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[Bibliografía Obligatoria] ¿Por qué junio es el mes del orgullo? La historia antes de Stonewall
25 de junio — Géneros y Sexualidades, Edición Argentina, Stonewall, Edición México, Edición Uruguay, Revolución Sexual, Principal timeline 1, Bibliografía Obligatoria , idz-mx 28-06-2026, Géneros y Sexualidades, Edición Argentina, Stonewall, Edición México, Edición Uruguay, Revolución Sexual, Principal timeline 1, Bibliografía Obligatoria , idz-mx 28-06-2026
#MesDelOrgullo Un bar administrado por la mafia, el FBI y una generación que aprendió a hacer política en la clandestinidad y salió a la calle. La historia que hizo posible #Stonewall y marcó un hito del movimiento de liberación sexual.
Bibliografía Obligatoria es una columna de @cel_murillo para La Izquierda Diario.
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Sobre las denuncias públicas contra Nacho Levy
25 de junio, por Derechas, izquierdas y machismo — Géneros y Sexualidades, Edición Argentina, Machismo, Bloque2 A3 1 titulo, Géneros y Sexualidades, Edición Argentina, Machismo, Bloque2 A3 1 titulo
Nacho Levy, referente del movimiento social que edita la revista “La Garganta Poderosa” fue acusado por su expareja, en redes sociales, de violencia psicológica. Esto desató una oleada de comentarios antifeministas, también en las mismas redes sociales donde, por ahora, se efectuó esta denuncia pública sobre sus comportamientos abusivos.
Varias mujeres, mayoritariamente activistas feministas o del propio movimiento en el que milita Levy y de otras organizaciones populares, reconocieron públicamente que esta acusación de Cecilia Ce, psicóloga y sexóloga clínica, no se contradecía con los comentarios y las experiencias de otras mujeres que habían tenido vínculos personales, anteriormente, con el fundador de la revista La Garganta Poderosa. Estos comentarios y experiencias ya los habían hecho públicos las mujeres, pero solo en determinados espacios entre compañeras de militancia, amigas y otras redes vinculares.
La derecha acusa a las víctimas de la opresión patriarcal
Pero, en las redes sociales, el dedo acusatorio de la mayoría de los trolls de la derecha, como también de streamers enrolados con el oficialismo, no apunta contra el referente social y político, sino que se dirige contra Cecilia, contra las feministas y contra todas aquellas compañeras o excompañeras de militancia de Levy, que ahora acompañan públicamente las denuncias de su expareja. Ellas son feministas, militantes de nobles causas sociales y de organizaciones populares, las que le creen a Cecilia y aportan más elementos que dan sustento a su denuncia. Las mismas a las que, paradójicamente, la derecha también las acusa de “no denunciar” o hacerlo de manera políticamente selectiva.
Y es bueno dejar en claro que habrá otras mujeres, exparejas o compañeras de militancia, que eligieron separarse de Levy o alejarse en silencio de su organización, por los motivos que fuese y en pleno derecho de hacerlo cuándo y cómo hayan querido. Porque, mientras la ultraderecha, desde el poder del Estado, promueve un discurso negacionista sobre la violencia de género, la eliminación de la figura penal del femicidio y los proyectos punitivos contra las mujeres a quienes se les adjudica una inexistente tendencia a promover “falsas denuncias”, denunciar es cada vez más difícil. De hecho, toda la política promovida por los antiderechos que ahora cuestionan a las feministas por "no haber denunciado antes" es precisamente esa: disciplinar a las mujeres para que no denuncien.
Las organizaciones, movimientos sociales y militantes progresistas, aliados del feminismo, no están exentos de reproducir el machismo; pero, el machismo está más expuesto allí a ser denunciado, porque está considerado como una contradicción con los valores que se defienden públicamente. Eso no pasa en los ámbitos de la derecha reaccionaria, conservadora y antiderechos.
Las feministas debemos apuntar con más fuerzas contra el machismo estructural de nuestras sociedades capitalistas
Que un referente de las organizaciones populares, como Nacho Levy, que públicamente sostiene banderas feministas y se reconoce como un aliado de la lucha antipatriarcal, ejerza violencia psicológica contra su pareja, merece ser repudiado. Sin peros. Además, porque una persona pública, referente de una organización social, debiera asumir que una agresión íntima e individual en su caso se convierte en un conflicto político colectivo y le cabe la responsabilidad del daño que también le provoca a las causas justas por las que lucha su agrupación. De hecho, hoy la ultraderecha se permite atacar, metiendo en la misma bolsa, al varón que abusó psicológicamente de Cecilia con ella misma, con el feminismo, las organizaciones populares, etc.
Y acá no valen las posiciones ingenuas de "no puedo creer que…", como si ser progresista o de izquierda nos eximiera, automáticamente, de contradicciones. El machismo no se reproduce únicamente en los espacios de derecha. La diferencia es que la derecha lo justifica ideológicamente, lo sostiene y promueve abiertamente la misoginia y otras prácticas discriminatorias y degradantes, incluso a través del ejercicio del poder político.
Los y las militantes sociales y políticos progresistas y de izquierda vivimos en la misma sociedad capitalista patriarcal cuyos (dis)valores, combatimos política e ideológicamente a diario. Es decir, quienes queremos cambiar esta sociedad que se basa en la explotación y la opresión, no somos “el hombre nuevo” ni “la mujer nueva”: habitamos en la contradicción y lidiamos, con mayor o menor empeño, para que esas brechas entre lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos, sean cada vez más acotadas. Y esto no le ocurre solamente a los varones ni solamente respecto del machismo. La envidia, la competencia, el individualismo, la búsqueda de reconocimiento personal por encima del trabajo y los intereses colectivos, como tantos otros (dis)valores fomentados por las ideologías dominantes en esta sociedad capitalista, también presionan, moldean y permean nuestras vidas, aun cuando hayamos decidido, consciente y voluntariamente, organizarnos colectivamente para cambiarla de raíz. No podemos escribir en los papers que el machismo es estructural en las sociedades clasistas en las que vivimos (como el racismo, la xenofobia, el heterosexismo, etc.) y luego pretender que se elimine mágicamente todo rastro de machismo con cursos obligatorios dictados por un ministerio o mediante el poder punitivo del Estado.
Es evidente que si los varones con comportamientos abusivos y violentos que pertenecen a espacios progresistas, “aliados” y con compromiso social son los que más se conocen públicamente es, justamente, porque comparten esos espacios políticos con otros varones y, especialmente, con mujeres que no permiten que estos comportamientos se naturalicen. En los agrupamientos sociales y políticos donde el machismo es celebrado y la misoginia y los discursos de odio son razón de Estado, no solo están naturalizados estos comportamientos violentos, sino que se fomentan el rol dominante de los varones, la sumisión femenina y el trato degradante hacia las mujeres.
Una organización que combata contra el Estado capitalista, por una sociedad liberada de todas las formas de explotación y opresión, no se construye con personas exentas de miserias humanas, de contradicciones y debilidades. Pero que no se base en el doble discurso, que realmente promueva la democracia desde las bases contra toda tendencia al culto de la personalidad, que promueva la autoorganización y la unidad de la clases trabajadora, de las mujeres movilizadas, del pueblo pobre y todos los que luchan, que lo haga con una estrategia y un programa verdaderamente revolucionario, siempre será un mayor reaseguro para reaccionar ante esas miserias, contradicciones y debilidades en sus propias filas. Lo contrario son las verdaderas red flag.
Por cada caso como el de Nacho Levy, más organización y movilización de las feministas junto con los varones que comparten esta lucha. Una pelea que, como demostramos el pasado 3 de junio, es contra las instituciones de un régimen putrefacto, en el que los gobiernos, los partidos que defienden los intereses de los capitalistas, los fiscales, los jueces y las fuerzas represivas conforman un entramado siniestro que protege y otorga impunidad a las mafias que manejan oscuros negocios clandestinos, donde los cuerpos para la trata, para la explotación y la servidumbre, para los abusos sexuales y la violencia más extrema y letal, los ponen las hijas de la clase trabajadora y el pueblo pobre.
Una vez más, por el pan y por las rosas
Contrariamente a lo que dicen algunos pseudo-izquierdistas del “campo popular”, no es el feminismo el que divide a la clase trabajadora, sino el machismo. El feminismo es parte del combate que damos para forjar una unidad sólida, basada en el respeto, la igualdad y contra toda dominación de unos sobre otres. Por eso, por cada caso como el de Nacho Levy, las feministas socialistas de Pan y Rosas luchamos más convencidas aún por construir un partido propio de la clase trabajadora. Un partido que luche por acabar con este orden capitalista de miseria, explotación y vejámenes aberrantes contra las mujeres y otros sectores socialmente oprimidos.
Porque el capitalismo patriarcal puede tolerar que le impongamos algunos derechos, mediante nuestra movilización persistente y masiva. Pero combatirá la alianza entre los explotados, incluso promoviendo y legitimando el machismo y otras formas de discriminación entre nuestras propias filas, porque lo que no puede admitir es la alianza entre todos los explotados y oprimidos, constituyendo una fuerza material capaz de amenazar la sacrosanta propiedad privada de los dueños del mundo y sus ganancias obtenidas con el sudor y la sangre de las mayorías.
Esa es la perspectiva por la que vale la pena seguir forjando una alianza indestructible basada en el respeto, la igualdad, la camaradería y la firme convicción de que nadie puede liberarse de sus cadenas, si oprime a otros.
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Mujeres en la emergencia sísmica en Venezuela: cuando la crisis la sostienen las mujeres
25 de junio, por Terremoto — Internacional, Géneros y Sexualidades, Edición Argentina, Principal2, Edición Estado Español, Edición México, Terremoto, Edición Uruguay, Edición Venezuela, Política Venezuela, Internacional, Géneros y Sexualidades, Edición Argentina, Principal2, Edición Estado Español, Edición México, Terremoto, Edición Uruguay, Edición Venezuela, Política Venezuela
El terremoto revela una crisis social donde el cuidado, la supervivencia y la reconstrucción recaen desproporcionadamente sobre las mujeres de los sectores populares.
Los fuertes terremotos que han sacudido Venezuela han dejado al descubierto no solo la fragilidad de la infraestructura urbana y la desigualdad social, sino también una dimensión menos visible pero estructural de la catástrofe: su impacto diferenciado sobre las mujeres en tanto sostén central de la reproducción cotidiana de la vida. En una situación de emergencia donde miles de familias permanecen en las calles o en refugios improvisados, la crisis no se vive de forma neutral, se organiza sobre una estructura previa de desigualdad de género y clase que determina quién sostiene la vida en condiciones de catástrofe.
Una crisis que se monta sobre desigualdades preexistentes
Venezuela es un país atravesado por altos niveles de pobreza y precariedad estructural, resultado de un proceso prolongado de crisis económica, deterioro de los servicios públicos y precarización de las condiciones de vida. Según la ENCOVI 2025, más del 68% de los hogares vive en situación de pobreza y una proporción significativa en pobreza extrema, en un contexto de crisis salarial, debilitamiento de la infraestructura social y dificultades generalizadas de acceso a vivienda y servicios básicos.
Estas condiciones no constituyen un “escenario de fondo”, sino la base material de organización de la vida social, sobre la cual se producen y se amplifican las crisis. La desigualdad no es un efecto secundario, sino una forma estructural de funcionamiento de la sociedad que determina de manera directa quiénes están expuestos a la vulnerabilidad y con qué recursos cuentan para enfrentarla.
En ese marco, las desigualdades de género se articulan con las desigualdades de clase. Los hogares con jefatura femenina, así como las mujeres de sectores populares en general, enfrentan mayores niveles de pobreza, mayor inserción en la informalidad laboral y una sobrecarga estructural del trabajo no remunerado de cuidados y reproducción cotidiana de la vida.
Esto expresa un fenómeno más profundo: La feminización de la pobreza no es solo una estadística, sino un mecanismo estructural mediante el cual la organización social de la reproducción descarga de forma sistemática sobre las mujeres el sostenimiento cotidiano de la vida en condiciones de precariedad creciente.
La crisis de los cuidados como crisis de reproducción social
Lo que emerge con fuerza en la situación de emergencia no es solo el impacto del desastre, sino el deterioro súbito de las condiciones materiales que permiten el sostenimiento cotidiano de la vida. En contextos donde la vivienda colapsa, se interrumpen servicios básicos o se vive en condiciones de hacinamiento o desplazamiento, se vuelve evidente que la reproducción de la vida no está garantizada de manera colectiva ni estable en un país de profundas carencias para las mujeres y familias de la clase trabajadora.
En estas condiciones, son las mujeres quienes asumen de forma desproporcionada la carga de sostener la vida cotidiana: el cuidado de niñas, niños, personas mayores o enfermas, la gestión de la alimentación, la búsqueda de agua, la garantía de higiene básica y la organización inmediata de la supervivencia en escenarios de alta precariedad.
Este conjunto de tareas no solo se intensifica en situaciones de desastre, sino que revela su carácter estructural. No se trata de un “impacto diferenciado”, sino de la forma en que está organizada materialmente la reproducción de la vida en sociedades atravesadas por la precarización: La sostenibilidad cotidiana del conjunto social descansa de manera sistemática sobre el trabajo invisibilizado y no remunerado de las mujeres.
En este sentido, la emergencia ocurrida en Venezuela no sólo introduce una nueva desigualdad, sino que profundiza y expone una ya existente: aquella que asigna de manera desigual quién sostiene la vida en condiciones de crisis.
Emergencia, refugios y desigualdad en la reproducción de la vida
La ausencia o insuficiencia de infraestructura social para la emergencia agrava esta situación. Refugios improvisados en escuelas, instalaciones deportivas o espacios públicos no suelen contar con condiciones adecuadas para atender las necesidades diferenciadas de mujeres, niñas y personas dependientes.
En estos espacios se reproducen problemas concretos: sobrecarga del cuidado infantil, falta de privacidad, ausencia de insumos de higiene menstrual, dificultades para el acceso a atención prenatal o postnatal, y escasos dispositivos de protección frente a situaciones de violencia.
En un contexto donde el Estado no garantiza plenamente dispositivos adecuados de refugio para mujeres, niñas y sectores vulnerables, la organización de la supervivencia recae nuevamente sobre redes familiares y comunitarias, donde el trabajo femenino es central pero invisibilizado.
Sismo, Estado, crisis y reorganización de la vida social
La emergencia sísmica ocurre en un país atravesado por años de crisis económica, deterioro sostenido de los servicios públicos y severas restricciones materiales para las mayorías, en contraste con la existencia de privilegios concentrados en sectores empresariales, patronales y gubernamentales. En este marco, la conducción de la respuesta estatal ha sido encabezada por figuras como Delcy Rodríguez, en un contexto donde el gobierno ha buscado combinar el llamado a la unidad nacional con una creciente dependencia de acuerdos y negociaciones con potencias y organismos internacionales, en un escenario marcado por el peso de las sanciones y el bloqueo económico impulsado por Estados Unidos.
Esta combinación entre crisis interna, gestión estatal centralizada y condicionamientos externos del imperialismo estadounidense configura el marco en el que se organiza la respuesta a la emergencia, definiendo no solo los límites materiales de la reconstrucción, sino también el tipo de prioridades que se establecen en la administración de la crisis social.
Sin embargo, durante la primera noche tras los sismos en Caracas y otras ciudades, se evidenció otra realidad: numerosos grupos de personas se organizaron espontáneamente en torno a los derrumbes, apoyando en las labores de rescate y contención. Esa solidaridad desde abajo expresa una fuerza social fundamental que debe extenderse en los próximos días, a través de redes de apoyo, comedores populares y ollas comunitarias para las personas damnificadas.
En este marco, la reconstrucción no puede entenderse como un proceso técnico ni neutral. Se trata de una disputa profundamente política sobre cómo se reorganizan las condiciones materiales de la vida social: quién garantiza la reproducción cotidiana, con qué recursos y bajo qué relaciones sociales.
Lo que ya se expresa en las primeras horas de la emergencia, la solidaridad espontánea, la autoorganización en torno a los derrumbes y las redes comunitarias de apoyo, muestra que la reproducción de la vida recae, en gran medida, sobre los sectores populares ante la insuficiencia de respuestas institucionales. Sin embargo, esta capacidad social de respuesta no puede sustituir de forma permanente la ausencia de infraestructura pública ni convertirse en un mecanismo naturalizado de gestión de la crisis.
Si la reconstrucción vuelve a descansar sobre el trabajo no remunerado de las mujeres y sobre la autoorganización forzada de los sectores populares, sin transformación de las condiciones materiales que produjeron esa vulnerabilidad, lo que se consolida no es una salida de la crisis, sino una normalización de que la vida social se sostenga sobre bases cada vez más precarias, desiguales y que el Estado no garantiza.
Militarización y gestión de la crisis
La intervención de organismos militares en tareas de rescate y distribución de ayuda refleja además un proceso más amplio de militarización de la gestión de la crisis social. En este marco, las fuerzas armadas asumen un rol creciente en la organización de la vida cotidiana en contextos de emergencia, desplazando formas de gestión civil, comunitaria y de autoorganización popular que emergen desde abajo como respuesta inmediata de los sectores afectados.
Este proceso no es meramente operativo ante un desastre: expresa una forma de administración capitalista donde la crisis en la que el Estado concentra funciones estratégicas de emergencia y control territorial, busca sustituir toda intención social por fortalecer mecanismos de participación comunitaria o formas de decisión colectiva de las poblaciones afectadas. Lejos de ampliar la capacidad de respuesta democrática frente a la catástrofe, tiende a reorganizar la gestión de la emergencia bajo lógicas verticales, de poder estatal, legitimar al desprestigiado gobierno y centralizar el control sobre los recursos, los alimentos, la información y las prioridades de la reconstrucción (y las cuantiosas sumas que representan).
En este tipo de contextos de militarización de la vida social, donde la gestión de refugios, desplazamientos y distribución de recursos queda bajo mando jerárquico, se incrementan los riesgos específicos de violencia y acoso hacia mujeres, niñas y diversidades sexuales. La ausencia de mecanismos civiles de supervisión, la precarización de los espacios de refugio y el hacinamiento generan condiciones donde estas violencias pueden agravarse o volverse menos visibles, en ausencia de canales autónomos de denuncia y protección.
Sujetos de la crisis y solidaridad desde abajo
Frente a esta situación, la respuesta inmediata ha surgido en muchos casos desde abajo: redes comunitarias, vecinos, trabajadores de la salud y organizaciones locales que sostienen tareas de evacuación, cuidado y asistencia en condiciones precarias.
La solidaridad es una necesidad material para sostener la vida en medio del colapso de infraestructura. Las mujeres, en particular, no solo somos las más afectadas por la crisis, sino también como parte central de estas redes de organización de la supervivencia, lo que abre una contradicción fundamental: somos sobre quienes más se descarga la crisis y, al mismo tiempo, quienes sostenemos cotidianamente la vida social en condiciones extremas.
La emergencia sísmica en Caracas no puede entenderse solo como un evento natural con impactos desiguales. Expresa una crisis más profunda de reproducción social, donde la desigualdad de género y clase determina quién puede sobrevivir y en qué condiciones.
Frente a esta realidad, la reconstrucción no puede limitarse a levantar infraestructura física. Implica disputar qué tipo de organización social sostiene la vida: si una basada en la sobrecarga invisible del trabajo de las mujeres y la precarización de los sectores populares, o una que reconozca y reorganice colectivamente las condiciones materiales de la reproducción de la vida y los derechos de las mujeres desde una perspectiva social y no individualizada.
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Los diez policías involucrados en el travesticidio de Sofía Fernández irán a juicio
23 de junio, por El Estado en el banquillo — Géneros y Sexualidades, Edición Argentina, LGTBIQ+, La Plata, Berisso y Ensenada, Provincia de Buenos Aires, Juicio, Brutalidad policial, Travesticidio, Abuso policial, #ElEstadoEsResponsable, Géneros y Sexualidades, Edición Argentina, LGTBIQ+, La Plata, Berisso y Ensenada, Provincia de Buenos Aires, Juicio, Brutalidad policial, Travesticidio, Abuso policial, #ElEstadoEsResponsable
A más de tres años del travesticidio de Sofía Fernández, se confirmó que los diez policías involucrados en el hecho y su posterior encubrimiento irán a juicio oral.
La decisión representa un paso fundamental en la búsqueda de justicia por la muerte de Sofía, de 39 años, quien perdió la vida mientras permanecía detenida en la Comisaría 5ª de Presidente Derqui, en el partido bonaerense de Pilar, entre el 9 y el 10 de abril de 2023.
La causa judicial atravesó numerosos obstáculos y estuvo marcada desde el comienzo por irregularidades y denuncias de encubrimiento. Hace casi un año, el juez de instrucción Walter Saettone había solicitado la elevación a juicio, pero dejando imputado únicamente a Carlos Rodríguez, el efectivo policial que se encontraba de turno y tenía bajo su responsabilidad a Sofía al momento de su muerte. El resto de los policías había quedado desvinculado, una decisión que fue duramente cuestionada por la familia, las organizaciones y los espacios que, desde el primer día, sostienen una lucha incansable contra la impunidad.
La confirmación de que los diez efectivos serán juzgados revierte ese escenario y reconoce la existencia de responsabilidades que no podían limitarse a una sola persona. Actualmente, tres policías están acusados por homicidio agravado por odio a la identidad de género y los restantes siete por delitos vinculados al encubrimiento y la falsificación de documentación.
Sin embargo, uno de los aspectos sobre los que la familia insiste en poner el foco es el propio contexto de la detención de Sofía. A más de tres años de los hechos, todavía persisten interrogantes fundamentales: ni siquiera existe una determinación precisa sobre el horario en que ocurrió su muerte.La versión oficial sobre los motivos de la detención también presenta profundas contradicciones. Inicialmente, a la familia se le informó que Sofía había sido demorada por averiguación de antecedentes o por encontrarse desorientada en la vía pública. Posteriormente, apareció una acusación vinculada a un supuesto intento de robo en una vivienda. Estos elementos forman parte de los cuestionamientos que, con enorme perseverancia, sostienen desde hace años la familia y las organizaciones que acompañan el pedido de justicia.
El caso de Sofía Fernández se convirtió en un emblema de la violencia institucional y de las múltiples vulneraciones que atraviesan las personas travestis y trans en Argentina. La confirmación del juicio oral contra los diez policías constituye un avance importante, pero también una oportunidad histórica para esclarecer qué ocurrió dentro de la comisaría, determinar las responsabilidades individuales y colectivas y desarmar una trama de violencia, discriminación y encubrimiento que la familia denuncia desde el primer día.
A pocos días de un nuevo aniversario de Stonewall, el 28 de junio, la lucha por justicia para Sofía adquiere una dimensión aún más profunda. Aquella rebelión que dio origen a una parte fundamental de las luchas del colectivo LGBTIQ+ nos recuerda que ninguno de los derechos conquistados fue una concesión, sino el resultado de la organización y la resistencia colectiva frente a la persecución y la violencia.
Exigir verdad y justicia por Sofía Fernández es también reivindicar ese legado y denunciar que las personas travestis y trans siguen siendo uno de los sectores más expuestos a la violencia institucional, la discriminación y la impunidad. En un contexto en el que se profundizan y son promovidos desde distintos sectores del poder político y mediático los discursos de odio que buscan estigmatizar, señalar y deslegitimar las identidades travestis y trans, la pelea por justicia adquiere una urgencia aún mayor. Estos discursos no son inocuos: alimentan un clima social violento y refuerzan las condiciones de exclusión.
Después de más de tres años de lucha, la exigencia continúa siendo la misma: justicia por Sofía Fernández y el esclarecimiento completo de las circunstancias en las que perdió la vida, y que se acaben los privilegios policiales que les asigna patrocinio legal y recursos provistos por el Ministerio de Seguridad.
Una vez más el Estado es responsable. Debemos unir todas las luchas contra la impunidad del gobierno de Milei y sus cómplices. El próximo domingo marchamos. La respuesta es la organización.
Porque la memoria de Sofía no pertenece solo al pasado: es una bandera de lucha del presente y un compromiso colectivo para enfrentar la impunidad, defender los derechos conquistados y construir una sociedad en la que ninguna vida travesti o trans vuelva a ser arrebatada y silenciada.
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Siguiendo el llamado de Myriam Bregman, se reunió el Comité Feminista de Tucumán
21 de junio, por Por un partido de la nueva clase trabajadora — Política, Géneros y Sexualidades, Edición Argentina, Tucumán, Pan y Rosas, Alejandra Arreguez, Rebelión Boliviana, Comités junto a Myriam Bregman, Política, Géneros y Sexualidades, Edición Argentina, Tucumán, Pan y Rosas, Alejandra Arreguez, Rebelión Boliviana, Comités junto a Myriam Bregman
En la tarde de este sábado se realizó la primera reunión del Comité Feminista de Mujeres y Diversidades, con debates y resoluciones sobre cómo transformar en organización la simpatía por la izquierda.
En la tarde del sábado 20 tuvo lugar la primera reunión del Comité Feminista de Mujeres y Diversidades en “Tucumán Arde”, reuniendo a trabajadoras estatales (docentes, salud y otros gremios), con jovenes estudiantes secundarias, universitarias y terciarias, amas de casa y activistas feministas y LGTBI.
En el inicio, Alejandra Arreguez desarrolló el planteo para poner en pie los comités que viene proponiendo Myriam Bregman en diferentes actos, como el realizado en Jujuy, para traducir la simpatía por la izquierda en organización. En ese sentido, desde el PTS se viene planteando la necesidad de poner en pie un movimiento por un partido de la nueva clase trabajadora y que como parte de esta discusión se elaboró el Manifiesto “¿Cómo cambiamos la historia?”. La intervención también destacó la rebelión del pueblo boliviano que ahora se enfrenta al estado de excepción dictado por Rodrigo Paz, lo que llama a desplegar la solidaridad internacional. “Bolivia puede ser música del futuro para nosotros, si se tiene en cuenta los planes de ajuste que emparentan a Milei con Paz”, sostuvo la referente del PTS.
Luego, Arreguez planteó las potencialidades del movimiento feminista que volvió a mostrarse en la última movilización del 3 de junio. “Milei nos ataca porque sabe que no somos un movimiento pasajero y quiere deslegitimar la agenda que instalamos y lo que logramos en las calles, por eso tenemos que defenderlas en las calles. Lo que queremos discutir es cómo le damos continuidad y potenciamos la organización”, sostuvo. En Tucumán esa tarea también el desafío de enfrentar "a los dinosaurios" como Jaldo, que refleja un régimen misógino, e integrantes del Poder Judicial.
Crear comunidad y debatir las ideas
Entre las principales discusiones se intercambió sobre cómo se crean espacios como los comités para ayudar a sostener los debates e intercambios que se dan cotidianamente con compañeres de trabajo, familiares y amigues. “Me cansé de sentir que no se habla y quiero hacer algo, más allá de mi situación particular, vengo porque quiero buscar estrategias para comenzar a debatir y cuestionar lo que pasa acá, en Bolivia”, señaló una trabajadora.
Varias intervenciones coincidieron en la importancia de combinar la pelea en las redes sociales, porque son fuente de información para millones, pero no quedarse solamente en ellas ni ceder a la violencia de los trolls, sino crear espacios de comunidad. “Muchas cosas de la violencia hacia las mujeres no estuvieron resueltas, hay que apoyarse en la organización”, afirmó una compañera proveniente del kirchnerismo, quién también señaló la crisis de representación que atravesaba y su interés por conocer el Manifiesto del PTS.
Otras intervenciones mencionaron la posibilidad de extender los comités a otros espacios y lugares. “Es importante también que pensemos en la inclusión de los hombres en estas discusiones sobre la violencia, porque es fundamental para fortalecer nuestra pelea”, planteó una trabajadora de la salud.
Fortalecer las peleas de las mujeres y diversidades
Otro eje de los intercambios fue cómo impulsar las peleas de las mujeres y diversidades en los lugares de trabajo y estudio. Una estudiante de Filosofía y Letras relató la importancia de poner en pie una comisión de mujeres en la facultad frente a los recientes casos de abusos denunciados. “Es importante poner la cara a las ideas que sostenemos”, sostuvo una compañera de espacios feministas. “Es importante ver la pelea en Bolivia, como la red de contención entre mujeres permite dar las peleas”, agregó otra compañera.
Una estudiante secundaria expresó la importancia de participar en los espacios cotidianos, para dar peleas como hicieron les estudiantes de la Escuela Normal o de la ESEA a raíz de los casos de violencia, la falta de ESI y de un gabinete psicopedagógico. “La fuerza está, la cuestión es organizarla y mantenerla en el tiempo. Si solo marchamos el 8 de marzo y el 3 de junio, nos quedamos cortas”, agregó.
Entre las principales propuestas se resolvió una campaña en lugares públicos, trabajos y de estudio contra la violencia machista, señalando la responsabilidad estatal y convocando a extender los comités. También se realizará una presentación del Manifiesto del PTS y talleres de Pan y Rosas con diferentes temáticas.
Además también se resolvió impulsar actividades para que viaje una importante delegación hacia el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres y Diversidades (10, 11 y 12 de octubre en Córdoba). Y como parte de la solidaridad con el pueblo boliviano se participará de una acción unitaria el lunes 22 y se realizará una charla en Tucumán Arde.
