supuso imponer un criterio no votado y de hecho la inclusión es inconsulta”, firmó un amplísimo espectro de agrupaciones feministas, de mujeres y también de partidos políticos. En esa ocasión, Carlos también selló su firma. Al poco tiempo, en el reportaje “Homosexuales: una cruzada de represión. La Iglesia pone el grito en el cielo” (15 de junio de 1994), en el diario Página/12, a raíz de las declaraciones del Papa Juan Pablo II en contra del aborto, Carlos opinó:
Nosotros apoyamos en forma permanente los derechos de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos. No solo consideramos que el aborto debe ser despenalizado, sino que también debe legislarse. Como dice la consigna: anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir
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Finalmente, para dar su apoyo a la causa, escribió otros artículos en dicho medio en franca línea con este compromiso [16].
De alguna manera, la comunidad de las minorías sexuales estaba fogueada en acompañar al activismo feminista en intervenciones callejeras, tal como el 8 de marzo, así como en manifestaciones en reclamo por la despenalización del aborto. Todo ello, a ambos frentes les otorgó una práctica de convivencia política, sin un anclaje ideológico de fondo. Asimismo, las lecturas de textos de teóricas claves impulsadas por Ilse Fuskova y Laura Bonaparte, hicieron lo suyo. Por el otro lado, a ciertos sectores feministas no separatistas y mixtos le interesaba la apuesta desafiante de las minorías sexuales por su lucha decidida contra la discriminación, la lucha contra la violencia policial y el patriarcalismo viril. Cada grupo que se integró a la lucha fue a través de un acuerdo tácito, pero también con objetivos estratégicos para enfrentar a un adversario en común y un cuestionamiento de toda la sociedad en su conjunto.
En octubre de 1990 se llevó a cabo una Declaración Conjunta Contra la Represión de la Comisión por el Derecho al Aborto y otras organizaciones incluidas la CHA. Al año siguiente, se asentó una incipiente apuesta con la declaración de solidaridad que había presentado la CDA con la lucha de esta asociación para obtener su personería jurídica. Mientras, en octubre de ese año, ambas agrupaciones organizaron un panel “El derecho al propio cuerpo y lo diferente”; Dora no contenta con ello, en 1999, organizó desde la Coordinadora por el Derecho al Aborto una mesa debate “¿El aborto es solo una cuestión de mujeres?”. Sin dudas, fue una de las primeras oportunidades que referentes relevantes del arco de la comunidad homosexual, integrantes sindicales, grupos feministas junto con izquierdas independientes, se sumaron a una actividad peculiar: las voces que intervenían eran varones atentos a la cuestión. Estos datos no resultaron menores: colocó de relieve el diálogo mutuo de convergencia entre grupos feministas y de las minorías sexuales para la transformación de los modelos sexistas y excluyentes.
En cuanto a las compañeras travestis, finalizando los años 90, ingresaron al feminismo abortero de la mano de Lohana Berkins –presidenta de la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti-Transexual (ALITT)–. En el XIX Encuentro Nacional de Mujeres, realizado en la ciudad de Mendoza en 2004, aumentó el número de activistas travestis. A su regreso, ella respondió al periódico de izquierda Nuestra Lucha N.º 19, 2004, sobre las razones que llevaron a que sus pares integraran un espacio que años atrás era considerado exclusivamente de mujeres heterosexuales y cis:
Desde nuestra organización trabajamos para promover la participación de travestis y transexuales en luchas y campañas para erradicar la violencia basada en género. Además, intentamos fortalecer los derechos humanos de travestis y transexuales trabajando en coalición con organizaciones de mujeres y de minorías sexuales. Luchamos por el reconocimiento y garantía de los derechos sexuales de grupos en situación de vulnerabilidad (mujeres, minorías sexuales y adolescentes). También queremos promover un cambio cultural a fin de erradicar las prácticas travestofóbicas, homofóbicas, misóginas y androcéntricas que producen subordinación y explotación
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Lohana se comprometió y fue parte de la lucha feminista por la despenalización del aborto al integrarse activamente en la CDA, rompiendo con las posturas separatistas y mujeriles que imperaban en cierto feminismo porteño. Luego se integró desde los orígenes a la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito hasta su muerte. Mientras que el activismo proaborto colocó de relieve el diálogo mutuo de convergencia en términos de retroalimentación, de influencias recíprocas entre los nuevos feminismos y la disidencia sexo-genérica. Así, Lohana inauguró una nueva historia en el debate feminista argentino y latinoamericano. Y lo planteaba en estos términos: “Levantamos todas las banderas de nuestras luchas: por la despenalización del aborto, por el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, sobre nuestros placeres, sobre nuestras sexualidades, sobre nuestras historias, sobre nuestras identidades” [17]. Esta postura significó un hito, una pieza clásica que merece ser recordada como un texto fundacional del accionar y pensar de corrientes travestis feministas de la región.
Por todo lo narrado y lo que queda aún por narrar, podríamos definir a Dora como una voz y un accionar que colocó el acento siempre en el mismo punto, sea dentro del trotskismo, el feminismo abortero, el movimiento de mujeres, las minorías sexuales como el de derechos humanos. Es decir, repitió, insistió, machacó, reiteró hasta dejar grabado su propósito, sin vuelta atrás. Ya todo lo demás es presente.
[1] Bruno, A., “Diálogo con Dora Coledesky”, Rosa Blindada, 24 de agosto de 2009.
[2] Tarcus, H. (2021), “Coledesky, Dora” en Diccionario Biográfico de las Izquierdas Latinoamericanas, s/p, disponible en: http://diccionario.cedinci.org.
[3] Ibídem, s/p.
[4] Entrevista realizada a Dora Coledesky por la autora, en agosto de 2022.
[5] Bruno, A. “Diálogo con Dora Coledesky”, op. cit., s/p.
[6] Tarcus, H. (2021), “Coledesky, Dora”, op. cit., s/p.
[7] Ídem.
[8] Soto, Moira, “La vida en verde”, suplemento Las 12, Página /12, 30 de mayo de 2008, s/p.
[9] S/R, “Las reivindicaciones inmediatas de la mujer explotada”, Voz Proletaria N.°154, 7 de mayo de 1958, p. 3.
[10] Coledesky, D., “Rol de la mujer explotada en las luchas sociales y política”, Voz Proletaria, quincena de julio de 1958, s/p.
[11] Entrevista realizada a Carlos Suárez por la autora en agosto de 2022.
[12] El 5 de abril de 1971, el semanario Le Nouvel Observateur publicó el histórico documento conocido como el “Manifiesto de las 343 salopes”, atorrantas o putas, en castellano. Ese documento feminista exigía tanto la despenalización como la gratuidad del aborto.
[13] Entrevista realizada a Dora Coledesky por la autora en octubre de 1998.
[14] Bellucci, M., “Las pioneras: honor y gratitud”, Haroldo, Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, 31 de enero de 2016, s/p, disponible en: https://revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=104.
[15] Bellucci, Mabel, Orgullo. Carlos Jáuregui, una biografía política, Buenos Aires, Final Abierto, 2020, pp. 83-84.
[16] Bellucci, Mabel, Orgullo. Carlos Jáuregui, una biografía política, op. cit., p. 95.
[17] Bellucci, Mabel, "La propiedad del cuerpo como un derecho absoluto, Alianzas entre feminismos y disidencias sexo-genéricas. Moléculas Malucas, septiembre de 2020.
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Dora Coledesky: militante del aborto voluntario, de derechos humanos y de las minorías sexuales
13 de mayo, por Ideas de Izquierda — Géneros y Sexualidades, Movimiento obrero, Feminismo, Trabajadoras, Dora Coledesky, Géneros y Sexualidades, Movimiento obrero, Feminismo, Trabajadoras, Dora Coledesky
Reconstruir la biografía política de Dora Coledesky (1928/2009) supone una apuesta de largo alcance, ya que es poco lo que escribió sobre sí misma. Por lo tanto, son escasas las entrevistas en las que habló sobre su historia personal durante los años de juventud y sobre su militancia trotskista hasta su exilio en Francia, en 1976. Su recorrido como cuadro de cuño trotskista a lo largo de las décadas del 40 y del 50 estuvo ligado a la imponente trayectoria de su pareja y compañero de vida, Ángel Fanjul.
Presumiblemente, Dora descubrió en Ángel su espéculo, su otro complementario y, en consecuencia, postergó sus propios potenciales; pese a que intervino en actos políticos como una ardiente oradora, tuvo una intensa participación sindical, colaboró con artículos de avanzada en un periódico político partidario Voz Proletaria, brindándole empuje y nacientes posibilidades. No obstante, esa capacidad de referente y estratega todavía no había sido desplegada íntegramente, la desarrollaría más tarde. Comenzó en Buenos Aires. Después en París. Por último, al retornar a Buenos Aires en 1984, durante la transición democrática, ya decidida a actuar con todo ese bagaje adquirido. De inmediato, se convirtió en la principal defensora de la conquista por la despenalización y legalización del aborto en la Argentina hasta su muerte.
Desde 1946 rigió entre Dora y Ángel el modelo de pareja militante entregada a la causa revolucionaria y a la proletarización, conforme al consenso del momento. En líneas generales en este prototipo de vínculo el compromiso afectivo era perseverante, duradero y resistente al tiempo. Sin embargo, lo que determinaba por excelencia el sostén de su continuidad sería el compromiso político e intelectual. Aún no había llegado el momento de desafiar los estrechos límites del horizonte mental de su generación para confrontar los modos hegemónicos de autoridad y jerarquía dentro del mundo privado. En el último reportaje Dora lo recordaba así:
Aunque yo no entendía mucho, pero me convencían sus ideas, su lucha contra el estalinismo. Era un hombre descollante, muy inteligente, de gran dignidad, y me ganó espiritualmente, nos enamoramos profundamente. Pero tengo que reconocer que la admiración que yo le tenía obró a veces como un escollo para avanzar en mi propia liberación, que fue necesario construirla a lo largo de los años, como ocurre en todas las parejas militantes [1].
En aquellos años, es posible imaginarnos a una Dora transgresora de los roles tradicionales de ama de casa y madre, firme y dura en sus convicciones, impulsiva en su accionar y poco locuaz con sus cuestiones personales y también con las ajenas. Dora representaba una fotografía de su época: lucía una estética discreta, casi conservadora, a veces rigurosa por las exigencias de las tendencias obreras clasistas y, en simultáneo, camarada con quienes consideraba sus interlocutores naturales. Y, por cierto, su solidaridad se expresaba más allá que no compartiese del todo una cuestión. Pese a su tozudez, a chillar con ira, a enojarse, era imparcial y franca y disponía de un olfato para leer las coyunturas y accionar en consecuencia. Tenía el mismo respeto tanto por lo que sabía cómo por lo que no sabía. Por ello, provocaba una atracción singular por la fuerza de su impronta política y su vocación militante vinculada al mundo de las fábricas y, en particular, al de las trabajadoras y compañeras feministas.
Dora nació en Buenos Aires el 21 de junio de 1928. Siendo una niña, junto a sus padres y a sus dos hermanas, se fueron a vivir a Rosario. En esa ciudad terminó la escuela primaria y comenzó la secundaria. Recién cumplidos los 14 años se trasladaron a Tucumán. El ambiente hogareño de Dora estaba impregnado por las lecturas de importantes periódicos socialistas, pero también por el clima de uno de los conflictos más sangriento de Europa desde el final de la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil Española. Su padre, Julio Coledesky, corredor de libros de la empresa editorial Espasa Calpe, de ideas socialistas tuvo una fuerte influencia sobre su orientación política, así como en el itinerario de sus estudios [2]. Inició su militancia política en la Federación Socialista de Tucumán a punto de concluir el liceo [3]. Allí conoció a Ángel, un joven estudiante de derecho comprometido con posiciones trotskistas. Luego Dora transitó por el Partido Socialista, siguiendo la perspectiva “entrista” que poco tiempo antes había iniciado el Movimiento Obrero Revolucionario (MOR), un grupo de orientación trotskista en el que ya militaba Ángel, liderado por el abogado tucumano Esteban Rey. En 1951, la pareja egresó de la Facultad de Derecho para después asentarse en Buenos Aires. Fue en esa etapa que Dora decidió proletarizarse. Carlos Suárez, antiguo militante de la corriente posadista y estrecho amigo de la pareja, recuerda que:
Seguramente impulsada por su organización comenzó a trabajar en la gigantesca fábrica textil La Bernalesa, ubicada en el límite entre Quilmes y Bernal, siendo la primera empresa de hilandería más grande de América Latina, que albergó un plantel de alrededor de más de 5.000 obreras y obreros. Enfrentaba con coraje a la burocracia del sindicato, que cercenaba la democracia interna [4].
Asimismo, ella recordaría esta experiencia como una gran enseñanza en su vida:
Allí elaboraba lo que entonces se llamaba “hoja de fábrica”, que reflejaba los problemas gremiales y lo que las propias mujeres decían. Para mí fue un aprendizaje extraordinario, que no la cambio por nada. Pese a ser echada, volvía a la puerta de la fábrica a entregar volantes. En los años 50 participé en una huelga muy importante que duró 40 días. Hubo un acto en el Luna Park, y allí fue donde dije el primer discurso feminista, sin ser feminista aún. La industria textil tenía un 80 % de trabajadoras y nadie las incluía en los discursos ni ocupaban los lugares de decisión. Esto lo denuncié en ese discurso [5].
Disuelto el MOR, enseguida Dora y Ángel pasaron al Grupo Cuarta Internacional (GCI), que lideraba J. Posadas y editaba el periódico Voz Proletaria [6].
Para ese entonces, Dora (bajo el seudónimo de Estela) era un cuadro más integrado al campo sindical que al político partidario. Más tarde ingresó a otro establecimiento fabril donde llegó a ser elegida delegada. De ahí aprendió su trato con las obreras sin caer en falsas identificaciones. Supo escuchar sus charlas y secretos en los recreos. Le asombraba la apertura casi rayana a la desfachatez que tenían al hablar sobre temas relacionados a la sexualidad y, por supuesto, al aborto, siguiendo el ritmo taylorista de las máquinas. Su paso por una fábrica como trabajadora le hizo fantasear en escribir las historias de esas mujeres en fábricas tan grandes que favorecidas por el trabajo formal se encontraban con sus pares, se sindicalizaban y se revelaban. En definitiva, podían colocaren palabras sus miedos y sus placeres.
Finalmente, junto a Fanjul siguió militando en el Partido Obrero Revolucionario (POR) (Trotskista) continuidad del GCI. Este fue miembro de la dirección, apoderado legal y director del órgano Voz Proletaria [7]. Al revisar este periódico se encuentran notas escritas por Dora, quien resaltaba con anticipación sobre los derechos fundamentales de las obreras, las empleadas y las amas de casa. Sin duda, su condición de trabajadora textil junto a la participación en las luchas sindicales la llevaron a levantar reclamos significativos de las mujeres, pero siempre vinculados al avance del movimiento obrero en general, e íntimamente ligados a la clase. Por cierto, aún carecía del contenido revulsivo que manifestaron las corrientes feministas dos lustros más tarde al impugnar el orden de lo instituido y la supremacía masculinaen todas las caras del régimen capitalista y patriarcal.
Tampoco era el momento para Dora en implicarse con el feminismo, ya que en la década del 50 resultaban más relevantes las demandas de igualdad entre los sexos que las relacionadas con la propia opresión. Más aún, en nuestra sociedad tampoco asomaban adherentes a la causa. De tal modo, Dora empezó su trayectoria militante como una mujer no feminista, pero con una retórica próxima al feminismo y con una clara visión en cuanto a transformar un hecho personal y privado a uno político y público.
Desde muy joven yo había militado en el Partido Obrero Trotskista, donde no había mucha desigualdad, las mujeres que se lo proponían podían ocupar un lugar bastante a la par: yo intervenía en actos públicos como oradora, eso me dio bastante empuje, otras posibilidades. Era muy raro en ese entonces, en los años 50, que las mujeres hablaran en público. Nosotras interveníamos en Once, en Constitución. Pasaban los hombres y se detenían porque les llamaba la atención. Algunos, por supuesto, se expresaban en son de burla: andá a lavar los platos, cosas por el estilo [8].
En algunos de sus extensos artículos imprimía su firma. En otros eran anónimos, aunque sin mucha especulación se podía descubrir su influencia ideológica: “la clase obrera al luchar por su liberación, debe incorporar a su programa la lucha por la liberación de la mujer explotada, que está unida a la lucha por la liberación nacional y social, por el gobierno obrero y campesino” [9].
Sin dudas, su esfuerzo intelectual estaba dirigido a comprender las modalidades de explotación que afectaban a las obreras y a las empleadas, así como las posibles alternativas emancipadoras. No obstante, quedó vacante el análisis sobre la compleja articulación entre el trabajo doméstico no remunerado y el remunerado dentro de las disputas capitalistas. En julio de 1958 bajo el título “Rol de la mujer explotada en las luchas sociales y política”, interpelaba a sus compañeras fabriles de esta manera:
Desde ya la mujer tiene que agitar aquellos problemas que como mujer explotada la afectan. Ciertamente, son: el derecho al aborto y al divorcio, igual salario a igual trabajo para la mujer y el hombre y para los menores; la lucha contra el decreto que permite el trabajo de la mujer hasta las 10 de la noche; eliminación de la desigualdad en el matrimonio y frente a los hijos; el derecho al divorcio; al aborto; el problema de la maternidad; ampliación de sus términos a 60 días antes y 60 después del parto, pagados; el cumplimiento de las leyes que obligan a las empresas a tener salas cunas higiénicas para la atención de los niños […]. Pero la necesidad de una participación de la mujer en la vida sindical y política no rige solamente para la obrera sino también para la ama de casa, ese importante sector femenino [10].
De acuerdo al testimonio de Carlos Suarez:
En enero de 1958 ambos se presentaron como candidatos a diputados de la sección tercera por el POR (Trotskista). Al año siguiente, se fueron a vivir a un modesto departamento de Lanús, en una calle de tierra, Centenario Uruguayo. Dora, pese a su trabajo como obrera, sostuvo siempre su interés en los temas legales y con frecuencia se la podía encontrar en el estudio jurídico de Fanjul, en la calle Chile y Sáenz Peña, leyendo y opinando sobre algún caso en particular. Esta oficina era el domicilio legal del periódico Voz Proletaria [11].
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En 1968, a raíz de la invasión de la URSS a Checoslovaquia, Fanjul y Dora se distanciaron del posadismo y se fueron del POR (T). Durante los convulsionados años 70 la pareja defendió a trabajadores/as, como abogados laboralistas y acompañaban las luchas populares que proliferaban por esos años, hasta que el golpe de estado del 24 de marzo de 1976 los obligó a exiliarse en Francia. De la misma manera como Buenos Aires le significó ingresar a un nuevo mundo, citadino y bricolaje, París fue aún más intensa: se sumó a las filas de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) como militante y trabajadora en la imprenta, al efervescente movimiento feminista y, en menor medida, al homosexual. La Liga Comunista Revolucionaria, opositora al Partido Socialista y de orientación trotskista, enarboló consignas como el derecho al aborto, la lucha contra la violencia hacia las mujeres, la liberación sexual, reclamos sindicales y militancia dentro de los grupos feministas. Tras esa disputa por la emancipación de las mujeres, surgió también la defensa de los derechos de los homosexuales, asumiéndolos como uno de sus ejes políticos y de fuerte influencia dentro de dichos colectivos.
Cuando arribó a Francia se había promulgado la ley, en 1975, denominada Veil en referencia a la abogada y sobreviviente del Holocausto, Simone Veil (1927-2017), ministra de Sanidad durante el gobierno de Giscard d'Estaing. Simone de Beauvoir junto a otras feministas fueron las que encabezaron esa lucha por la conquista de la legalización del aborto durante las diez primeras semanas de gestación [12]. En esos momentos, en Dora se percibía una manifiesta solidez en sus posiciones políticas e intervenciones públicas. Aquellas causas que osó levantar en soledad durante los oscuros años de los 50 en la Argentina, ahora en Francia se hacían realidad. Así, sus recuerdos:
Francia fue el descubrimiento del feminismo, las reuniones de mujeres no solo las francesas sino por las latinoamericanas venidas de México, Perú, Colombia, Venezuela y Guatemala. Algunas estaban exiliadas y otras llegaban a estudiar o a trabajar y se enfrentaban en las reuniones con nosotras que preocupadas con la situación de las dictaduras militares poníamos el acento en la solidaridad política con Argentina, Chile, Bolivia y Uruguay [13].
En 1984, Dora retornó del exilio convertida en feminista, como tantas y tantas otras que atravesaron una transformación similar al dejar atrás la militancia en las izquierdas, y volvió con energía y arrojo para pelear por su propia sujeción y las de sus pares. Retornaba con un compromiso a cumplir: luchar por el aborto voluntario en Argentina. Lo primero que hizo fue contactarse con sus antiguas compañeras, Magui Bellotti y Marta Fontela, fundadoras de la histórica Asociación de Trabajo y Estudio de la Mujer, más conocida como ATEM-25 de noviembre. Su opus magnum activista fue crear, en marzo de 1988, la Comisión por el Derecho al Aborto (CDA). Sin más, se reunieron Alicia Schejter, Safina Newbery, María José Rouco Pérez, integrantes también de ATEM-25 de noviembre, Laura Bonaparte, una referente histórica de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, la abogada feminista Carmen González, Nadine Osídala y Rosa Farías, enfermera del Hospital Muñiz. Luego ensancharon sus filas al incorporar a varias médicas: Zulema Palma, Susana Mayol y Silvia Cóppola. Al tiempo, se añadió otra galena, Alicia Cacopardo, invitada por Cóppola. Ahora bien, interesa detenerse en este grupo de médicas que, años más tarde, constituyeron sus propias redes y agrupaciones con una consistente presencia a lo largo del recorrido feminista en Buenos Aires. Es decir, que la CDA facultó tanto con su accionar como con la capacitación específica a especialistas de la salud que luego adquirieron un pujante protagonismo en nuevas experiencias relacionadas a las políticas del cuerpo.
Esta agrupación autogestiva y horizontal levantaba los lemas originales heredados del feminismo abortero italiano que luego fueron adaptados a las premisas locales, es decir, de “Aborto libre para no morir. Anticonceptivos para no abortar” se sustituyó por “Anticonceptivos para no abortar. Aborto legal para no morir”. En ese año, por primera vez, la Comisión por el Derecho al Aborto se sumó a la movilización del 8 de marzo empuñando la bandera con un rojo resplandeciente con letras en negro que flameaba en la Plaza Dos Congresos [14].
Su vínculo con las minorías sexuales en la lucha por el aborto voluntario
En verdad, a Dora le atraía compartir debates en alianzas heterogéneas, tal como lo experimentó durante su exilio parisino. Por ejemplo, abrió diálogo con Carlos Jáuregui –el principal adalid del movimiento gay y lésbico de los noventa–.
A partir de una serie de encuentros y asambleas en la ciudad de Buenos Aires, en agosto de 1993, se acordó constituir el Frente por la Democracia Avanzada (FDA) [15]. Este espacio desplegaba un abanico de conexiones entre la intelligentzia porteña, en su mayoría intelectuales y profesores de la Universidad de Buenos Aires (UBA), con referentes de movimientos sociales. Estaban presentes Carlos Jáuregui y su grupo íntimo de militancia con Gays por los Derechos Civiles (Gay DC), la Comisión por el Derecho al Aborto (CDA) con Dora Codelesky y otras integrantes, Derechos Humanos con Pampa Mercado, Perla Wasserman y Mirta Mántaras; agrupaciones estudiantiles dentro de la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la UBA. Todos estos colectivos estrechaban relaciones entre feminista aborteras, de las minorías sexuales, estudiantiles y de derechos humanos para dar batalla contra el heterosexismo, la violencia institucional por la implementación de los edictos represivos policiales, el machismo hegemónico.
De alguna manera, estos compromisos puntuales superaban las propias expectativas del electorado porteño de la época, que sintonizaba sus demandas básicamente alrededor de la corrupción política sobre el poder público como eje principal de sus preocupaciones, desconociendo las consignas alrededor del libre ejercicio de las sexualidades y la decisión soberana sobre los cuerpos como un derecho humano. A partir de esa confluencia, el FDA fue el primer espacio político en la Argentina en colocar en su agenda las demandas de las minorías sexuales junto con la despenalización y legalización del aborto voluntario. Fue en este ámbito donde Dora y Carlos aceitaron un diálogo y un vínculo militante. También el dirigente gay y exvicepresidente de la CHA, Flavio Rapisardi, colaboraba con la Comisión recogiendo firmas y vendiendo su publicación Nuevos aportes sobre el aborto. Se reunían los días jueves en la esquina del Congreso de la Nación, a pasos de la confitería El Molino.
En 1994 en nuestro país hubo un momento bisagra durante la reforma constitucional, el menemato impulsó un artículo que garantizase el “derecho a la vida desde la concepción”. De esta manera, el debate en relación con el aborto en la Convención Constituyente fue planteado desde el Ejecutivo Nacional mediante el ministro de Justicia, Rodolfo Barra. Este hecho fue señalado como la primera vez que la clase política argentina discutió sobre el tema. Frente a ello, La Comisión por el Derecho al Aborto publicó una solicitada en el diario Página/12 (8 de marzo de 1994) “Anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir” con un centenar de firmas provenientes de los más variados cenáculos; entre ellas, figuraba la de Carlos. Se propugnaba reconocer “el derecho humano de la mujer a decidir sobre la interrupción del embarazo”. Para julio de ese año circuló otra carta titulada “En defensa de la vida”, que rechazaba la iniciativa criminalista del menemato, que también fue apoyada por Jáuregui. Al poco tiempo se armó una nueva convocatoria en respuesta a la ofensiva del menemismo con una Carta Abierta a los Convencionales Constituyentes. Bajo el argumento de que “el tema (la cláusula antiabortiva) no figuró en las plataformas de los partidos políticos mayoritarios, esta iniciativa supuso imponer un criterio no votado y de hecho la inclusión es inconsulta”, firmó un amplísimo espectro de agrupaciones feministas, de mujeres y también de partidos políticos. En esa ocasión, Carlos también selló su firma. Al poco tiempo, en el reportaje “Homosexuales: una cruzada de represión. La Iglesia pone el grito en el cielo” (15 de junio de 1994), en el diario Página/12, a raíz de las declaraciones del Papa Juan Pablo II en contra del aborto, Carlos opinó:
Nosotros apoyamos en forma permanente los derechos de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos. No solo consideramos que el aborto debe ser despenalizado, sino que también debe legislarse. Como dice la consigna: anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir
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Finalmente, para dar su apoyo a la causa, escribió otros artículos en dicho medio en franca línea con este compromiso [16].
De alguna manera, la comunidad de las minorías sexuales estaba fogueada en acompañar al activismo feminista en intervenciones callejeras, tal como el 8 de marzo, así como en manifestaciones en reclamo por la despenalización del aborto. Todo ello, a ambos frentes les otorgó una práctica de convivencia política, sin un anclaje ideológico de fondo. Asimismo, las lecturas de textos de teóricas claves impulsadas por Ilse Fuskova y Laura Bonaparte, hicieron lo suyo. Por el otro lado, a ciertos sectores feministas no separatistas y mixtos le interesaba la apuesta desafiante de las minorías sexuales por su lucha decidida contra la discriminación, la lucha contra la violencia policial y el patriarcalismo viril. Cada grupo que se integró a la lucha fue a través de un acuerdo tácito, pero también con objetivos estratégicos para enfrentar a un adversario en común y un cuestionamiento de toda la sociedad en su conjunto.
En octubre de 1990 se llevó a cabo una Declaración Conjunta Contra la Represión de la Comisión por el Derecho al Aborto y otras organizaciones incluidas la CHA. Al año siguiente, se asentó una incipiente apuesta con la declaración de solidaridad que había presentado la CDA con la lucha de esta asociación para obtener su personería jurídica. Mientras, en octubre de ese año, ambas agrupaciones organizaron un panel “El derecho al propio cuerpo y lo diferente”; Dora no contenta con ello, en 1999, organizó desde la Coordinadora por el Derecho al Aborto una mesa debate “¿El aborto es solo una cuestión de mujeres?”. Sin dudas, fue una de las primeras oportunidades que referentes relevantes del arco de la comunidad homosexual, integrantes sindicales, grupos feministas junto con izquierdas independientes, se sumaron a una actividad peculiar: las voces que intervenían eran varones atentos a la cuestión. Estos datos no resultaron menores: colocó de relieve el diálogo mutuo de convergencia entre grupos feministas y de las minorías sexuales para la transformación de los modelos sexistas y excluyentes.
En cuanto a las compañeras travestis, finalizando los años 90, ingresaron al feminismo abortero de la mano de Lohana Berkins –presidenta de la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti-Transexual (ALITT)–. En el XIX Encuentro Nacional de Mujeres, realizado en la ciudad de Mendoza en 2004, aumentó el número de activistas travestis. A su regreso, ella respondió al periódico de izquierda Nuestra Lucha N.º 19, 2004, sobre las razones que llevaron a que sus pares integraran un espacio que años atrás era considerado exclusivamente de mujeres heterosexuales y cis:
Desde nuestra organización trabajamos para promover la participación de travestis y transexuales en luchas y campañas para erradicar la violencia basada en género. Además, intentamos fortalecer los derechos humanos de travestis y transexuales trabajando en coalición con organizaciones de mujeres y de minorías sexuales. Luchamos por el reconocimiento y garantía de los derechos sexuales de grupos en situación de vulnerabilidad (mujeres, minorías sexuales y adolescentes). También queremos promover un cambio cultural a fin de erradicar las prácticas travestofóbicas, homofóbicas, misóginas y androcéntricas que producen subordinación y explotación
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Lohana se comprometió y fue parte de la lucha feminista por la despenalización del aborto al integrarse activamente en la CDA, rompiendo con las posturas separatistas y mujeriles que imperaban en cierto feminismo porteño. Luego se integró desde los orígenes a la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito hasta su muerte. Todo aconteció cuando en el grueso del feminismo porteño imperaban posturas heterosexuales, blancas, separatistas y mujeriles. Mientras que el activismo proaborto colocó de relieve el diálogo mutuo de convergencia en términos de retroalimentación, de influencias recíprocas entre los nuevos feminismos y la disidencia sexo-genérica. Así, Lohana inauguró una nueva historia en el debate feminista argentino y latinoamericano. Y lo planteaba en estos términos: “Levantamos todas las banderas de nuestras luchas: por la despenalización del aborto, por el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, sobre nuestros placeres, sobre nuestras sexualidades, sobre nuestras historias, sobre nuestras identidades” [17]. Esta postura significó un hito, una pieza clásica que merece ser recordada como un texto fundacional del accionar y pensar de corrientes travestis feministas de la región.
Por todo lo narrado y lo que queda aún por narrar, podríamos definir a Dora como una voz y un accionar que colocó el acento siempre en el mismo punto, sea dentro del trotskismo, el feminismo abortero, el movimiento de mujeres, las minorías sexuales como el de derechos humanos. Es decir, repitió, insistió, machacó, reiteró hasta dejar grabado su propósito, sin vuelta atrás. Ya todo lo demás es presente.
[1] Bruno, A., “Diálogo con Dora Coledesky”, Rosa Blindada, 24 de agosto de 2009.
[2] Tarcus, H. (2021), “Coledesky, Dora” en Diccionario Biográfico de las Izquierdas Latinoamericanas, s/p, disponible en: http://diccionario.cedinci.org.
[3] Ibídem, s/p.
[4] Entrevista realizada a Dora Coledesky por la autora, en agosto de 2022.
[5] Bruno, A. “Diálogo con Dora Coledesky”, op. cit., s/p.
[6] Tarcus, H. (2021), “Coledesky, Dora”, op. cit., s/p.
[7] Ídem.
[8] Soto, Moira, “La vida en verde”, suplemento Las 12, Página /12, 30 de mayo de 2008, s/p.
[9] S/R, “Las reivindicaciones inmediatas de la mujer explotada”, Voz Proletaria N.°154, 7 de mayo de 1958, p. 3.
[10] Coledesky, D., “Rol de la mujer explotada en las luchas sociales y política”, Voz Proletaria, quincena de julio de 1958, s/p.
[11] Entrevista realizada a Carlos Suárez por la autora en agosto de 2022.
[12] El 5 de abril de 1971, el semanario Le Nouvel Observateur publicó el histórico documento conocido como el “Manifiesto de las 343 salopes”, atorrantas o putas, en castellano. Ese documento feminista exigía tanto la despenalización como la gratuidad del aborto.
[13] Entrevista realizada a Dora Coledesky por la autora en octubre de 1998.
[14] Bellucci, M., “Las pioneras: honor y gratitud”, Haroldo, Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, 31 de enero de 2016, s/p, disponible en: https://revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=104.
[15] Bellucci, Mabel, Orgullo. Carlos Jáuregui, una biografía política, Buenos Aires, Final Abierto, 2020, pp. 83-84.
[16] Bellucci, Mabel, Orgullo. Carlos Jáuregui, una biografía política, op. cit., p. 95.
[17] Bellucci, Mabel, "La propiedad del cuerpo como un derecho absoluto, Alianzas entre feminismos y disidencias sexo-genéricas. Moléculas Malucas, septiembre de 2020.
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Las falsedades de Carolina Losada: de cada 1.098 causas penales sólo 1 es por falsas denuncias
12 de mayo, por Violencia de género — Géneros y Sexualidades, Abusos sexuales, Violencia machista, Violencia de género, Falsas denuncias, Géneros y Sexualidades, Abusos sexuales, Violencia machista, Violencia de género, Falsas denuncias
Un informe del Observatorio de Violencia de Género de los Ministerios Públicos Fiscales concluyó que la “problemática” sobre las falsas denuncias se trata de un fenómeno marginal. Mientras, la gran mayoría de mujeres que sufren delitos por violencia machista o abuso sexual no realizan denuncias.
El proyecto de ley presentado por la senadora radical Carolina Losada, que obtuvo dictamen favorable en las Comisiones de Justicia y Asuntos Penales, está listo para tratarse en el recinto del Senado en los próximos días. Su objetivo: endurecer las penas por falsas denuncias en casos de violencia de género, violencia contra infancias y delitos sexuales.
Las nuevas penas propuestas van de 3 a 6 años de prisión y alcanzan también a testigos, peritos e intérpretes, con inhabilitación profesional absoluta por el doble del tiempo de condena para quienes sean encontrados culpables. Esto supera incluso las penas previstas para algunos delitos de abuso sexual y agrava la persecución penal en el área más sensible del sistema judicial. En uno de sus discursos en el Senado, refiriéndose a denuncias por violencia de género, Losada llegó a decir que se investigan “muchísimas causas, que muchas de esas son falsas denuncias”. ¿Es así?
Fenómeno marginal
El corazón de la argumentación de Losada y los sectores conservadores que la acompañan es la supuesta “ola” de denuncias falsas. Pero la realidad es contundente: un relevamiento federal del Observatorio de Violencia de Género de los Ministerios Públicos Fiscales, que analizó más de 8 millones de causas penales entre 2023 y 2025 correspondientes a 17 jurisdicciones del país, revela que solo el 0,09% (7.517 casos) corresponden a falsas denuncias. Es decir, una cada 1.098 expedientes. El falso testimonio es incluso más infrecuente: apenas el 0,025%. Quedaron por fuera del relevo Catamarca, Corrientes, Formosa, Jujuy, La Rioja, San Luis, Santa Cruz y Tucumán.
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Se trata de un análisis basado en la cantidad de causas que se abrieron, ni siquiera de sentencias judiciales. Por eso es más demoledor cuando se observa que del total de 7.517 causas por falsas denuncias solo 588, el 8%, están relacionadas al ámbito de violencia de género/intrafamiliar. El 86% se trata de causas por conflictos económicos, patrimoniales o vecinales. En concreto, las falsas denuncias en el ámbito de la violencia de género son un fenómeno marginal dentro de un universo ya de por sí ínfimo.
El informe advierte, además, que el verdadero problema del sistema judicial argentino es la subdenuncia. Según datos oficiales de la Iniciativa Spotlight y el Ministerio de Justicia, el 77% de las mujeres que sufren violencia de pareja y el 88% de las que sufren violencia sexual no realiza ninguna denuncia. En los casos de femicidio, solo el 18% de las víctimas asesinadas había denunciado previamente, y menos del 5% contaba con medidas de protección vigentes.
Un proyecto que busca disciplinar y callar
El proyecto Losada, lejos de responder a una necesidad jurídica real, es un verdadero ataque a las mujeres e infancias que sufren violencia que va en sintonía con la misoginia que reproduce Javier Milei como cabeza del Gobierno desde el Estado. "De fondo, la intención es construir una respuesta punitiva que no se corresponde con la evidencia, sino con una operación política: reinstalar la sospecha sobre quienes se animan a denunciar, profundizando el negacionismo de género para amedrentar a las víctimas y silenciarlas", sostuvo la referente de izquierda Myriam Bregman ante el tratamiento del proyecto. El riesgo es muy concreto: que la falta de pruebas termine interpretándose como falsedad, desalentando nuevas denuncias y profundizando el silencio.
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El Comité de la CEDAW (Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer) de la ONU recomendó a la Argentina retirar este proyecto, advirtiendo que crearía barreras al acceso a la justicia y desalentaría a las víctimas de buscar protección. Organizaciones de derechos humanos, feministas y colegios profesionales han salido a repudiar la iniciativa, señalando que su único objetivo es amedrentar a quienes se animan a romper el silencio, y condicionar a profesionales y peritos que intervienen en estos casos. La comisión de peritos de la Asociación Judicial Bonaerense (AJB) se pronunció en contra, alertando sobre el efecto disciplinador contra quienes trabajan para detectar y acompañar situaciones de abuso.
La campaña política detrás del endurecimiento
La figura de la falsa denuncia ya existe en el Código Penal y exige la acreditación de una intención deliberada de mentir. Pero la campaña para endurecer las penas se apoya en discursos fogoneados por organizaciones, fundaciones y profesionales conservadores que, desde hace años, buscan instalar la idea de que hay “redes” o “mafias” que arman causas falsas, especialmente en conflictos familiares o de abuso infantil. Los datos demuestran que eso es pura ficción.
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Carolina Losada y los sectores que la acompañan, incluidos otros senadores y figuras del conservadurismo, han sido históricamente hostiles a los avances en derechos de mujeres y diversidades, y buscan utilizar este proyecto como plataforma para atacar la perspectiva de género y la Ley de Educación Sexual Integral. Un salto reaccionario en un contexto donde se están desmantelando políticas de atención a víctimas y se multiplican las barreras para acceder a la justicia.
El próximo paso será el tratamiento en el Senado, donde se definirá si este intento de disciplinamiento y silenciamiento sobre mujeres, infancias y profesionales avanza o no en el Congreso. Mientras tanto, la evidencia es irrefutable: las falsas denuncias no son un problema estructural, es la excusa de los sectores conservadores para disciplinar, acallar y cuestionar las luchas que hace años vienen dando en las calles las mujeres y la diversidad sexual contra la violencia de género.
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Las mujeres y el trabajo invisible
10 de mayo, por El Círculo Rojo — Géneros y Sexualidades, Géneros y Sexualidades
Las mujeres que "nunca trabajaron": cuidados invisibles, precariedad, jubilación y moratorias.
· Galperín se burló de una jubilada que contó que no podía pagar los remedios porque cobraba la mínima, y cuando le preguntaron de qué había trabajado, ella dijo "nunca trabajé".
· Y eso habilita la burla y el desprecio de ricos y funcionarios hacia las amas de casa en particular y hacia el trabajo de las mujeres en general.
· En Argentina, 8 de cada 10 mujeres que accedieron a una jubilación lo hicieron mediante una moratoria. No porque no hayan trabajado, sino porque lo hicieron de forma no registrada o porque realizaron tareas de cuidado no remuneradas.
· Una aclaración importante: la moratoria no es un regalo. Cada vez que cobrás la jubilación —mínima—, te descuentan los aportes que no hiciste en su momento.
¿Por qué pasa eso?
· Las mujeres son mayoría en ramas con tasas altas de precariedad: el 38,4% de las que están empleadas lo hace de forma no registrada, sin aportes jubilatorios. Entre los varones ese porcentaje supera un poco el 34%.
· Un ejemplo perfecto es el trabajo doméstico asalariado: el 97,4% de las empleadas de casas particulares son mujeres y el 77,7% trabaja de forma no registrada, es decir, sin aportes jubilatorios.
· Además, el 67 % de las personas que realizan tareas domésticas no remuneradas son mujeres.
· Esto genera un círculo vicioso: ese tiempo cuidando, limpiando, cocinando es tiempo que no está disponible para el empleo remunerado ni para estudiar. Ni hablar de tiempo libre.
· En ese loop infinito y femenino se reproducen la dependencia económica de las mujeres y la desigualdad social, puertas adentro y puertas afuera.Amor y trabajo no remunerado
· Lo que dijo la jubilada —"nunca trabajé"— se refiere a fuera de su casa. Pero el tiempo de ser solo ama de casa es cosa del pasado.
· La mayoría de las mujeres hoy trabajan fuera del hogar y cuando vuelven siguen trabajando: haciendo el trabajo reproductivo o de cuidados, de forma gratuita. Por eso se habla de doble o triple jornada laboral.
· Trabajo reproductivo viene de "reproducir la fuerza de trabajo", que quiere decir dos cosas. Por un lado, que haya nuevas trabajadoras y trabajadores que van a incorporarse al mercado laboral (cuya fuerza de trabajo el empresario va a explotar). Por otro lado, el trabajo indispensable para que cada día volvamos a trabajar —limpieza, comida, cuidados—, para que todo siga “funcionando”.
· ¿Por qué es gratuito y lo hacen las mujeres? Básicamente, por un prejuicio patriarcal, previo al capitalismo y que los capitalistas supieron aprovechar muy bien: ese que dice que somos responsables del hogar y la familia. Esa responsabilidad supuestamente está relacionada con un elemento biológico —porque podemos reproducir la vida en nuestro cuerpo— que nos haría más “proclives” a los cuidados y además que lo hacemos por amor.
· De ahí la consigna feminista: "No es amor, es trabajo doméstico no remunerado", que los conservadores y los reaccionarios odian porque invita a cuestionar varias cosas.
· Si el trabajo doméstico no es algo "naturalmente" femenino ni es amor, no tiene por qué ser una sobrecarga para vos. No tenés por qué resignar tiempo en el mercado laboral, en la educación o en el tiempo libre. Y lo más peligroso: si no sos la “empleada natural” del hogar, tu marido no es tu jefe, no manda.
· Pero además de los conservadores, ¿sabés a quiénes les molestan estas discusiones? A los empresarios —como Galperín— que son los verdaderos beneficiados de todo ese trabajo gratuito que hacen las mujeres. Marcelo se beneficia de no lavar sus calzones ni hacer la vianda, pero el que gana de verdad es Galperín.
· Imaginate si los empresarios o el Estado —que también es empleador— tuvieran que financiar servicios de limpieza o de preparación de comidas, como ya se hace con la salud o la educación.
· Pensarlo así tiene un bonus: ¿por qué tenés que lavar la ropa sola en tu casa mientras al lado hay otra mujer lavando la suya? ¿Por qué en un edificio, en cada departamento, hay una mujer preparando la comida todos los días? ¿Por qué no hay un jardín de infantes cada tantas manzanas al que vayas a buscar a tus hijos cuando volvés de tus actividades?
· ¿Por qué es normal que una mujer se levante tres horas antes de entrar al trabajo porque tiene que hacer la comida, llevar a su hijo al jardín, pagar extra porque la jornada es más corta que la de su laburo y hacer malabares?
· Eso es la socialización de los cuidados. Dicho así, Galperín y sus amigos empresarios se horrorizan, pero esa socialización ya existe vía mercado: guarderías, jardines, lavaderos, servicios de viandas, de limpieza. El obstáculo es que son caros. Pero si los empresarios necesitan esos servicios para que vayas a trabajar —para que se reproduzca la fuerza de trabajo—, ¿por qué no incluirlos en el sueldo?
· Sí es trabajo, y hoy se hace de forma gratuita, y casi siempre lo hace una mujer, una adolescente o una nena. Pero por esta mezcla de prejuicios y naturalizaciones todavía no suena raro cuando una mujer que crió y cuidó toda su vida dice "nunca trabajé". Aunque, también, cada vez más mujeres saben que no es amor: es trabajo doméstico no remunerado.











