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Glamour para encubrir: el peluquero Giordano en la red Epstein
2 de febrero, por Desclasificación de los archivos — Géneros y Sexualidades, Redes de trata, Abusos sexuales, Edición México, Bill Clinton, Donald Trump, Elon Musk, agresiones sexuales, Jeffrey Epstein, Géneros y Sexualidades, Redes de trata, Abusos sexuales, Edición México, Bill Clinton, Donald Trump, Elon Musk, agresiones sexuales, Jeffrey Epstein
La reciente publicación de nuevos archivos judiciales vinculados a Jeffrey Epstein vuelve a exponer una trama de abuso sexual sistemático, dinero y encubrimiento protagonizada por multimillonarios, dirigentes políticos y figuras centrales. Fotografías, agendas, correos electrónicos y registros de vuelo confirman lo que las víctimas denunciaron durante años. Entre los nombres que reaparecen en la documentación figuran Donald Trump, Bill Clinton y Elon Musk, y surge uno inesperado: el estilista argentino Roberto Giordano a través de contactos y transferencias de dinero sostenidas en el tiempo.
Los nuevos documentos desclasificados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos revelan una relación sostenida entre Jeffrey Epstein y el estilista argentino Roberto Giordano, que excede largamente un contacto ocasional. Registros financieros y correos electrónicos dan cuenta de transferencias de dinero realizadas durante años por el financista condenado por delitos sexuales hacia Giordano, en paralelo a la organización de megadesfiles y eventos de alta sociedad en Argentina y Uruguay. Para los investigadores, esos espacios de glamour funcionaron como parte del entramado social que permitió a Epstein ampliar su red de vínculos en el Cono Sur bajo una fachada de prestigio, moda y celebridades, mientras el abuso y el dinero circulaban fuera de escena.
A su vez, entre los nombres que reaparecen en la documentación figuran el príncipe Andrés del Reino Unido (fotografiado reiteradamente junto a Epstein), el presidente estadounidense Donald Trump y el ex presidente Bill Clinton, el ex primer ministro israelí Ehud Barak y distintos funcionarios, asesores y operadores políticos que mantuvieron contacto frecuente con el financista. También aparecen referencias a multimillonarios del rubro tecnológico y financiero como Elon Musk, Bill Gates y Richard Branson. Aunque la mención en los archivos no implica imputación penal automática, la reiteración de estos vínculos demuestra que Epstein se movía con total comodidad en los círculos más exclusivos del poder económico y político.
Las imágenes del príncipe Andrés junto a Virginia Giuffre, una de las principales denunciantes, se convirtieron en símbolo de esa impunidad. No se trata solo de una foto, sino de la evidencia material de un sistema que durante décadas eligió proteger a multimillonarios antes que escuchar a mujeres y niñas explotadas sexualmente. El escándalo no fue la existencia de Epstein, sino el silencio y la impunidad que lo rodeó.
El caso del príncipe Andrés deja al desnudo el rol de la monarquía británica como garante histórica de impunidad. Lejos de ser una figura aislada, Andrés fue protegido durante años por una institución que cerró filas para preservar su imagen, con el respaldo explícito de la reina Isabel II, quien sostuvo públicamente al duque de York incluso cuando las denuncias de abuso ya eran de conocimiento global. Mientras el palacio ensayaba gestos de moderación y respetabilidad (esa “buena conducta” cuidadosamente escenificada), las víctimas quedaban relegadas al descrédito y al silencio.
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Donald Trump también aparece mencionado en los archivos y registros de la época, en línea con una relación social documentada públicamente durante los años noventa y principios de los 2000. Aunque el expresidente intentó despegarse tras la primera detención de Epstein, los documentos refuerzan la idea de una cercanía previa que forma parte del mismo ecosistema de multimillonarios que compartían fiestas, contactos y favores, mientras las víctimas quedaban fuera del encuadre.
La mención de Elon Musk, aun sin acusaciones directas, vuelve a poner sobre la mesa el rol del capitalismo tecnológico en estas tramas de poder. Multimillonarios celebrados como genios disruptivos aparecen una y otra vez orbitando espacios donde el abuso y la explotación eran moneda corriente, protegidos por acuerdos de silencio, abogados y fortunas capaces de comprar tiempo, jueces y titulares favorables.
En ese entramado no hay neutralidad ideológica. Donald Trump construyó su carrera política sobre una misoginia explícita, desde la banalización del abuso sexual hasta políticas que recortan derechos reproductivos y legitiman la violencia contra mujeres y disidencias. Elon Musk, por su parte, se convirtió en uno de los voceros más agresivos contra los derechos LGTB+, amplificando discursos de odio y negando públicamente la identidad de su propia hija trans, en un gesto que condensa el núcleo reaccionario del nuevo poder multimillonario
Los archivos Epstein no revelan solo nombres propios, sino una estructura. Un sistema donde los multimillonarios gozan de una presunción de inocencia eterna, mientras las víctimas deben demostrar una y otra vez que dicen la verdad. Donde la violencia sexual no es un “exceso”, sino un recurso disponible para quienes concentran poder económico, político y simbólico.
A años de la muerte de Epstein en una cárcel estadounidense (en circunstancias aún poco claras), la pregunta sigue siendo la misma: quiénes se beneficiaron de su red y quiénes siguen siendo protegidos. La publicación de estos archivos no cierra la historia, si no que la vuelve a abrir, dejando al descubierto la impunidad que aún persiste.
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Mujeres contra la reforma laboral: “Nos quieren esclavas y eso hay que enfrentarlo a muerte”
1ro de febrero, por Gran La Plata — Géneros y Sexualidades, La Plata, Berisso y Ensenada, Provincia de Buenos Aires, Pan y Rosas, Reforma laboral, Mujeres trabajadoras, Géneros y Sexualidades, La Plata, Berisso y Ensenada, Provincia de Buenos Aires, Pan y Rosas, Reforma laboral, Mujeres trabajadoras
En La Plata, Berisso y Ensenada, las trabajadoras de fábricas, escuelas y hospitales advierten que la reforma laboral va a implicar mayor esclavización del trabajo y peores condiciones de vida, impactando su salud, endeudamiento, y tiempo de ocio. Tercera entrega de una serie de artículos que, desde distintos puntos del país, venimos llevando a cabo desde la Agrupación feminista socialista de Pan y Rosas y de La Izquierda Diario sobre Mujer, Trabajo y reforma laboral.
Para abordar una visión de conjunto, entrevistamos a mujeres de la industria y de la educación y la salud: Mujeres en Lucha de Acerías Berisso, familiares y esposas de obreros despedidos por la acería, tras varios meses de no pagarles los salarios. Ellas decidieron organizarse, entendiendo que este ataque es un ejemplo de lo que podrían hacer las empresas si el gobierno avanza con la Reforma Laboral. Conversamos con una trabajadora tercerizada de YPF y también buscamos testimonios de trabajadoras de salud y educación por ser sectores altamente feminizados.
El trabajo de las mujeres en la región
El cordón industrial de Berisso y Ensenada, le da la particularidad a la región de contar con refinerías, astillero, pequeñas y grandes industrias que vuelven a estas dos localidades “dormitorios obreros”. Ambas localidades tienen un empleo industrial del 10%, siendo mayor a la media provincial (6%), combinando trabajadoras fabriles con miles de mujeres, familiares de trabajadores industriales. Por otra parte, la ciudad de La Plata se caracteriza por el trabajo estatal, el peso de la Universidad en la creación de profesionales, y el trabajo en escuelas y hospitales.
Las mujeres se encuentran en el centro de los sectores sobre los cuales la reforma laboral busca avanzar para convertir la precariedad en norma y legalizar la esclavización laboral. Los datos del Censo 2022 muestran que en las tres localidades el desempleo femenino es mayor que el masculino, la tasa de desocupación de las mujeres es uno o dos puntos más alta que la de los varones, siendo del 6% en La Plata, y del 7.4% en Berisso y 7.1% Ensenada.
Al mismo tiempo, la mayor cantidad de mujeres se concentra en actividades que tienen que ver con el trabajo necesario para la reproducción de la vida. Según el Censo del 2022 el 11% de las mujeres de la región trabaja en enseñanza, el 9% salud, y el 13% en servicio doméstico. Donde los salarios son bajos, y abunda el pluriempleo para poder llegar a fin de mes. El comercio, uno de los sectores con mayor informalidad y cuentapropismo precario, absorbe también un porcentaje alto de empleo femenino (14%).
Sobre la desigualdad salarial existente, que a nivel nacional es del 27%, se suman condiciones de inestabilidad laboral, falta de reconocimiento de su trabajo, que con la reforma laboral no hará más que agudizarse, aumentando la precarización en los sectores donde son mayoría mujeres: tercerizadas, contratadas, becarias, limpieza, cuidado, docencia y salud.
“Nos quieren esclavas de nuevo y eso hay que enfrentarlo a muerte”
Un primer punto en que nos queremos detener es que la reforma laboral busca precarizar las condiciones de trabajo modificando la Ley de Contrato de Trabajo, que repercute en el fin de las jornada de 8 horas, en las vacaciones, en la reducción de las horas extras, reducción de las licencias, y mayor facilidad para despedir y tercerizar. La flexibilidad para que las patronales puedan despedir a su antojo estableciendo el contrato a término fijo, facilitando despidos y reduciendo indemnizaciones.
En Berisso, los trabajadores de Acerías vivieron recientemente un ataque que se asemeja a lo que quieren legalizar con la reforma laboral. Los dueños de esta fábrica metalúrgica, decidieron cerrar las puertas dejando a 50 familias en la calle tras varios meses de no pagarles los salarios y aún no los han indemnizado.
Las Mujeres en Lucha de Acerías Berisso, familiares y esposas de los trabajadores, decidieron organizarse entendiendo que este ataque es un ejemplo de lo que podrían hacer las empresas si el gobierno avanza con la Reforma Laboral. Su lucha, es central como antesala del plan que quieren aplicar: libertad para no pagar, despidos injustificados, y sin indemnización. En una entrevista realizada por La Izquierda Diario las mujeres en lucha planteaban su opinión en torno a la reforma laboral:
“Estamos totalmente en contra porque el trabajador hoy no tiene derecho a nada, te esclavizan trabajando. Y con esto nos quieren esclavizar aún más. ¿Uno tiene que vivir para trabajar? No. Deberíamos trabajar para vivir.”
Estos ataques tienen y tendrán consecuencias directas en las condiciones de vida de los trabajadores: deja en la calle a trabajadores de distintas edades que luego no logran conseguir otros trabajos, muchos quedando rotos por responsabilidad de las mismas empresas. Como plantea otra esposa de un trabajador de Berisso:
“No vamos a cobrar nada de los 22 años que trabajo ahí.. El delegado nos mandó a hablar con un abogado, en vez de advertirnos. Se lavó las manos de todo. La fábrica te deja problemas de salud y después nadie te toma por la edad, y los remedios hay que pagarlos igual.”
El proyecto de reforma laboral incluye también instaurar un “banco de horas” flexibilizando la jornada laboral con hasta 12 horas diarias sin pago de horas extras. Esto implica un enorme retroceso en derechos laborales conquistados hace décadas. Así lo plantea una de las mujeres en Lucha de Acerías Berisso:
“Para tener las 8 horas de trabajo y el derecho a descansar se tuvo que pelear un montón. Nos quieren volver a retrotraer años atrás, costó muchísimo tener los derechos que tenemos y poder tener un tiempo de ocio después de trabajar tanto tiempo. ¿Se lo vamos a ceder así no más? Hay que defenderlo a muerte. Si antes pudimos, ahora también podemos defenderlo."
En un tono similar una trabajadora tercerizada de YPF dice:
“La reforma blanquearía cosas que ya pasan. Por ejemplo el banco de horas, nosotras que trabajamos en YPF hay muchas tercerizadas. Yo trabajo en una. Esto del banco de horas, en las temporadas de paro de planta blanquearía un montón la explotación de los laburantes porque daría paso a que puedan utilizar ese banco y tenerte a merced de sus necesidades. Después ni hablar de las vacaciones, que si bien hay cierta organización de cuándo tomarlas, que ahora sea algo completamente definido por la patronal también sería muy grave. Quieren que seamos aún más descartables de lo que ya somos.”
Las mujeres al ser mayoría entre los trabajos precarios, informales, o tercerizados, viven estas consecuencias en carne propia. En el caso de YPF por ejemplo, la misma trabajadora plantea que en el último año la tercerizada de limpieza solo contrató mujeres, y que son justamente estos trabajos los más precarizados. Muchas de las mujeres que trabajan en YPF o Astillero son técnicas, profesionales, y con oficio, sin embargo solo logran ingresar en los puestos más precarizados:
“Nuestro trabajo es muy diferente al de los trabajadores ‘de la casa' como dice la empresa. Tenemos el peor plan de obra social, no cobramos los bonos y plus que se pagan como items extra, no podemos usar ni pisar el comedor de la fábrica, los baños a veces tampoco se comparten con las compañeras. A partir del año pasado ya ni siquiera nos dejan dejar la bici en la refinería, ¿en qué puede molestar esto a la patronal? es solamente marcar la diferencia. Los gerentes quieren generar una división “entre los que son de la casa” y los que no. Como si la condición de tercerizada fuera una elección nuestra.”
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“Descargan el ajuste sobre nuestro cuerpo”
La reforma laboral es parte de una serie de políticas de ajuste que vienen descargando sobre las espaldas de los trabajadores, y que repercute en las condiciones para la reproducción de la vida. En el caso de las mujeres, quienes realizan la mayoría de este trabajo dentro y fuera del hogar el efecto del ajuste se siente en los cuerpos. La reforma es parte de la política de Milei de “refamiliarización”, presionando material e ideológicamente para que las mujeres “vuelvan al hogar”, como plantea Paula Varela.
Para las mujeres, la flexibilización del trabajo, la informalidad, y los bajos salarios, generan que para poder llegar a fin de mes, tengan que tener más de un trabajo, quedarse horas extras, a lo que se suma el trabajo no remunerado que hacen en los hogares. Este aspecto repercute en la salud física y psicológica de las trabajadoras. Así lo plantea la trabajadora de YPF:
“Hay compañeras con problemas de depresión, porque la presión de tener que pensar todos los días que pagar primero, que pagar después, como endeudarte o salir de esas deudas, ya en la cabeza no queda espacio para pensar en algo alegre, relajante, para disfrutar. Tengo muchas compañeras que además tienen hijos, que pagan alquiler, que tienen las tarjetas explotadas, endeudadas hasta la cabeza. Y es tristísimo, porque estamos en la refinería, creo, más grande Latinoamérica, la plata que deben hacer por día es descomunal, pero las trabajadoras y trabajadores tienen básicos de menos de un millón de pesos. Yo tengo que trabajar los fines de semana para llegar a fin de mes, ya no queda espacio para el disfrute”.
En el mismo sentido lo plantea una trabajadora del Astillero Río Santiago:
Para las mujeres la reforma va a tener un gran impacto, porque tenemos dos o tres laburos, ya es dificil organizarse con los pibes. Me imagino que teniendo un banco de horas, organizarse entre el laburo y el cuidado de los pibes va a ser imposible. Además de que sería aún peor el salario, con la reducción de la posibilidad de hacer extra, se pierde el plus que se cobra por hacer hora extra. Eso afecta no sólo el bolsillo, sino la sobrecarga que ya tenemos cotidiana.Salud y educación: precarización, pluriempleo y ajuste para la comunidad
Buscamos testimonios de trabajadoras de salud y educación por ser sectores altamente feminizados, en donde el ajuste no sólo viene afectando el nivel de vida de las trabajadoras, sino también la calidad de los servicios que se brindan hacia la comunidad.
En el caso de las trabajadoras de la salud de hospitales y centros de atención de la región advierten que la reforma agravaría una situación ya crítica: la convivencia y profundización de múltiples formas de contratación entre planta permanente, transitoria, becas, contratos, monotributos. Una delegada de CICOP lo resume así: “La precarización ya es muy grande. La reforma la multiplicaría. Hoy para llegar a mitad de mes necesitamos dos o tres trabajos.”
A su vez, el deterioro salarial se combina con aumento de la demanda: más pacientes sin cobertura o que no pueden pagar copagos, atendidos con la misma dotación de personal. Eso incrementa la carga laboral y el desgaste físico y emocional:
“En el último tiempo, han aumentado las consultas y eso se hace con la misma cantidad de personal y de trabajadores. Nosotros hoy sostenemos los hospitales y centros de salud, muchas veces a costa de nuestra salud. A veces vamos a trabajar enfermos o con nuestros hijos enfermos, creo que todo eso se va a aumentar el miedo a perder el plus, algo que nos pueda jugar.
Todos los trabajadores de la salud, tenemos que tener al menos dos o tres trabajos para poder llegar a mediados de mes y eso atenta contra la calidad de la atención. Nosotros deberíamos tener garantizado por lo menos, poder ir a trabajar todos los días comer, pagar el alquiler. Ayer tuvimos asamblea en mi hospital por las paritarias del gobierno, charlabamos que el 75% de la salud hoy no tiene acceso a una vivienda. Laburamos 18 horas, 16, 14, ¿por qué no?”
Por eso, defender los derechos de las y los trabajadores de la salud, es también defender los derechos de los pacientes y quienes concurren a estos establecimientos:
“Hay pacientes que van a las 2 de la mañana buscando un turno, que duermen en el hospital y que no logran acceder a turnos. Nosotros, y los pacientes, nos morimos de calor en verano, y en invernio de frío. Cuando defendemos nuestros derechos, estamos defendiendo también el de los pacientes. Es importantísimo golpear todos juntos, porque eso haría la diferencia de mostrar cuál es la pelea. Los que estamos al frente de los servicios, sabemos cómo manejar un hospital o un centro de salud, nosotros sabemos la necesidad de los pacientes y la nuestra. Las y los trabajadores nos merecemos otra vida, y yo creo que si nos organizamos la vamos a conquistar. Nada nos han regalado a lo largo de este mundo.
En el sector de educación, remarcan el problema salarial y de sobrecarga de trabajo que ya sufren las trabajadoras:
“En la Provincia de Buenos Aires tenemos uno de los salarios docentes más bajos del país, eso impacta directamente en nuestra salud. La mayoría de maestras y profesoras tienen que cumplir doble o triple cargo y aún así no llegamos a fin de mes. Por eso se extiende el pluriempleo y rebusques para sumar unos pesos más. No terminamos de trabajar nunca, porque en un gremio mayoritariamente femenino como el nuestro, a la jornada laboral le siguen tareas de cuidado y limpieza en nuestras casas.”
Estas condiciones de trabajo se suman a otras medidas que también atentan contra la calidad de la educación y la vida de las y los estudiantes:
“Además, el gobierno de Kicillof avanzó con reformas educativas y de régimen académico en el nivel secundario y en las escuelas técnicas que parcializan conocimientos, quita materias de contenido crítico y avanza en un modelo de estudiante preparado para un mercado de trabajo precarizado. Milei y sus funcionarios quieren discutir también la baja de la edad imputabilidad, lo que criminaliza a los pibes y promueve un punitivismo extremo contra quienes son los más afectados por la crisis social y económica que estamos viviendo. Hay que enfrentar todo este paquete de reformas en común con nuestros estudiantes.”
“Quieren declara la educación como servicio esencial para limitar nuestro derecho a organizarnos”
Por último, nos interesa detenernos en uno de los puntos centrales de la Reforma: limitar el poder de organización de los trabajadores a partir de la reducción de asambleas en los lugares de trabajo, requiriendo que den permiso para poder realizarlas, y eliminando el derecho a huelga.
En particular esto afecta a las y los trabajadores de educación. Así lo explica una delegada una escuela de Ensenada:
“En primer lugar, hay que decir que el proyecto intenta declarar a la educación, y a la salud también entre otros sectores, como un “servicio esencial”, con lo que buscan centralmente atacar nuestro derecho a huelga, a impulsar asambleas en nuestros lugares de trabajo, a organizarnos. Esto es grave teniendo en cuenta que la educación pública siempre fue sostenida y defendida, gobierno tras gobierno, con medidas de visibilización y lucha en las escuelas, pero fundamentalmente en las calles.
Por eso, defender nuestro derecho a huelga es importantísimo, porque de la capacidad que tengamos para movilizarnos, organizarnos junto a la comunidad y otros sectores de trabajadores, depende nuestra fuerza para conquistar demandas elementales: presupuesto para salarios, obras, comedores, becas, debatir los planes de estudio, defender la ESI y la Ley de Educación Ambiental. La defensa de la escuela pública, de nuestras condiciones de trabajo, pero también del futuro de los chicos que asisten a la escuela y para quienes les espera un futuro de precarización laboral sin derechos, es en las calles."
En los diferentes relatos aparecía una preocupación: ¿qué van a hacer las conducciones sindicales para enfrentar la reforma?. Así lo plantea una trabajadora de YPF:
La reforma atenta contra la posibilidad de poder orgnanizarnos y tener asambleas libremente, que es lo nos permite juntarnos con los compañeros y discutir. Que todo eso se empiece a cortar o a poner como más presión me parece que también puede ser algo negativo. El ataque va a ser para todos, trabajadores “de primera y de segunda” entonces hay que pensar de manera conjunta. como vienen por los de segunda, también vienen por los trabajadores de la casa. Hay que levantarse y movilizarse el 11.
En el caso de la asamblea de mujeres del Astillero ya están comenzando a organizarse:
En la asamblea de género que se hizo la semana pasada, salió como moción rechazar la reforma y movilizar cuando sea haga el día. Nosotras ya votamos movilizar porque sabemos que vienen con todo, y que la respuesta también tiene que ser con todo. Tenemos una discusión de qué van a hacer el gremio, que hacemos si el gremio no mueve o se vuelve, ya en el turno noche empezamos a discutir de que si se vuelven nos vamos a quedar! Ya lo hemos hecho en otro momento, el Astillero supo pelear en la época del 90, del 2000, en el 2018 y en la Ley Bases: esta vez no va a ser la excepción.
En el SUTEBA Ensenada, la delegada plantea la posibilidad de recuperar el sindicato:
"Por eso también tenemos que pelear para recuperar nuestros sindicatos, que nos vienen atando de pies y manos y han dejado pasar todos los ataques de Milei ahora, pero el desfinanciamiento de la educación viene de hace años y durante gobiernos de distintos signos políticos.
Recuperar nuestra herramienta de organización para poner los sindicatos al servicio de la movilización, de la pelea en las calles, de la unidad con las familias y los estudiantes y con la perspectiva de discutir qué educación queremos y cómo transformarla en un sentido crítico, es parte de enfrentar la reforma laboral y todo el plan de ajuste de Milei, el FMI y los gobernadores que también atacan en las provincias.
Tenemos que fortalecer los espacios de organización antiburocráticos, independientes y de lucha como la Lista Multicolor en los SUTEBA. Para sumar fuerzas y avanzar en la organización de todxs los que queremos enfrentar al gobierno, podemos impulsar asambleas abiertas a la comunidad educativa y junto a otros sectores en lucha de la región".
La reforma laboral es un ataque en regla a los derechos conquistados por el pueblo trabajador, y más grave aún para las mujeres y los jóvenes. Por tal, hay que derrotarla por completo. La exigencia a las direcciones sindicales y la necesidad de movilizar para llenar el Congreso el día que se trate es una pelea común. Las jornadas de lucha el 11/2 es una cita ineludible para enfrentar los planes de Milei y el FMI sobre los y las trabajadoras. Ese día, las mujeres tenemos que ganar las calles nuevamente.
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Apuntes socialistas sobre liberación sexual
1ro de febrero, por Transgredir y transformar — Géneros y Sexualidades, LGTBIQ+, Edición Uruguay, Revolución Sexual, Bloque1 A3 3, Feminismos, Géneros y Sexualidades, LGTBIQ+, Edición Uruguay, Revolución Sexual, Bloque1 A3 3, Feminismos
Este 1º de febrero, se cumple un año de la movilización convocada por la comunidad LGTBIQ+ que reunió a centenares de miles de personas en Argentina, contra el discurso de odio y las injurias lanzadas por el presidente Javier Milei, en el Foro Económico Mundial de Davos de 2025. Esta convocatoria multitudinaria, improvisada por fuera del calendario tradicional del colectivo de la diversidad sexual, se inscribe en un ciclo más amplio de movilizaciones en todo el mundo contra los ataques de las ultraderechas.
Aquí vamos a tomar este primer aniversario como una excusa para reflexionar sobre el movimiento. Nos preguntamos cómo llegamos hasta aquí y cuáles son las perspectivas de la lucha por la liberación sexual, bajo la amenaza de la crisis permanente, las catástrofes y las guerras. Lo hacemos desde nuestra perspectiva feminista socialista, con el afán no solo de bosquejar un futuro que merezca ser vivido para todes, sino de poner manos a la obra en su construcción desde el presente.
"Somos feroces; en un mundo de 'valores familiares tradicionales', necesitamos serlo."
Susan Stryker [1]PARTE I. EL ORGULLO COMO HERRAMIENTA DE RESISTENCIA
Javier Milei adoptó al Foro Económico Mundial de Davos como tribuna para difundir su "batalla cultural" conservadora. [2] En el de este año, buscó renovar su lugar de referente de las derechas ultraliberales, hablando después de Donald Trump, para plantear la muerte de Maquiavelo y cantar loas al libre mercado, como el único sistema capaz de impartir equidad y justicia. Un disparate. Pero nada sobre ideología de género ni feminismo. Parece que entró la bala. En Argentina, mientras tanto, las organizaciones y referentes LGTBIQ+ y de los feminismos, se aprestan a convocar a una movilización de alcance nacional, no solo para no olvidar aquel 1F en que el arcoíris tiñó la contundente y masiva réplica al presidente Milei, sino también para ensayar una nueva respuesta a sus políticas reaccionarias, incluyendo la reforma laboral esclavista que retrotrae las relaciones de trabajo al siglo XIX. [3]
* Davos: de "la agenda sangrienta del aborto" a "la ideología de género es abuso infantil"
En enero de 2024, a poco de asumir la presidencia, Milei eligió como blanco de su discurso a las instituciones estatales responsables de las políticas públicas que debían garantizar el pleno acceso a los derechos de las mujeres y las personas LGTBIQ+. En ese momento, habló de "la agenda sangrienta del aborto". Ni lerdos, ni perezosos, el 7 de febrero en horas de la noche, algunos diputados del oficialismo presentaron un proyecto para derogar la Ley 26.710 de interrupción voluntaria del embarazo. Enseguida, los mensajes de repudio estallaron en las redes sociales. En pocos minutos, referentes de un amplio espectro político hicieron público su rechazo y, a la brevedad, dos de los firmantes denunciaron que, en realidad, no habían suscripto el proyecto. A la medianoche, entre activistas, se gestaba una convocatoria a movilizar que, finalmente, resultó innecesaria. A la mañana siguiente, desde Presidencia de la Nación, se informó oficialmente que el poder ejecutivo no respaldaba la iniciativa de su propio bloque parlamentario y el proyecto fue retirado.
En enero de 2025, Milei insistió con sus discursos de guerra contra el wokismo. Esta vez, propuso eliminar la figura de femicidio del Código Penal y, ante el escándalo público que se suscitó en Argentina, fuentes oficiales debieron admitir que no habría tal modificación. Pero, el debate que se instaló masivamente fue a raíz de su insulto desaforado contra toda la comunidad LGTBIQ+, señalando que "la ideología de género constituye, lisa y llanamente, abuso infantil". Y haciendo uso del recurso del cherry picking, presentó un solo caso ocurrido en Estados Unidos como toda justificación de sus aberrantes y falaces injurias.
La furia no tardó en estallar en Argentina. Cerca de cinco mil activistas se autoconvocaron para decidir, en asamblea, lanzar una convocatoria inmediata. El 1º de febrero, una movilización multitudinaria –con el activismo LGTBIQ+ a la cabeza- colmó las plazas y las calles de todas las ciudades del país, con centenares de miles de personas. En Buenos Aires, la asamblea decidió que jubilades y protagonistas de las luchas de Salud Pública y otros sectores que enfrentaban despidos encabezaran la manifestación, codo a codo, con referentes de la comunidad LGTBIQ+. La diversidad sexual supo convocar detrás de sí a los feminismos, las organizaciones de Derechos Humanos, sindicales y estudiantiles, los movimientos sociales y los partidos políticos, incluyendo a un sector de la derecha tradicional. Pero, también, a centenares de miles de personas sin compromiso militante. La movilización permitió pasar revista sobre las propias fuerzas del movimiento LGTBIQ+ y su capacidad de respuesta a los ataques de un gobierno de ultraderecha que convirtió al odio misógino y heteropatriarcal en discurso y política de Estado.
*(Por algo) Stonewall fue una revuelta
Por más que los líderes de las ultraderechas contemporáneas hayan desmantelado políticas públicas dirigidas a las mujeres y la diversidad sexual, por más que hayan instalado la segregación, la discriminación y el "chivo expiatorio" como sentidos comunes en grandes sectores de la población, es evidente que otra parte se niega, férreamente, a convertirse en el lobo de les otres y no piensa permitir que estos discursos de odio, emitidos desde lo más alto del poder político, se conviertan en violencia entre los de abajo. Y esto no sucede solo en Argentina. En los últimos dos años, las manifestaciones del orgullo han alcanzado cifras récord de participación, bajo el impulso de poner un límite a los discursos de odio y las políticas restrictivas de los gobiernos de derecha o el fortalecimiento de los partidos ultras, en distintas partes del mundo.
En Buenos Aires, además de la movilización del 1F, la 34º Marcha del Orgullo de 2025, marcadamente política y centrada en la oposición a los planes de Milei, volvió a contar con una gran asistencia, denunciando los discursos estigmatizantes que fomentan la violencia social desde el Estado. En Ciudad de México, se denunció un repunte de la violencia transfemicida; se cuestionó la corporativización del evento y también se incluyeron consignas contra el genocidio en Gaza y por el apoyo a migrantes, personas racializadas y refugiados LGTBIQ+. El año anterior, en San Pablo, se instó a resistir el avance de la bancada evangélica y de la ultraderecha en el Congreso, invitando a votar, en las elecciones municipales, por quienes apoyaran la agenda de la diversidad sexogenérica.
En 2024, en Toronto, se había realizado un festival con más de tres millones de asistentes que mostraron su preocupación por la derechización de los gobiernos de la región. Exigían protección para la juventud trans, contra las restricciones legislativas a los tratamientos de afirmación de género. En Washington, la concentración de casi tres millones de personas de 2025 se pronunció contra los recortes de derechos impulsados por Donald Trump. Se destacó la defensa de las adolescencias y juventudes trans, contra las iniciativas federales de prohibirles el acceso a la Salud. En Nueva York, las manifestaciones del mismo año, con más de dos millones y medio de personas, subrayaron que el Orgullo no es solo una celebración, sino también una herramienta de resistencia, lo que llevó a que disminuyera la habitual financiación corporativa del evento y que la comunidad tuviera que buscar donaciones del activismo. La marcha amplificó las fuertes denuncias contra las redadas del ICE, vinculando la lucha de la diversidad sexogenérica con la defensa de los derechos de las comunidades de inmigrantes.
En Europa, una de las manifestaciones más concurridas fue la de Madrid, con dos millones de personas que conmemoraron el vigésimo aniversario del matrimonio igualitario, bajo la consigna "Ni un paso atrás", advirtiendo sobre la regresión de derechos impulsada por la ultraderecha. En Londres, denunciaron las políticas transfóbicas del gobierno laborista de Keir Starmer, pero también expresaron la solidaridad con Gaza. En 2024, manifestaciones contra las campañas políticas de odio hacia las personas trans –impulsadas, entre otres, por Du Pain et Des Roses- sorprendieron al reunir a decenas de miles de personas en cuarenta y cinco ciudades de Francia y Bélgica.
¿Podríamos haber comenzado con un recuento de los crímenes de odio más brutales que se cometieron en este último período, justificados y hasta incitados por las ultraderechas que dan su "batalla cultural" desde las instituciones del Estado, desde las redes sociales, los púlpitos, los partidos y think tanks? Sí. Pero preferimos comenzar por la fuerza de resistencia del colectivo LGTBIQ+, que es aún más contundente cuando consigue tejer alianzas con otros movimientos sociales y organizaciones independientes del Estado. Tomamos esta decisión porque esta fuerza de resistencia del colectivo de la diversidad sexogenérica es algo menos difundido que los crímenes, ataques y recortes de derechos de los que es víctima. A quienes detentan el poder no les conviene que la comunidad autoperciba esa (su) capacidad de movilización y desarrolle una dinámica que, potencialmente, trascienda la resistencia. Pero el odio creciente de la ultraderecha contra las personas LGTBIQ+, rápidamente refrescó en la memoria colectiva aquello de que (por algo) "Stonewall fue una revuelta".
PARTE II. LA PREGUNTA DEL MILLÓN, ¿CÓMO LLEGAMOS HASTA AQUÍ?
¿Por qué parece que estamos comenzando de cero, peleando contra una ultraderecha discriminatoria y segregacionista que no solo avanza contra los derechos democráticos que hemos conquistado, sino que además promueve discursos de odio que se traducen en crímenes atroces? Porque, con obvias desigualdades, el cuestionamiento de la opresión sexual protagonizado por los movimientos de liberación, se había traducido –desde los años 70 y 80 o más recientemente, en otros países- en distintos grados de inclusión de la comunidad LGTBIQ+ en las democracias capitalistas occidentales. Pero hubo quienes creyeron que esos derechos serían eternos. [4]
*Un movimiento radical por la liberación sexual de toda la humanidad
La humanidad siempre se rebeló contra las limitaciones que las clases dominantes impusieron a la vida sexual, mientras se guardaban para sí el privilegio de poder gozar de todos los placeres que estaban prohibidos para el pueblo oprimido. Pero en los años 60 y hasta entrados los 80 del siglo XX, un extendido proceso de radicalización social de las clases trabajadoras y los pueblos oprimidos, puso en jaque al imperialismo estadounidense, a las clases capitalistas occidentales y a la burocracia parasitaria de la (entonces) Unión Soviética y los países del Este europeo que se encontraban bajo su órbita. [5] Del suelo fértil de esa radicalización de masas, floreció el cuestionamiento a la vida cotidiana, a las relaciones interpersonales, a la cultura, la sexualidad y a todas las instituciones del orden capitalista. Eso dio origen, especialmente en los países imperialistas, al movimiento antirracista del "poder negro", a un nuevo movimiento feminista y a un amplio y radical movimiento por la liberación sexual que tuvo como emblema los tres días de junio de 1969 en que la comunidad LGTBIQ+ montó barricadas en un barrio neoyorquino, para resistir contra la razzia policial en el bar Stonewall.
En su desarrollo, este movimiento no cuestionó solo la discriminación de gays, lesbianas, bisexuales, travestis y transexuales, sino también las ideas dominantes que estigmatizaban el placer sexual como pecado, delito o patología. Por eso, se rebelaron contra el matrimonio heterosexual monogámico, la opresión de las mujeres, niñas y niños bajo el poder patriarcal ejercido por el padre de familia, la represión del deseo que imponen las iglesias, en la que educan las escuelas y en la que disciplinan tanto las fuerzas armadas como la explotación laboral. Con la lucha, la amplia movilización y una minoría intransigente que mantuvo un fuerte cuestionamiento radical del sistema capitalista, el movimiento por la liberación sexual consiguió, a través de los años, que la homosexualidad fuera despenalizada en casi todos los países occidentales, que gays y lesbianas pudieran ser funcionarios públicos y candidatos electorales, que se derogaran leyes discriminatorias, que se redujera la edad de consentimiento para las relaciones entre personas del mismo sexo y que se eliminara la homosexualidad de los manuales de diagnóstico de enfermedades mentales. La existencia de millones de seres humanos se modificó sustancialmente con este movimiento, pudiendo abandonar una vida de ocultamientos obligados por la feroz discriminación y persecución en sus propias familias, en el ámbito laboral, estudiantil, profesional y social en general.
*La derrota y el desvío: fragmentación e inclusión
Pero con la derrota física (mediante dictaduras sangrientas) y con el desvío político (mediante la ampliación y extensión de la democracia capitalista) de ese enorme proceso de radicalización de masas que puso en jaque el orden mundial, también retrocedieron los movimientos sociales que promovieron un cuestionamiento radical a la vida cotidiana. Su reflujo cristalizó, fundamentalmente, en una mayor institucionalización, cooptación al Estado capitalista, fragmentación y despolitización. La promulgación de muchos de esos derechos que mencionamos y que favorecieron la inclusión de las personas que antes habían sido excluidas, criminalizadas y perseguidas por los propios regímenes democráticos capitalistas, fue acompañado de brutales ataques a las condiciones materiales de vida de las masas que redundaron en elevados índices de desempleo, precarización y flexibilización laboral.
Aunque el debate sobre asimilación o no asimilación [6], ya había comenzado a dividir al movimiento antes que centenares de miles de gays, transexuales y mujeres heterosexuales (especialmente de los países más pobres) se convirtieran en las principales víctimas del virus del VIH, la pandemia lo profundizó. La derecha cristiana comenzó a organizarse contra los movimientos feministas y de liberación sexual, de la mano del Vaticano y los sectores políticos neoconservadores. La pandemia del SIDA –considerada como un "castigo divino" por los sectores fundamentalistas- aterrorizó a la comunidad gay que, además, fue estigmatizada brutalmente, aumentando la discriminación, marginación y violencia contra los homosexuales y las personas trans. [7] Pocas organizaciones activistas radicales permanecieron de pie en aquellos años durísimos, reclamando a los Estados, mientras morían amigos, amantes, parejas, en soledad, despreciados por sus familias o cobijados por una precaria red de la propia comunidad LGTBIQ+. Años más tarde, se crearon diversos programas contra la discriminación y para la atención de las personas que viven con VIH; surgieron centenares de organizaciones no gubernamentales especializadas; millonarias subvenciones fueron destinadas a la investigación, la atención y la prevención. Se fue creando –como sucedió también en el feminismo, por otras razones- un grupo de "autoridades" surgidas del movimiento que devinieron en administradores de estos fondos: tecnócratas estatales, activistas rentados o directores de fundaciones expertas. Y obviamente, los varones gays blancos, de clase media y anglosajones, ocuparon el centro de esta escena.
El terror de la pandemia de VIH-SIDA tuvo su efecto aleccionador. Se profundizaron las diferencias: la homonormatividad impuesta por las instituciones del régimen capitalista, el marketing y el consumo, se convertía en un espacio seguro desde el cual reclamar la integración en democracias capitalistas que ampliaban libertades civiles, mientras profundizaban las desigualdades económicas. Pero, en el seno del mismo movimiento, la política de la identidad fue cuestionada, en minoría, por aquellos sectores que se vieron discriminados y relegados por no encajar en los moldes, especialmente las personas trans, negras, latinas, de clase trabajadora o sobreviviendo en los márgenes. El resultado fue la consolidación de múltiples identidades, pugnando por el justificado reconocimiento de su propia opresión. Frente al Estado y su legitimación de derechos de inclusión, la visibilidad condiciona la existencia; aun cuando la lista no pueda ser nunca lo suficientemente abarcativa. Como decía una publicidad de una tarjeta de crédito, en los años 90, "pertenecer tiene sus privilegios"; aunque debiéramos agregar que, también, sus contradicciones.
En esas décadas de restauración capitalista, el "movimiento por la liberación sexual" se fue transformando en el "movimiento LGTB" [8], privilegiando la política de inclusión de múltiples identidades y obteniendo algunas importantes conquistas, anteriormente impensadas, al costo de nuevas exclusiones y divisiones. La resultante fue el desmembramiento y la despolitización del movimiento, limitado a la aparición esporádica para la celebración de la diversidad en el Día del Orgullo, cuyo origen combativo y de cuestionamiento radical en las barricadas de Stonewall, paradójicamente fue quedando invisibilizado, tras festivos desfiles y performances financiados por empresas del mercado "rosa". Mientras tanto, la lucha callejera contra el Estado capitalista es reemplazada por su contraria: la negociación de derechos a través del lobby con sus representantes políticos, las empresas privadas, las agencias de financiamiento y organizaciones internacionales. Sin embargo, no puede establecerse que estas divisiones entre identitaries y antiidentitaries se acopla, linealmente, con posiciones pro-capitalistas y anti-capitalistas. Como señala Holly Lewis, "El rechazo de la normatividad tiene poco que ver con el rechazo del capitalismo, o incluso con terminar con la presión social generalizada; es una demanda de que se nos permita participar en una cultura que rechaza el estilo de vida de las clases profesionales o capitalistas (pero una subcultura que también admite individuos de las clases profesionales y capitalistas que quieren vivir de forma más creativa)." [9]
*Business are business
En la fragmentación, que acompañaba al mismo proceso que sacudió al movimiento obrero bajo estos años de neoliberalismo, proliferaron las ideologías individualistas, la idea de que los cambios sólo pueden ser subjetivos, lingüístico-culturales. El neoliberalismo, mediante la derrota de la clase obrera y la falta de resistencia de sus organizaciones políticas y sindicales, impuso socialmente una concepción liberal del sujeto, como un individuo autónomo, que preexiste a la sociedad, con derechos naturales inalienables a la libertad y la propiedad privada. La flexibilización, la deslocalización, los turnos y puestos rotativos se imponían a la clase trabajadora, desarmando, junto con la línea de producción fordista, la solidaridad obrera que se desarrollaba como su contraparte, para dejar a cada uno librado al "sálvese quien pueda".
Y esto también tuvo sus consecuencias en los movimientos sociales: "mi cuerpo es mío", una consigna que encierra una fuerte denuncia tanto contra los Estados que prohíben el ejercicio de libertades y derechos democráticos elementales, como contra la violencia cisheteropatriarcal, también expresa una concepción mercantilista neoliberal. Una visión que pone el acento, permanentemente, en la libertad de elección individual, ignorando la desigualdad estructural que limita, enmarca y hasta explica las decisiones aparentemente autónomas; que reconoce al cuerpo como una propiedad privada que puede venderse y alquilarse como gesto de supuesta soberanía; que termina contradiciendo las demandas colectivas contra la discriminación sistémica y fortaleciendo un orden meritocrático, donde el progreso se explica por el esfuerzo personal. La libertad y la autodeterminación, bajo este enfoque neoliberal, pierden su carácter social, colectivo y comunitario de ser el producto de una lucha por arrancarle al Estado, al capital, al imperialismo o al ejército de ocupación, el gobierno del propio destino, Más bien se limita al estrecho concepto del mercado, donde incluso la propia subjetividad, el cuerpo, el tiempo de ocio, los vínculos son pasibles de transacciones comerciales entre individuos igualmente libres.
El capitalismo neoliberal estableció la integración de la diversidad sexual como una estrategia de ampliación del mercado y el consumo. La homofobia que sostuvo durante siglos ya tenía un costo, si se lo miraba desde la óptica de "concebir la vida en términos de 'capital humano', entendiendo que las injusticias o discriminaciones reducen el capital que posee un individuo o inhiben su utilización eficiente." [10] Algo similar advirtieron el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional sobre las consecuencias negativas que tenía la violencia sexista contra las mujeres, para el producto bruto interno (PBI) de los países. La lógica capitalista introduce una cuña en la comunidad LGTBIQ+: la diversidad sexogenérica será evaluada en función de su contribución al crecimiento económico, privilegiando el enfoque meritocrático del esfuerzo individual para la integración, por sobre las limitaciones estructurales que imponen la explotación de clase, el racismo, el binarismo sexogenérico, etc. La aparición de este “homocapitalismo” profundizó las brechas entre los sectores que accedieron a los privilegios de la homonormatividad (permitida o tolerada por las democracias occidentales) y otros sectores cada vez más excluidos y empujados a los márgenes de la subsistencia.
*De la homonormatividad al homonacionalismo ¿y después?
De esa concepción liberal al surgimiento, en los países imperialistas, de un "homonacionalismo" de derecha y ultraderecha, había un paso. Con la idea de que las democracias occidentales que toleran la homosexualidad son sistemas políticos superiores (y mientras un puñado de compañías encontraron la oportunidad de llenar sus bolsillos vendiendo productos o servicios con el sello del arcoíris), no solo se reponsabilizó a les excluides de su falta de integración, sino que los derechos LGTBIQ+ también fueron blandidos como excusas para "empresas civilizatorias", con la intervención, la invasión y las guerras propiciadas por países imperialistas. Les migrantes son considerados, cada vez más, como una amenaza económica contra la clase trabajadora nativa y, especialmente en las metrópolis, como un atentado a las tradiciones y los valores culturales de Occidente. En ese marco, la opresión de las mujeres de los países árabes, igual que la sufrida por la población LGTBIQ+ de esos países, suele ser la excusa para políticas imperialistas que enarbolan la emancipación como bandera civilizatoria. Los varones heterosexuales extranjeros son una amenaza para "nuestras mujeres" nacionales; las mujeres y les LGTBIQ+ en Oriente son víctimas que necesitan de la liberación que solo pueden ofrecerles los ejércitos enviados por los gobiernos imperialistas de las democracias capitalistas occidentales.
Estas narrativas también permearon a distintos sectores sociales dentro de la comunidad LGTBIQ+ y es lógico que, con fundamentos semejantes, hayan surgido referentes políticos gays y lesbianas en distintos partidos de ultraderecha, algunos de los cuales consiguieron ser electos en altos cargos de gobierno. El movimiento que surgió cuestionando la represión sexual que impone la explotación capitalista a nuestros deseos, en su lucha contra la discriminación, consiguió que algunos sectores de la población LGTBIQ+ pudieran acceder a gobernar e imponer planes de austeridad contra las masas trabajadoras e, incluso, a integrarse a las fuerzas armadas y represivas de los Estados con el derecho de masacrar poblaciones enteras, incluyendo mujeres, niñas, niños y personas sexodiversas. La autorrepresentación del Estado de Israel como un énclave gayfriendly en Medio Oriente es el ejemplo cabal del uso de los derechos LGTBIQ+ para la justificación de una empresa militar colonialista, guerrerista y genocida contra el pueblo palestino. "Las libertades sexuales y de género ahora se debaten entre dos presiones: el crecimiento de discursos de extrema derecha y el de un capitalismo rosa que quiere apropiarse de nuestras luchas y mercantilizarlas, y nos utiliza como excusa para justificar guerras, genocidios o políticas antiinmigrantes. En el caso de Palestina hemos tenido que salir a la calle a decir alto y claro: no en nuestro nombre", dice Jorge Remacha. [11].
En otros países, las ultraderechas directamente repiten un ideario conservador profundamente misógino y transodiante, como es el caso de los anarcocapitalistas y otros ultraneoliberales en Argentina, Brasil, etc. La "ideología de género" es la forma en que se refieren, despectivamente, a lo que supuestamente promueven los feminismos y la diversidad sexual sembrando la perversión. El modelo de la tradwife, con la estética de las sitcom estadounidenses de los años 50; el retorno a una idílica familia tradicional basada en el matrimonio heterosexual monogámico, cuya descendencia es limitada a una niña y un niño de cabellos rubios, se propaga en redes sociales desde las usinas de estas nuevas derechas con ideas filofascistas. Las iglesias aportan también su cuota de pánico moral frente al cuestionamiento de los géneros, los sexos y los deseos que les provoca la diversidad. Su finalidad es edulcorar un modelo familiar en el que la reproducción social gratuita recae sobre las mujeres-amas de casa, en tiempos en que los planes de austeridad de los gobiernos capitalistas avanzan en la destrucción de los servicios públicos, la capacidad adquisitiva de los salarios y la precarización general de las clases trabajadoras.
Frente a este devenir, la mera oposición a la norma (hetero o incluso homo), se mostró insuficiente para abonar a una transformación radical. Como señala Lewis, "El argumento de que el capitalismo prospera gracias a la normatividad ignora el hecho de que también prospera con la diversidad, el pluralismo, la moda y los nichos de mercado. Aunque la familia heteronormativa es productiva para el capital, las personas individualistas urbanas queer y las personas contraculturales marginadas también son productivas para el capital –las primeras como ‘creativas' en el mercado laboral, las segundas como población excedente (…). Es algo romántico pensar que puedes cambiar el mundo por medio de la diversidad sexual, la autoexpresión creativa y los vínculos comunales. Pero no puedes." [12]
Aquí se encierra una de las cuestiones más importantes para quienes luchamos por una transformación radical de la sociedad en la que vivimos. La cada vez más aguda contradicción entre los relativos pero importantes avances en la igualdad de libertades democráticas y la cada vez más pronunciada desigualdad material entre las clases sociales, abrió nuevas grietas en los movimientos progresistas que acompañaron al período neoliberal en su fase ascendente. [13] El antineoliberalismo, los transfeminismos populares, el movimiento queer empiezan a sentar una incipiente tradición política en sentido contrario a los progresismos neoliberales y las derechas fascistoides que marcaron, de una u otra manera, el devenir del movimiento en las últimas décadas. En la experiencia de las luchas libradas en las calles, frente a la proliferación de discursos, políticas y gobiernos ultraconservadores, ultraneoliberales y ultraderechistas, surgirá la necesidad de unirse y fortalecerse con las luchas de una clase trabajadora cada vez más feminizada, diversa y multiétnica, reelaborando una estrategia profundamente anticapitalista para recuperar las mejores tradiciones de radicalidad que el movimiento tuvo en sus orígenes. Las conclusiones políticas sobre los gobiernos progresistas que ampliaron la intervención del Estado en el terreno de los derechos democráticos pero que, atados a la defensa del capital y sometidos a la expoliación imperialista, no cumplieron con sus promesas de bienestar económico, también serán cruciales para recuperar aquella radicalidad. No es una política de la nostalgia, sino de un realismo material contundente: si el capitalismo consiste en un sistema basado en la explotación del trabajo asalariado, el robo de los bienes comunes y la reproducción barata de esa fuerza de trabajo; si supone, además, la violencia misógina, sexista y racista para mantener un excedente de población como "ejército de reserva" para sostener y profundizar la explotación, entonces, "la solidaridad no es una condición que resulte de seres humanos maduros que aprenden a aceptar la diversidad; es un reconocimiento político de que nuestros destinos están vinculados." [14]
PARTE III. EL CAPITAL QUIERE HIJOS (E HIJAS) SANOS DEL PATRIARCADO… PARA EXPLOTAR
Y, sí: nuestros destinos de clases explotadas y grupos sociales subalternizados están vinculados por fundamentos estructurales que hacen al funcionamiento del sistema capitalista. Desde que los seres humanos habitamos el planeta, trabajamos para garantizar nuestra subsistencia, transformando el ambiente mediante herramientas y tecnologías creadas por nosotros mismos. Pero en el capitalismo, la inmensa mayoría que produce, no es propietaria de ese producto de su trabajo, ni de los medios con los que produce: el capitalista alquila la fuerza de trabajo por un determinado tiempo a cambio de un salario y, con ese dinero, nos vemos obligados a adquirir esos mismos productos que nosotros fabricamos, en el mercado. Somos "libres" de vender nuestra fuerza de trabajo y "libres" también para subsistir como podamos, porque el capitalista no tiene ninguna obligación de sostener nuestra existencia. Por eso, en el capitalismo, la familia se convierte, mayoritariamente, en el sostén de todos aquellos que el capitalismo no considera “aptos” para la explotación: las infancias, las personas con discapacidades o enfermedades circunstanciales o crónicas y ancianos. Todo el trabajo que se necesita para sostener la vida cotidiana de la clase trabajadora activa y de quienes no pueden trabajar, en la inmensa mayoría de los hogares, recae sobre las mujeres y se realiza gratuitamente.
El capitalismo encuentra grandes beneficios en este modelo histórico de familia heteropatriarcal, no sólo porque las mujeres sostienen la fuerza de trabajo cotidianamente, mediante el trabajo doméstico gratuito; sino, fundamentalmente, porque resultó ser el modo más económico para la reproducción de las nuevas generaciones que serán explotadas por el capital. Pero las ventajas de la familia para el capitalismo trascienden lo económico inmediato: es en su seno donde las nuevas generaciones "aprenden" el respeto a la autoridad y la existencia de jerarquías, como si éstas constituyeran un "orden natural" que debe ser aceptado. Y esto se impone mediante la presuposición universal de heterosexualidad, el matrimonio monogámico, la disciplina de los cuerpos, la represión del placer, la jerarquización de la función reproductiva de la sexualidad, etc. Este proceso histórico de "normalización" de la sexualidad, posibilita al capital encontrar, en la capacidad reproductiva de las mujeres de la clase trabajadora, "el suministro de fuerza de trabajo para el capital", de manera gratuita. [15] Por eso, el capitalismo encuentra muchas maneras de mantener ese modelo familiar que le resulta tan ventajoso para que unos pocos acumulen enormes ganancias mediante la explotación de las grandes mayorías. Esto configura un modelo donde no solo las mujeres están oprimidas, sino también otros cuerpos feminizados, quienes desafían la norma binaria y biologicista de género, quienes reniegan de la sexualidad exclusivamente funcional para la reproducción, etc., provocando grandes sufrimientos en millones de seres humanos, incluyendo los abusos, la tortura, el abandono, la marginación y la muerte. Así que, mientras la sexualidad destinada a la procreación se convirtió en la única sexualidad "normal" y socialmente aceptable, la sexualidad destinada a la obtención de placer fue condenada por anormal, contraria a la naturaleza, amoral, etc.
Por eso, la inmensa mayoría de las personas se encuentra sexualmente oprimida en el capitalismo: la miseria sexual que proviene del sometimiento cotidiano del cuerpo a los ritmos agobiantes de la explotación, a los modelos estereotipados de lo que es femenino o masculino, a la imposición del matrimonio como única unión legítima; la presión social sobre quienes no desean reproducirse; la restricción y disciplinamiento del deseo en las infancias; la alienación que dificulta o impide los vínculos; el estrés que generan los mandatos de rendimiento sexual o los modelos hegemónicos de cuerpos y relaciones; la creciente mercantilización de los aspectos más recónditos de la vida, con las nuevas segregaciones que eso genera, son apenas una muestra de los límites que se imponen a nuestras sexualidades. Como señala Virginia Guitzel, "el capitalismo también inflige una brutal represión sexual a toda la clase trabajadora. Esto resulta en enfermedades, embarazos no deseados y numerosas restricciones sobre el propio cuerpo y los deseos. Quienes se someten al orden capitalista sufren a su manera, alimentando reservas de resentimiento y autodesprecio, constantemente alentadas por los movimientos de derecha." [16] Un proceso de “normalización” que penetra en nuestra cotidianeidad con el objetivo de forjar individuos capaces de adaptarse y perpetuar, de manera alienada, las relaciones sociales capitalistas de producción. Esto tiene consecuencias para todes, pero especialmente desgarradoras para las personas transgénero, transexuales, lesbianas, gays, no binarias, queer, etc. La naturalización de las relaciones de producción capitalistas es, para Ira Hybris, el fundamento "donde echa raíces la violencia ─correctiva─ contra quienes traspasamos los mandatos de género, que no son sino los mandatos de la reproducción social." [17]
Como si esto no bastara, las clases dominantes se benefician también de la división que crean entre las clases explotadas, los prejuicios que nutren este milenario proceso de normalización: el machismo, la misoginia, el sexismo, el transodio y otros discursos y prácticas discriminatorias son, como el nacionalismo, la xenofobia o el racismo, comportamientos violentos, denigratorios y de subordinación que son un obstáculo para la solidaridad desde abajo. Pero, todas las tendencias en el capitalismo son contradictorias. Como señala Cinzia Arruzza, "por un lado, el proceso de acumulación capitalista, al reconfigurar la división del trabajo, al emplear masivamente a mujeres en la fuerza laboral y al generalizar el consumo de mercancías, induce una crisis de las estructuras y relaciones patriarcales tradicionales y, por lo tanto, potencialmente difumina los límites entre las identidades sexuales y las identidades de género. (…). Por otro lado, el capitalismo contribuye a la persistencia de una división sexual del trabajo, incluida la de la reproducción de la fuerza de trabajo, y contribuye a reconfigurar las identidades de género y a asegurar su estabilidad mediante la heteronormatividad, es decir, al fusionar normativamente la identidad de género con la elección del objeto de deseo sexual." [18] En esas contradicciones, se encuentran las oportunidades de librar batallas.
PARTE IV. RADICALIZAR EL PRESENTE PARA TRANSFORMAR EL FUTURO
La conclusión es que, oponernos éticamente al racismo, al sexismo, a la transfobia o a cualquier otra forma de opresión, no alcanza para cambiar radicalmente las estructuras sociales donde se fundan esas ideologías de la discriminación. La tolerancia liberal, el respeto de la diversidad e incluso los anhelos más auténticos de inclusión y armonía son fútiles y tienen efectos perecederos si no se cuestionan las relaciones sociales que producen esas desigualdades, jerarquías y opresiones y no se busca una alianza poderosa entre las mayorías explotadas y todos los sectores sociales oprimidos. La diversidad sexual es un problema para el capital en la medida en que se convierte en disidencia, no solamente por rebelarse conscientemente ante el régimen sexual binario heteronormativo, sino por cuestionar radicalmente que su existencia es funcional a la explotación capitalista: porque regula la fuerza de trabajo para la extracción de plusvalía en el circuito productivo y la reproducción gratuita o barata de esa fuerza de trabajo en la familia heteropatriarcal. En última instancia, como bien señala Lewis, la centralidad de la clase obrera en la lucha por la emancipación no es una cuestión moral, no se deriva de una taxonomía de sufrimientos donde la explotación rankea más alto que el sexismo, el transodio u otras formas de opresión. Se trata de algo táctico: la clase explotada es aquella que genera las ganancias capitalistas y, por lo tanto, la que encierra el potencial de acabar con ello. De alguna manera, es el mismo asunto al que se refiere Gilles Dauvé cuando denuncia que una vez que la diferencia sexual, con ciertas limitaciones, empieza a ser aceptada e institucionalizada en el estado de derecho de las democracias capitalistas, se reafirma la jerarquía de las clases por sobre el comunitarismo identitario: "el jefe gay actúa como un jefe y su empleado gay como un empleado, y solo saldrán juntos a la calle el día del Orgullo o para una manifestación en apoyo del matrimonio entre personas del mismo sexo." [19]
Un movimiento por la liberación sexual, de disidencias sexogenéricas, tendría muchísimo potencial subversivo para las luchas anticapitalistas y socialistas si, en vez de centrarse en las identidades y los propios deseos, se preguntara qué tipo de nuevas relaciones podrían crearse, para todes, a partir de las propias experiencias LGTBIQ+: relaciones sin jerarquías, sin roles prefijados, fluctuantes y poderosamente creativas; relaciones indefinidas, que son las que inquietan, profundamente, a los amigos del orden institucional y el statu quo. Relaciones entre pares que ponen en juego, en esas alianzas, sus inabarcables diversidades. Eso obliga a un enfrentamiento radical con el Estado capitalista que encierra nuestras subjetividades en códigos civiles y transacciones comerciales; el mismo Estado que sigue garantizando las ganancias capitalistas mediante la explotación de las mayorías, al tiempo que nos reprime brutalmente por nuestras identidades sexogenéricas o se postula como garante de nuestros derechos, desalentando la organización desde abajo y la movilización independiente.
Liberar al trabajo y al tiempo de la explotación capitalista podría permitir, entre muchas otras cosas, vivenciar una sexualidad verdaderamente libre, expandir y explorar nuevas sensibilidades y placeres, de afectos y cuidados; así como también crear condiciones para el desarrollo pleno de nuestras individualidades, como condición necesaria para establecer vínculos que no estén condicionados por la dependencia económica, la inaccesibilidad a las viviendas y otras penurias materiales. Como decíamos en otra oportunidad, "esta perspectiva requiere de una lucha organizada de la clase trabajadora, que enfrentará la resistencia de los capitalistas, su Estado, los políticos que están al servicio de garantizar sus ganancias y las burocracias que negocian algunas migajas a cambio de no cuestionar la explotación de la clase trabajadora ni su fragmentación. Pero, como decía Lenin, el dirigente de la Revolución Rusa de 1917, 'es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños; de examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía'". [20]
En ese camino, la solidaridad al interior de las clases explotadas (entre sectores que son víctimas de distintos vectores de opresión), como también entre el movimiento obrero y los movimientos emancipatorios que combaten estas opresiones, para construir una fuerza común contra el capitalismo es apenas el primer paso. Pero no por eso, una cuestión de fácil resolución; porque esa unidad es algo que las clases dominantes no pueden permitir que suceda. Por eso, construir apoyos entre quienes sufren opresiones diversas, antes que debilitar la fuerza de un conjunto de personas porque padecen diferentes problemas, es una tarea a contracorriente, consciente y colectiva. Son muchos los que se encargan de impedirlo, haciéndoles ese "trabajo sucio" a los capitalistas. De su derrota, aquí y ahora, dependen todas nuestras futuras y auténticas libertades.
[1] Susan Stryke (1993), "Mis palabras a Víctor Frankenstein desde el pueblo de Chamonix: escenificando la ira transgénero", publicado en castellano en Políticas trans, de Pol Galofre y Miquel Missé, Madrid, Ed. Egales.
[2] Agradecemos la lectura crítica y los aportes de nuestra compañera Virginia Guitzel, travesti, poeta, docente y militante socialista revolucionaria de Pão e Rosas, Brasil.
[3] Utilizamos, indistintamente, "diversidad sexual", "diversidad sexogenérica" o "comunidad LGTBIQ+" para referirnos a todas las personas con orientaciones sexuales e identidades de género que difieren de la heteronormatividad. Distinguimos este uso de las categorías de "disidencia sexual" que reservamos para los sectores de la comunidad que construyen y/o adoptan variados posicionamientos político/ideológicos críticos respecto del régimen heteronormativo, el binarismo de género, la homonormatividad, las políticas identitarias, etc.
[4] Este recorrido que trazamos es apenas un esquema que intenta destacar las características centrales y ciertos aspectos comunes de un movimiento tiene un desarrollo internacional en Occidente que, por supuesto, no pretende contemplar ni mucho menos agotar las particularidades y los distintos tiempos que tuvo en diferentes países y regiones.
[5] Durante este extenso período, Estados Unidos fue derrotado en la guerra de Vietnam; millares de obreros fueron a la huelga general junto a los estudiantes, protagonizando el Mayo Francés; la clase trabajadora chilena se organizó en los cordones industriales y en los barrios con juntas de abastecimiento y control de precios; el pueblo checo enfrentó a los tanques de la burocracia estalinista en la Primavera de Praga; obreros y estudiantes hirieron de muerte a la dictadura argentina en el Cordobazo; el pueblo de Portugal derrocó la dictadura con la Revolución de los Claveles, hubo guerras de independencia en Angola y Mozambique, revoluciones en Nicaragua, Irán, etc.
[6] En ocasiones visualizado como homonormatividad versus queer; gays y lesbianas versus personas trans y no binarias, o también, política de identidad versus política antiidentitaria.
[7] El primer nombre que se le adjudica al desconocido síndrome que había provocado la muerte de más de treinta gays en Estados Unidos, fue GRID, la sigla de Inmuno-Deficiencia Relacionada con Gays. Recién cuando se reconocen los primeros casos de personas heterosexuales infectadas, se rebautiza como Síndrome de Inmuno-Deficiencia Adquirida (SIDA). La ideología que permeó la política sanitaria sobre SIDA en estos primeros años fue, claramente, discriminatoria: las víctimas se diferenciaban entre las "inocentes", contagiadas por error involuntario en una transfusión, y las "pecaminosas", quienes contraían el virus como castigo divino por su estilo de vida, su identidad u orientación sexual. La "peste rosa", el "cáncer gay", y otros nombres con los que se popularizó la enfermedad a comienzos de los 80, son apenas una muestra de la descomunal estigmatización que recayó sobre la población gay durante estos años.
[8] Que luego fue incorporando otras identidades, denominándose LGTBIQ+ o LGTBIQANB, etc. (lesbianas, gays, trans, bisexuales, intersex, queer, asexuales, no binaries, etc).
[9] Holly Lewis (2020), La política de todes. Feminismo, teoría queer y marxismo en la intersección, Barcelona, Ed. Bellaterra.
[10] Pablo Herón (2023), "Homocapitalismo: inclusión o productividad", La Izquierda Diario
[11] Entrevista a Jorge Remacha, historiador y activista: "El movimiento obrero es el primero que imagina un futuro libre de precariedad y con una vida sexual en libertad", La Izquierda Diario. Nuestro compañero Jorge Remacha es historiador, militante de Corriente Revolucionaria de Trabajadoras y Trabajadores en Zaragoza (Estado español) y autor de Agrupémonos todes. Una breve historia de diversidad sexual y lucha de clases, IPS, Madrid, (2025)
[12] Lewis, op.cit.
[13] Según un informe del Word Inequality Lab, de finales de 2025, el 0,001% de la población mundial más rica (algo menos de 60.000 multimillonarios) poseen tres veces más riqueza que la mitad de la humanidad. El patrimonio de esta minoría creció a un ritmo promedio de un 8% desde los años 90. En otros términos, el 10% de la población mundial concentra el 75% de la propiedad privada mundial y capta el 53% de los ingresos totales. Dicho sea de paso, ese 10% de la población mundial es responsable del 77% de las emisiones de gases de efecto invernadero, mientras las poblaciones más pobres que son las más afectadas por las consecuencias del cambio climático, apenas son responsables por el 3% de estas emisiones.
[14] Lewis, op.cit.
[15] Lise Vogel (2024), El marxismo y la opresión de las mujeres. Hacia una teoría unitaria, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEHTI.
[16] Virginia Guitzel (2021), "Notes from Brazil", en Transgender Marxism, de Jules Gleason y Elle O'Rourke ed., Pluto Press, Londres.
[17] Ira Hybris (2021), "Trans/formarlo todo: notas degeneradas para la abolición del género", La Izquierda Diario.
[18] Cinzia Arruza (2015), "Gender as Social Temporality: Butler (and Marx)", en Historical Materialism Nº 23, Vol I, Brill, Londres.
[19] Gilles Dauvé (2025), Homo. La cuestión social y la cuestión sexual desde 1864 hasta nuestros días, Madrid, Ediciones Extáticas.
[20] Andrea D'Atri (2022), "El sexo de los relojes", La Izquierda Diario.
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Apuntes socialistas sobre liberación sexual
1ro de febrero, por Transgredir y transformar — Géneros y Sexualidades, LGTBIQ+, Edición México, Edición Uruguay, Revolución Sexual, Feminismos, Géneros y Sexualidades, LGTBIQ+, Edición México, Edición Uruguay, Revolución Sexual, Feminismos
Este 1º de febrero, se cumple un año de la movilización convocada por la comunidad LGTBIQ+ que reunió a centenares de miles de personas en Argentina, contra el discurso de odio y las injurias lanzadas por el presidente Javier Milei, en el Foro Económico Mundial de Davos de 2025. Esta convocatoria multitudinaria, improvisada por fuera del calendario tradicional del colectivo de la diversidad sexual, se inscribe en un ciclo más amplio de movilizaciones en todo el mundo contra los ataques de las ultraderechas.
Aquí vamos a tomar este primer aniversario como una excusa para reflexionar sobre el movimiento. Nos preguntamos cómo llegamos hasta aquí y cuáles son las perspectivas de la lucha por la liberación sexual, bajo la amenaza de la crisis permanente, las catástrofes y las guerras. Lo hacemos desde nuestra perspectiva feminista socialista, con el afán no solo de bosquejar un futuro que merezca ser vivido para todes, sino de poner manos a la obra en su construcción desde el presente.
"Somos feroces; en un mundo de 'valores familiares tradicionales', necesitamos serlo."
Susan Stryker [1]PARTE I. EL ORGULLO COMO HERRAMIENTA DE RESISTENCIA
Javier Milei adoptó al Foro Económico Mundial de Davos como tribuna para difundir su "batalla cultural" conservadora. [2] En el de este año, buscó renovar su lugar de referente de las derechas ultraliberales, hablando después de Donald Trump, para plantear la muerte de Maquiavelo y cantar loas al libre mercado, como el único sistema capaz de impartir equidad y justicia. Un disparate. Pero nada sobre ideología de género ni feminismo. Parece que entró la bala. En Argentina, mientras tanto, las organizaciones y referentes LGTBIQ+ y de los feminismos, se aprestan a convocar a una movilización de alcance nacional, no solo para no olvidar aquel 1F en que el arcoíris tiñó la contundente y masiva réplica al presidente Milei, sino también para ensayar una nueva respuesta a sus políticas reaccionarias, incluyendo la reforma laboral esclavista que retrotrae las relaciones de trabajo al siglo XIX. [3]
* Davos: de "la agenda sangrienta del aborto" a "la ideología de género es abuso infantil"
En enero de 2024, a poco de asumir la presidencia, Milei eligió como blanco de su discurso a las instituciones estatales responsables de las políticas públicas que debían garantizar el pleno acceso a los derechos de las mujeres y las personas LGTBIQ+. En ese momento, habló de "la agenda sangrienta del aborto". Ni lerdos, ni perezosos, el 7 de febrero en horas de la noche, algunos diputados del oficialismo presentaron un proyecto para derogar la Ley 26.710 de interrupción voluntaria del embarazo. Enseguida, los mensajes de repudio estallaron en las redes sociales. En pocos minutos, referentes de un amplio espectro político hicieron público su rechazo y, a la brevedad, dos de los firmantes denunciaron que, en realidad, no habían suscripto el proyecto. A la medianoche, entre activistas, se gestaba una convocatoria a movilizar que, finalmente, resultó innecesaria. A la mañana siguiente, desde Presidencia de la Nación, se informó oficialmente que el poder ejecutivo no respaldaba la iniciativa de su propio bloque parlamentario y el proyecto fue retirado.
En enero de 2025, Milei insistió con sus discursos de guerra contra el wokismo. Esta vez, propuso eliminar la figura de femicidio del Código Penal y, ante el escándalo público que se suscitó en Argentina, fuentes oficiales debieron admitir que no habría tal modificación. Pero, el debate que se instaló masivamente fue a raíz de su insulto desaforado contra toda la comunidad LGTBIQ+, señalando que "la ideología de género constituye, lisa y llanamente, abuso infantil". Y haciendo uso del recurso del cherry picking, presentó un solo caso ocurrido en Estados Unidos como toda justificación de sus aberrantes y falaces injurias.
La furia no tardó en estallar en Argentina. Cerca de cinco mil activistas se autoconvocaron para decidir, en asamblea, lanzar una convocatoria inmediata. El 1º de febrero, una movilización multitudinaria –con el activismo LGTBIQ+ a la cabeza- colmó las plazas y las calles de todas las ciudades del país, con centenares de miles de personas. En Buenos Aires, la asamblea decidió que jubilades y protagonistas de las luchas de Salud Pública y otros sectores que enfrentaban despidos encabezaran la manifestación, codo a codo, con referentes de la comunidad LGTBIQ+. La diversidad sexual supo convocar detrás de sí a los feminismos, las organizaciones de Derechos Humanos, sindicales y estudiantiles, los movimientos sociales y los partidos políticos, incluyendo a un sector de la derecha tradicional. Pero, también, a centenares de miles de personas sin compromiso militante. La movilización permitió pasar revista sobre las propias fuerzas del movimiento LGTBIQ+ y su capacidad de respuesta a los ataques de un gobierno de ultraderecha que convirtió al odio misógino y heteropatriarcal en discurso y política de Estado.
*(Por algo) Stonewall fue una revuelta
Por más que los líderes de las ultraderechas contemporáneas hayan desmantelado políticas públicas dirigidas a las mujeres y la diversidad sexual, por más que hayan instalado la segregación, la discriminación y el "chivo expiatorio" como sentidos comunes en grandes sectores de la población, es evidente que otra parte se niega, férreamente, a convertirse en el lobo de les otres y no piensa permitir que estos discursos de odio, emitidos desde lo más alto del poder político, se conviertan en violencia entre los de abajo. Y esto no sucede solo en Argentina. En los últimos dos años, las manifestaciones del orgullo han alcanzado cifras récord de participación, bajo el impulso de poner un límite a los discursos de odio y las políticas restrictivas de los gobiernos de derecha o el fortalecimiento de los partidos ultras, en distintas partes del mundo.
En Buenos Aires, además de la movilización del 1F, la 34º Marcha del Orgullo de 2025, marcadamente política y centrada en la oposición a los planes de Milei, volvió a contar con una gran asistencia, denunciando los discursos estigmatizantes que fomentan la violencia social desde el Estado. En Ciudad de México, se denunció un repunte de la violencia transfemicida; se cuestionó la corporativización del evento y también se incluyeron consignas contra el genocidio en Gaza y por el apoyo a migrantes, personas racializadas y refugiados LGTBIQ+. El año anterior, en San Pablo, se instó a resistir el avance de la bancada evangélica y de la ultraderecha en el Congreso, invitando a votar, en las elecciones municipales, por quienes apoyaran la agenda de la diversidad sexogenérica.
En 2024, en Toronto, se había realizado un festival con más de tres millones de asistentes que mostraron su preocupación por la derechización de los gobiernos de la región. Exigían protección para la juventud trans, contra las restricciones legislativas a los tratamientos de afirmación de género. En Washington, la concentración de casi tres millones de personas de 2025 se pronunció contra los recortes de derechos impulsados por Donald Trump. Se destacó la defensa de las adolescencias y juventudes trans, contra las iniciativas federales de prohibirles el acceso a la Salud. En Nueva York, las manifestaciones del mismo año, con más de dos millones y medio de personas, subrayaron que el Orgullo no es solo una celebración, sino también una herramienta de resistencia, lo que llevó a que disminuyera la habitual financiación corporativa del evento y que la comunidad tuviera que buscar donaciones del activismo. La marcha amplificó las fuertes denuncias contra las redadas del ICE, vinculando la lucha de la diversidad sexogenérica con la defensa de los derechos de las comunidades de inmigrantes.
En Europa, una de las manifestaciones más concurridas fue la de Madrid, con dos millones de personas que conmemoraron el vigésimo aniversario del matrimonio igualitario, bajo la consigna "Ni un paso atrás", advirtiendo sobre la regresión de derechos impulsada por la ultraderecha. En Londres, denunciaron las políticas transfóbicas del gobierno laborista de Keir Starmer, pero también expresaron la solidaridad con Gaza. En 2024, manifestaciones contra las campañas políticas de odio hacia las personas trans –impulsadas, entre otres, por Du Pain et Des Roses- sorprendieron al reunir a decenas de miles de personas en cuarenta y cinco ciudades de Francia y Bélgica.
¿Podríamos haber comenzado con un recuento de los crímenes de odio más brutales que se cometieron en este último período, justificados y hasta incitados por las ultraderechas que dan su "batalla cultural" desde las instituciones del Estado, desde las redes sociales, los púlpitos, los partidos y think tanks? Sí. Pero preferimos comenzar por la fuerza de resistencia del colectivo LGTBIQ+, que es aún más contundente cuando consigue tejer alianzas con otros movimientos sociales y organizaciones independientes del Estado. Tomamos esta decisión porque esta fuerza de resistencia del colectivo de la diversidad sexogenérica es algo menos difundido que los crímenes, ataques y recortes de derechos de los que es víctima. A quienes detentan el poder no les conviene que la comunidad autoperciba esa (su) capacidad de movilización y desarrolle una dinámica que, potencialmente, trascienda la resistencia. Pero el odio creciente de la ultraderecha contra las personas LGTBIQ+, rápidamente refrescó en la memoria colectiva aquello de que (por algo) "Stonewall fue una revuelta".
PARTE II. LA PREGUNTA DEL MILLÓN, ¿CÓMO LLEGAMOS HASTA AQUÍ?
¿Por qué parece que estamos comenzando de cero, peleando contra una ultraderecha discriminatoria y segregacionista que no solo avanza contra los derechos democráticos que hemos conquistado, sino que además promueve discursos de odio que se traducen en crímenes atroces? Porque, con obvias desigualdades, el cuestionamiento de la opresión sexual protagonizado por los movimientos de liberación, se había traducido –desde los años 70 y 80 o más recientemente, en otros países- en distintos grados de inclusión de la comunidad LGTBIQ+ en las democracias capitalistas occidentales. Pero hubo quienes creyeron que esos derechos serían eternos. [4]
*Un movimiento radical por la liberación sexual de toda la humanidad
La humanidad siempre se rebeló contra las limitaciones que las clases dominantes impusieron a la vida sexual, mientras se guardaban para sí el privilegio de poder gozar de todos los placeres que estaban prohibidos para el pueblo oprimido. Pero en los años 60 y hasta entrados los 80 del siglo XX, un extendido proceso de radicalización social de las clases trabajadoras y los pueblos oprimidos, puso en jaque al imperialismo estadounidense, a las clases capitalistas occidentales y a la burocracia parasitaria de la (entonces) Unión Soviética y los países del Este europeo que se encontraban bajo su órbita. [5] Del suelo fértil de esa radicalización de masas, floreció el cuestionamiento a la vida cotidiana, a las relaciones interpersonales, a la cultura, la sexualidad y a todas las instituciones del orden capitalista. Eso dio origen, especialmente en los países imperialistas, al movimiento antirracista del "poder negro", a un nuevo movimiento feminista y a un amplio y radical movimiento por la liberación sexual que tuvo como emblema los tres días de junio de 1969 en que la comunidad LGTBIQ+ montó barricadas en un barrio neoyorquino, para resistir contra la razzia policial en el bar Stonewall.
En su desarrollo, este movimiento no cuestionó solo la discriminación de gays, lesbianas, bisexuales, travestis y transexuales, sino también las ideas dominantes que estigmatizaban el placer sexual como pecado, delito o patología. Por eso, se rebelaron contra el matrimonio heterosexual monogámico, la opresión de las mujeres, niñas y niños bajo el poder patriarcal ejercido por el padre de familia, la represión del deseo que imponen las iglesias, en la que educan las escuelas y en la que disciplinan tanto las fuerzas armadas como la explotación laboral. Con la lucha, la amplia movilización y una minoría intransigente que mantuvo un fuerte cuestionamiento radical del sistema capitalista, el movimiento por la liberación sexual consiguió, a través de los años, que la homosexualidad fuera despenalizada en casi todos los países occidentales, que gays y lesbianas pudieran ser funcionarios públicos y candidatos electorales, que se derogaran leyes discriminatorias, que se redujera la edad de consentimiento para las relaciones entre personas del mismo sexo y que se eliminara la homosexualidad de los manuales de diagnóstico de enfermedades mentales. La existencia de millones de seres humanos se modificó sustancialmente con este movimiento, pudiendo abandonar una vida de ocultamientos obligados por la feroz discriminación y persecución en sus propias familias, en el ámbito laboral, estudiantil, profesional y social en general.
*La derrota y el desvío: fragmentación e inclusión
Pero con la derrota física (mediante dictaduras sangrientas) y con el desvío político (mediante la ampliación y extensión de la democracia capitalista) de ese enorme proceso de radicalización de masas que puso en jaque el orden mundial, también retrocedieron los movimientos sociales que promovieron un cuestionamiento radical a la vida cotidiana. Su reflujo cristalizó, fundamentalmente, en una mayor institucionalización, cooptación al Estado capitalista, fragmentación y despolitización. La promulgación de muchos de esos derechos que mencionamos y que favorecieron la inclusión de las personas que antes habían sido excluidas, criminalizadas y perseguidas por los propios regímenes democráticos capitalistas, fue acompañado de brutales ataques a las condiciones materiales de vida de las masas que redundaron en elevados índices de desempleo, precarización y flexibilización laboral.
Aunque el debate sobre asimilación o no asimilación [6], ya había comenzado a dividir al movimiento antes que centenares de miles de gays, transexuales y mujeres heterosexuales (especialmente de los países más pobres) se convirtieran en las principales víctimas del virus del VIH, la pandemia lo profundizó. La derecha cristiana comenzó a organizarse contra los movimientos feministas y de liberación sexual, de la mano del Vaticano y los sectores políticos neoconservadores. La pandemia del SIDA –considerada como un "castigo divino" por los sectores fundamentalistas- aterrorizó a la comunidad gay que, además, fue estigmatizada brutalmente, aumentando la discriminación, marginación y violencia contra los homosexuales y las personas trans. [7] Pocas organizaciones activistas radicales permanecieron de pie en aquellos años durísimos, reclamando a los Estados, mientras morían amigos, amantes, parejas, en soledad, despreciados por sus familias o cobijados por una precaria red de la propia comunidad LGTBIQ+. Años más tarde, se crearon diversos programas contra la discriminación y para la atención de las personas que viven con VIH; surgieron centenares de organizaciones no gubernamentales especializadas; millonarias subvenciones fueron destinadas a la investigación, la atención y la prevención. Se fue creando –como sucedió también en el feminismo, por otras razones- un grupo de "autoridades" surgidas del movimiento que devinieron en administradores de estos fondos: tecnócratas estatales, activistas rentados o directores de fundaciones expertas. Y obviamente, los varones gays blancos, de clase media y anglosajones, ocuparon el centro de esta escena.
El terror de la pandemia de VIH-SIDA tuvo su efecto aleccionador. Se profundizaron las diferencias: la homonormatividad impuesta por las instituciones del régimen capitalista, el marketing y el consumo, se convertía en un espacio seguro desde el cual reclamar la integración en democracias capitalistas que ampliaban libertades civiles, mientras profundizaban las desigualdades económicas. Pero, en el seno del mismo movimiento, la política de la identidad fue cuestionada, en minoría, por aquellos sectores que se vieron discriminados y relegados por no encajar en los moldes, especialmente las personas trans, negras, latinas, de clase trabajadora o sobreviviendo en los márgenes. El resultado fue la consolidación de múltiples identidades, pugnando por el justificado reconocimiento de su propia opresión. Frente al Estado y su legitimación de derechos de inclusión, la visibilidad condiciona la existencia; aun cuando la lista no pueda ser nunca lo suficientemente abarcativa. Como decía una publicidad de una tarjeta de crédito, en los años 90, "pertenecer tiene sus privilegios"; aunque debiéramos agregar que, también, sus contradicciones.
En esas décadas de restauración capitalista, el "movimiento por la liberación sexual" se fue transformando en el "movimiento LGTB" [8], privilegiando la política de inclusión de múltiples identidades y obteniendo algunas importantes conquistas, anteriormente impensadas, al costo de nuevas exclusiones y divisiones. La resultante fue el desmembramiento y la despolitización del movimiento, limitado a la aparición esporádica para la celebración de la diversidad en el Día del Orgullo, cuyo origen combativo y de cuestionamiento radical en las barricadas de Stonewall, paradójicamente fue quedando invisibilizado, tras festivos desfiles y performances financiados por empresas del mercado "rosa". Mientras tanto, la lucha callejera contra el Estado capitalista es reemplazada por su contraria: la negociación de derechos a través del lobby con sus representantes políticos, las empresas privadas, las agencias de financiamiento y organizaciones internacionales. Sin embargo, no puede establecerse que estas divisiones entre identitaries y antiidentitaries se acopla, linealmente, con posiciones pro-capitalistas y anti-capitalistas. Como señala Holly Lewis, "El rechazo de la normatividad tiene poco que ver con el rechazo del capitalismo, o incluso con terminar con la presión social generalizada; es una demanda de que se nos permita participar en una cultura que rechaza el estilo de vida de las clases profesionales o capitalistas (pero una subcultura que también admite individuos de las clases profesionales y capitalistas que quieren vivir de forma más creativa)." [9]
*Business are business
En la fragmentación, que acompañaba al mismo proceso que sacudió al movimiento obrero bajo estos años de neoliberalismo, proliferaron las ideologías individualistas, la idea de que los cambios sólo pueden ser subjetivos, lingüístico-culturales. El neoliberalismo, mediante la derrota de la clase obrera y la falta de resistencia de sus organizaciones políticas y sindicales, impuso socialmente una concepción liberal del sujeto, como un individuo autónomo, que preexiste a la sociedad, con derechos naturales inalienables a la libertad y la propiedad privada. La flexibilización, la deslocalización, los turnos y puestos rotativos se imponían a la clase trabajadora, desarmando, junto con la línea de producción fordista, la solidaridad obrera que se desarrollaba como su contraparte, para dejar a cada uno librado al "sálvese quien pueda".
Y esto también tuvo sus consecuencias en los movimientos sociales: "mi cuerpo es mío", una consigna que encierra una fuerte denuncia tanto contra los Estados que prohíben el ejercicio de libertades y derechos democráticos elementales, como contra la violencia cisheteropatriarcal, también expresa una concepción mercantilista neoliberal. Una visión que pone el acento, permanentemente, en la libertad de elección individual, ignorando la desigualdad estructural que limita, enmarca y hasta explica las decisiones aparentemente autónomas; que reconoce al cuerpo como una propiedad privada que puede venderse y alquilarse como gesto de supuesta soberanía; que termina contradiciendo las demandas colectivas contra la discriminación sistémica y fortaleciendo un orden meritocrático, donde el progreso se explica por el esfuerzo personal. La libertad y la autodeterminación, bajo este enfoque neoliberal, pierden su carácter social, colectivo y comunitario de ser el producto de una lucha por arrancarle al Estado, al capital, al imperialismo o al ejército de ocupación, el gobierno del propio destino, Más bien se limita al estrecho concepto del mercado, donde incluso la propia subjetividad, el cuerpo, el tiempo de ocio, los vínculos son pasibles de transacciones comerciales entre individuos igualmente libres.
El capitalismo neoliberal estableció la integración de la diversidad sexual como una estrategia de ampliación del mercado y el consumo. La homofobia que sostuvo durante siglos ya tenía un costo, si se lo miraba desde la óptica de "concebir la vida en términos de 'capital humano', entendiendo que las injusticias o discriminaciones reducen el capital que posee un individuo o inhiben su utilización eficiente." [10] Algo similar advirtieron el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional sobre las consecuencias negativas que tenía la violencia sexista contra las mujeres, para el producto bruto interno (PBI) de los países. La lógica capitalista introduce una cuña en la comunidad LGTBIQ+: la diversidad sexogenérica será evaluada en función de su contribución al crecimiento económico, privilegiando el enfoque meritocrático del esfuerzo individual para la integración, por sobre las limitaciones estructurales que imponen la explotación de clase, el racismo, el binarismo sexogenérico, etc. La aparición de este “homocapitalismo” profundizó las brechas entre los sectores que accedieron a los privilegios de la homonormatividad (permitida o tolerada por las democracias occidentales) y otros sectores cada vez más excluidos y empujados a los márgenes de la subsistencia.
*De la homonormatividad al homonacionalismo ¿y después?
De esa concepción liberal al surgimiento, en los países imperialistas, de un "homonacionalismo" de derecha y ultraderecha, había un paso. Con la idea de que las democracias occidentales que toleran la homosexualidad son sistemas políticos superiores (y mientras un puñado de compañías encontraron la oportunidad de llenar sus bolsillos vendiendo productos o servicios con el sello del arcoíris), no solo se reponsabilizó a les excluides de su falta de integración, sino que los derechos LGTBIQ+ también fueron blandidos como excusas para "empresas civilizatorias", con la intervención, la invasión y las guerras propiciadas por países imperialistas. Les migrantes son considerados, cada vez más, como una amenaza económica contra la clase trabajadora nativa y, especialmente en las metrópolis, como un atentado a las tradiciones y los valores culturales de Occidente. En ese marco, la opresión de las mujeres de los países árabes, igual que la sufrida por la población LGTBIQ+ de esos países, suele ser la excusa para políticas imperialistas que enarbolan la emancipación como bandera civilizatoria. Los varones heterosexuales extranjeros son una amenaza para "nuestras mujeres" nacionales; las mujeres y les LGTBIQ+ en Oriente son víctimas que necesitan de la liberación que solo pueden ofrecerles los ejércitos enviados por los gobiernos imperialistas de las democracias capitalistas occidentales.
Estas narrativas también permearon a distintos sectores sociales dentro de la comunidad LGTBIQ+ y es lógico que, con fundamentos semejantes, hayan surgido referentes políticos gays y lesbianas en distintos partidos de ultraderecha, algunos de los cuales consiguieron ser electos en altos cargos de gobierno. El movimiento que surgió cuestionando la represión sexual que impone la explotación capitalista a nuestros deseos, en su lucha contra la discriminación, consiguió que algunos sectores de la población LGTBIQ+ pudieran acceder a gobernar e imponer planes de austeridad contra las masas trabajadoras e, incluso, a integrarse a las fuerzas armadas y represivas de los Estados con el derecho de masacrar poblaciones enteras, incluyendo mujeres, niñas, niños y personas sexodiversas. La autorrepresentación del Estado de Israel como un énclave gayfriendly en Medio Oriente es el ejemplo cabal del uso de los derechos LGTBIQ+ para la justificación de una empresa militar colonialista, guerrerista y genocida contra el pueblo palestino. "Las libertades sexuales y de género ahora se debaten entre dos presiones: el crecimiento de discursos de extrema derecha y el de un capitalismo rosa que quiere apropiarse de nuestras luchas y mercantilizarlas, y nos utiliza como excusa para justificar guerras, genocidios o políticas antiinmigrantes. En el caso de Palestina hemos tenido que salir a la calle a decir alto y claro: no en nuestro nombre", dice Jorge Remacha. [11].
En otros países, las ultraderechas directamente repiten un ideario conservador profundamente misógino y transodiante, como es el caso de los anarcocapitalistas y otros ultraneoliberales en Argentina, Brasil, etc. La "ideología de género" es la forma en que se refieren, despectivamente, a lo que supuestamente promueven los feminismos y la diversidad sexual sembrando la perversión. El modelo de la tradwife, con la estética de las sitcom estadounidenses de los años 50; el retorno a una idílica familia tradicional basada en el matrimonio heterosexual monogámico, cuya descendencia es limitada a una niña y un niño de cabellos rubios, se propaga en redes sociales desde las usinas de estas nuevas derechas con ideas filofascistas. Las iglesias aportan también su cuota de pánico moral frente al cuestionamiento de los géneros, los sexos y los deseos que les provoca la diversidad. Su finalidad es edulcorar un modelo familiar en el que la reproducción social gratuita recae sobre las mujeres-amas de casa, en tiempos en que los planes de austeridad de los gobiernos capitalistas avanzan en la destrucción de los servicios públicos, la capacidad adquisitiva de los salarios y la precarización general de las clases trabajadoras.
Frente a este devenir, la mera oposición a la norma (hetero o incluso homo), se mostró insuficiente para abonar a una transformación radical. Como señala Lewis, "El argumento de que el capitalismo prospera gracias a la normatividad ignora el hecho de que también prospera con la diversidad, el pluralismo, la moda y los nichos de mercado. Aunque la familia heteronormativa es productiva para el capital, las personas individualistas urbanas queer y las personas contraculturales marginadas también son productivas para el capital –las primeras como ‘creativas' en el mercado laboral, las segundas como población excedente (…). Es algo romántico pensar que puedes cambiar el mundo por medio de la diversidad sexual, la autoexpresión creativa y los vínculos comunales. Pero no puedes." [12]
Aquí se encierra una de las cuestiones más importantes para quienes luchamos por una transformación radical de la sociedad en la que vivimos. La cada vez más aguda contradicción entre los relativos pero importantes avances en la igualdad de libertades democráticas y la cada vez más pronunciada desigualdad material entre las clases sociales, abrió nuevas grietas en los movimientos progresistas que acompañaron al período neoliberal en su fase ascendente. [13] El antineoliberalismo, los transfeminismos populares, el movimiento queer empiezan a sentar una incipiente tradición política en sentido contrario a los progresismos neoliberales y las derechas fascistoides que marcaron, de una u otra manera, el devenir del movimiento en las últimas décadas. En la experiencia de las luchas libradas en las calles, frente a la proliferación de discursos, políticas y gobiernos ultraconservadores, ultraneoliberales y ultraderechistas, surgirá la necesidad de unirse y fortalecerse con las luchas de una clase trabajadora cada vez más feminizada, diversa y multiétnica, reelaborando una estrategia profundamente anticapitalista para recuperar las mejores tradiciones de radicalidad que el movimiento tuvo en sus orígenes. Las conclusiones políticas sobre los gobiernos progresistas que ampliaron la intervención del Estado en el terreno de los derechos democráticos pero que, atados a la defensa del capital y sometidos a la expoliación imperialista, no cumplieron con sus promesas de bienestar económico, también serán cruciales para recuperar aquella radicalidad. No es una política de la nostalgia, sino de un realismo material contundente: si el capitalismo consiste en un sistema basado en la explotación del trabajo asalariado, el robo de los bienes comunes y la reproducción barata de esa fuerza de trabajo; si supone, además, la violencia misógina, sexista y racista para mantener un excedente de población como "ejército de reserva" para sostener y profundizar la explotación, entonces, "la solidaridad no es una condición que resulte de seres humanos maduros que aprenden a aceptar la diversidad; es un reconocimiento político de que nuestros destinos están vinculados." [14]
PARTE III. EL CAPITAL QUIERE HIJOS (E HIJAS) SANOS DEL PATRIARCADO… PARA EXPLOTAR
Y, sí: nuestros destinos de clases explotadas y grupos sociales subalternizados están vinculados por fundamentos estructurales que hacen al funcionamiento del sistema capitalista. Desde que los seres humanos habitamos el planeta, trabajamos para garantizar nuestra subsistencia, transformando el ambiente mediante herramientas y tecnologías creadas por nosotros mismos. Pero en el capitalismo, la inmensa mayoría que produce, no es propietaria de ese producto de su trabajo, ni de los medios con los que produce: el capitalista alquila la fuerza de trabajo por un determinado tiempo a cambio de un salario y, con ese dinero, nos vemos obligados a adquirir esos mismos productos que nosotros fabricamos, en el mercado. Somos "libres" de vender nuestra fuerza de trabajo y "libres" también para subsistir como podamos, porque el capitalista no tiene ninguna obligación de sostener nuestra existencia. Por eso, en el capitalismo, la familia se convierte, mayoritariamente, en el sostén de todos aquellos que el capitalismo no considera “aptos” para la explotación: las infancias, las personas con discapacidades o enfermedades circunstanciales o crónicas y ancianos. Todo el trabajo que se necesita para sostener la vida cotidiana de la clase trabajadora activa y de quienes no pueden trabajar, en la inmensa mayoría de los hogares, recae sobre las mujeres y se realiza gratuitamente.
El capitalismo encuentra grandes beneficios en este modelo histórico de familia heteropatriarcal, no sólo porque las mujeres sostienen la fuerza de trabajo cotidianamente, mediante el trabajo doméstico gratuito; sino, fundamentalmente, porque resultó ser el modo más económico para la reproducción de las nuevas generaciones que serán explotadas por el capital. Pero las ventajas de la familia para el capitalismo trascienden lo económico inmediato: es en su seno donde las nuevas generaciones "aprenden" el respeto a la autoridad y la existencia de jerarquías, como si éstas constituyeran un "orden natural" que debe ser aceptado. Y esto se impone mediante la presuposición universal de heterosexualidad, el matrimonio monogámico, la disciplina de los cuerpos, la represión del placer, la jerarquización de la función reproductiva de la sexualidad, etc. Este proceso histórico de "normalización" de la sexualidad, posibilita al capital encontrar, en la capacidad reproductiva de las mujeres de la clase trabajadora, "el suministro de fuerza de trabajo para el capital", de manera gratuita. [15] Por eso, el capitalismo encuentra muchas maneras de mantener ese modelo familiar que le resulta tan ventajoso para que unos pocos acumulen enormes ganancias mediante la explotación de las grandes mayorías. Esto configura un modelo donde no solo las mujeres están oprimidas, sino también otros cuerpos feminizados, quienes desafían la norma binaria y biologicista de género, quienes reniegan de la sexualidad exclusivamente funcional para la reproducción, etc., provocando grandes sufrimientos en millones de seres humanos, incluyendo los abusos, la tortura, el abandono, la marginación y la muerte. Así que, mientras la sexualidad destinada a la procreación se convirtió en la única sexualidad "normal" y socialmente aceptable, la sexualidad destinada a la obtención de placer fue condenada por anormal, contraria a la naturaleza, amoral, etc.
Por eso, la inmensa mayoría de las personas se encuentra sexualmente oprimida en el capitalismo: la miseria sexual que proviene del sometimiento cotidiano del cuerpo a los ritmos agobiantes de la explotación, a los modelos estereotipados de lo que es femenino o masculino, a la imposición del matrimonio como única unión legítima; la presión social sobre quienes no desean reproducirse; la restricción y disciplinamiento del deseo en las infancias; la alienación que dificulta o impide los vínculos; el estrés que generan los mandatos de rendimiento sexual o los modelos hegemónicos de cuerpos y relaciones; la creciente mercantilización de los aspectos más recónditos de la vida, con las nuevas segregaciones que eso genera, son apenas una muestra de los límites que se imponen a nuestras sexualidades. Como señala Virginia Guitzel, "el capitalismo también inflige una brutal represión sexual a toda la clase trabajadora. Esto resulta en enfermedades, embarazos no deseados y numerosas restricciones sobre el propio cuerpo y los deseos. Quienes se someten al orden capitalista sufren a su manera, alimentando reservas de resentimiento y autodesprecio, constantemente alentadas por los movimientos de derecha." [16] Un proceso de “normalización” que penetra en nuestra cotidianeidad con el objetivo de forjar individuos capaces de adaptarse y perpetuar, de manera alienada, las relaciones sociales capitalistas de producción. Esto tiene consecuencias para todes, pero especialmente desgarradoras para las personas transgénero, transexuales, lesbianas, gays, no binarias, queer, etc. La naturalización de las relaciones de producción capitalistas es, para Ira Hybris, el fundamento "donde echa raíces la violencia ─correctiva─ contra quienes traspasamos los mandatos de género, que no son sino los mandatos de la reproducción social." [17]
Como si esto no bastara, las clases dominantes se benefician también de la división que crean entre las clases explotadas, los prejuicios que nutren este milenario proceso de normalización: el machismo, la misoginia, el sexismo, el transodio y otros discursos y prácticas discriminatorias son, como el nacionalismo, la xenofobia o el racismo, comportamientos violentos, denigratorios y de subordinación que son un obstáculo para la solidaridad desde abajo. Pero, todas las tendencias en el capitalismo son contradictorias. Como señala Cinzia Arruzza, "por un lado, el proceso de acumulación capitalista, al reconfigurar la división del trabajo, al emplear masivamente a mujeres en la fuerza laboral y al generalizar el consumo de mercancías, induce una crisis de las estructuras y relaciones patriarcales tradicionales y, por lo tanto, potencialmente difumina los límites entre las identidades sexuales y las identidades de género. (…). Por otro lado, el capitalismo contribuye a la persistencia de una división sexual del trabajo, incluida la de la reproducción de la fuerza de trabajo, y contribuye a reconfigurar las identidades de género y a asegurar su estabilidad mediante la heteronormatividad, es decir, al fusionar normativamente la identidad de género con la elección del objeto de deseo sexual." [18] En esas contradicciones, se encuentran las oportunidades de librar batallas.
PARTE IV. RADICALIZAR EL PRESENTE PARA TRANSFORMAR EL FUTURO
La conclusión es que, oponernos éticamente al racismo, al sexismo, a la transfobia o a cualquier otra forma de opresión, no alcanza para cambiar radicalmente las estructuras sociales donde se fundan esas ideologías de la discriminación. La tolerancia liberal, el respeto de la diversidad e incluso los anhelos más auténticos de inclusión y armonía son fútiles y tienen efectos perecederos si no se cuestionan las relaciones sociales que producen esas desigualdades, jerarquías y opresiones y no se busca una alianza poderosa entre las mayorías explotadas y todos los sectores sociales oprimidos. La diversidad sexual es un problema para el capital en la medida en que se convierte en disidencia, no solamente por rebelarse conscientemente ante el régimen sexual binario heteronormativo, sino por cuestionar radicalmente que su existencia es funcional a la explotación capitalista: porque regula la fuerza de trabajo para la extracción de plusvalía en el circuito productivo y la reproducción gratuita o barata de esa fuerza de trabajo en la familia heteropatriarcal. En última instancia, como bien señala Lewis, la centralidad de la clase obrera en la lucha por la emancipación no es una cuestión moral, no se deriva de una taxonomía de sufrimientos donde la explotación rankea más alto que el sexismo, el transodio u otras formas de opresión. Se trata de algo táctico: la clase explotada es aquella que genera las ganancias capitalistas y, por lo tanto, la que encierra el potencial de acabar con ello. De alguna manera, es el mismo asunto al que se refiere Gilles Dauvé cuando denuncia que una vez que la diferencia sexual, con ciertas limitaciones, empieza a ser aceptada e institucionalizada en el estado de derecho de las democracias capitalistas, se reafirma la jerarquía de las clases por sobre el comunitarismo identitario: "el jefe gay actúa como un jefe y su empleado gay como un empleado, y solo saldrán juntos a la calle el día del Orgullo o para una manifestación en apoyo del matrimonio entre personas del mismo sexo." [19]
Un movimiento por la liberación sexual, de disidencias sexogenéricas, tendría muchísimo potencial subversivo para las luchas anticapitalistas y socialistas si, en vez de centrarse en las identidades y los propios deseos, se preguntara qué tipo de nuevas relaciones podrían crearse, para todes, a partir de las propias experiencias LGTBIQ+: relaciones sin jerarquías, sin roles prefijados, fluctuantes y poderosamente creativas; relaciones indefinidas, que son las que inquietan, profundamente, a los amigos del orden institucional y el statu quo. Relaciones entre pares que ponen en juego, en esas alianzas, sus inabarcables diversidades. Eso obliga a un enfrentamiento radical con el Estado capitalista que encierra nuestras subjetividades en códigos civiles y transacciones comerciales; el mismo Estado que sigue garantizando las ganancias capitalistas mediante la explotación de las mayorías, al tiempo que nos reprime brutalmente por nuestras identidades sexogenéricas o se postula como garante de nuestros derechos, desalentando la organización desde abajo y la movilización independiente.
Liberar al trabajo y al tiempo de la explotación capitalista podría permitir, entre muchas otras cosas, vivenciar una sexualidad verdaderamente libre, expandir y explorar nuevas sensibilidades y placeres, de afectos y cuidados; así como también crear condiciones para el desarrollo pleno de nuestras individualidades, como condición necesaria para establecer vínculos que no estén condicionados por la dependencia económica, la inaccesibilidad a las viviendas y otras penurias materiales. Como decíamos en otra oportunidad, "esta perspectiva requiere de una lucha organizada de la clase trabajadora, que enfrentará la resistencia de los capitalistas, su Estado, los políticos que están al servicio de garantizar sus ganancias y las burocracias que negocian algunas migajas a cambio de no cuestionar la explotación de la clase trabajadora ni su fragmentación. Pero, como decía Lenin, el dirigente de la Revolución Rusa de 1917, 'es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños; de examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía'". [20]
En ese camino, la solidaridad al interior de las clases explotadas (entre sectores que son víctimas de distintos vectores de opresión), como también entre el movimiento obrero y los movimientos emancipatorios que combaten estas opresiones, para construir una fuerza común contra el capitalismo es apenas el primer paso. Pero no por eso, una cuestión de fácil resolución; porque esa unidad es algo que las clases dominantes no pueden permitir que suceda. Por eso, construir apoyos entre quienes sufren opresiones diversas, antes que debilitar la fuerza de un conjunto de personas porque padecen diferentes problemas, es una tarea a contracorriente, consciente y colectiva. Son muchos los que se encargan de impedirlo, haciéndoles ese "trabajo sucio" a los capitalistas. De su derrota, aquí y ahora, dependen todas nuestras futuras y auténticas libertades.
[1] Susan Stryke (1993), "Mis palabras a Víctor Frankenstein desde el pueblo de Chamonix: escenificando la ira transgénero", publicado en castellano en Políticas trans, de Pol Galofre y Miquel Missé, Madrid, Ed. Egales.
[2] Agradecemos la lectura crítica y los aportes de nuestra compañera Virginia Guitzel, travesti, poeta, docente y militante socialista revolucionaria de Pão e Rosas, Brasil.
[3] Utilizamos, indistintamente, "diversidad sexual", "diversidad sexogenérica" o "comunidad LGTBIQ+" para referirnos a todas las personas con orientaciones sexuales e identidades de género que difieren de la heteronormatividad. Distinguimos este uso de las categorías de "disidencia sexual" que reservamos para los sectores de la comunidad que construyen y/o adoptan variados posicionamientos político/ideológicos críticos respecto del régimen heteronormativo, el binarismo de género, la homonormatividad, las políticas identitarias, etc.
[4] Este recorrido que trazamos es apenas un esquema que intenta destacar las características centrales y ciertos aspectos comunes de un movimiento tiene un desarrollo internacional en Occidente que, por supuesto, no pretende contemplar ni mucho menos agotar las particularidades y los distintos tiempos que tuvo en diferentes países y regiones.
[5] Durante este extenso período, Estados Unidos fue derrotado en la guerra de Vietnam; millares de obreros fueron a la huelga general junto a los estudiantes, protagonizando el Mayo Francés; la clase trabajadora chilena se organizó en los cordones industriales y en los barrios con juntas de abastecimiento y control de precios; el pueblo checo enfrentó a los tanques de la burocracia estalinista en la Primavera de Praga; obreros y estudiantes hirieron de muerte a la dictadura argentina en el Cordobazo; el pueblo de Portugal derrocó la dictadura con la Revolución de los Claveles, hubo guerras de independencia en Angola y Mozambique, revoluciones en Nicaragua, Irán, etc.
[6] En ocasiones visualizado como homonormatividad versus queer; gays y lesbianas versus personas trans y no binarias, o también, política de identidad versus política antiidentitaria.
[7] El primer nombre que se le adjudica al desconocido síndrome que había provocado la muerte de más de treinta gays en Estados Unidos, fue GRID, la sigla de Inmuno-Deficiencia Relacionada con Gays. Recién cuando se reconocen los primeros casos de personas heterosexuales infectadas, se rebautiza como Síndrome de Inmuno-Deficiencia Adquirida (SIDA). La ideología que permeó la política sanitaria sobre SIDA en estos primeros años fue, claramente, discriminatoria: las víctimas se diferenciaban entre las "inocentes", contagiadas por error involuntario en una transfusión, y las "pecaminosas", quienes contraían el virus como castigo divino por su estilo de vida, su identidad u orientación sexual. La "peste rosa", el "cáncer gay", y otros nombres con los que se popularizó la enfermedad a comienzos de los 80, son apenas una muestra de la descomunal estigmatización que recayó sobre la población gay durante estos años.
[8] Que luego fue incorporando otras identidades, denominándose LGTBIQ+ o LGTBIQANB, etc. (lesbianas, gays, trans, bisexuales, intersex, queer, asexuales, no binaries, etc).
[9] Holly Lewis (2020), La política de todes. Feminismo, teoría queer y marxismo en la intersección, Barcelona, Ed. Bellaterra.
[10] Pablo Herón (2023), "Homocapitalismo: inclusión o productividad", La Izquierda Diario
[11] Entrevista a Jorge Remacha, historiador y activista: "El movimiento obrero es el primero que imagina un futuro libre de precariedad y con una vida sexual en libertad", La Izquierda Diario. Nuestro compañero Jorge Remacha es historiador, militante de Corriente Revolucionaria de Trabajadoras y Trabajadores en Zaragoza (Estado español) y autor de Agrupémonos todes. Una breve historia de diversidad sexual y lucha de clases, IPS, Madrid, (2025)
[12] Lewis, op.cit.
[13] Según un informe del Word Inequality Lab, de finales de 2025, el 0,001% de la población mundial más rica (algo menos de 60.000 multimillonarios) poseen tres veces más riqueza que la mitad de la humanidad. El patrimonio de esta minoría creció a un ritmo promedio de un 8% desde los años 90. En otros términos, el 10% de la población mundial concentra el 75% de la propiedad privada mundial y capta el 53% de los ingresos totales. Dicho sea de paso, ese 10% de la población mundial es responsable del 77% de las emisiones de gases de efecto invernadero, mientras las poblaciones más pobres que son las más afectadas por las consecuencias del cambio climático, apenas son responsables por el 3% de estas emisiones.
[14] Lewis, op.cit.
[15] Lise Vogel (2024), El marxismo y la opresión de las mujeres. Hacia una teoría unitaria, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEHTI.
[16] Virginia Guitzel (2021), "Notes from Brazil", en Transgender Marxism, de Jules Gleason y Elle O'Rourke ed., Pluto Press, Londres.
[17] Ira Hybris (2021), "Trans/formarlo todo: notas degeneradas para la abolición del género", La Izquierda Diario.
[18] Cinzia Arruza (2015), "Gender as Social Temporality: Butler (and Marx)", en Historical Materialism Nº 23, Vol I, Brill, Londres.
[19] Gilles Dauvé (2025), Homo. La cuestión social y la cuestión sexual desde 1864 hasta nuestros días, Madrid, Ediciones Extáticas.
[20] Andrea D'Atri (2022), "El sexo de los relojes", La Izquierda Diario.
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Nicki “vainilla” Minaj: pop para divertirse del lado de Trump y el ICE
31 de enero, por Derrape — Géneros y Sexualidades, Cultura, Estados Unidos, Columnistas Vertical , Donald Trump, Cyndi Lauper, Arte pop, ICE PN, Géneros y Sexualidades, Cultura, Estados Unidos, Columnistas Vertical , Donald Trump, Cyndi Lauper, Arte pop, ICE PN
El respaldo explícito de Nicki Minaj a Donald Trump y a las políticas represivas del ICE desataron una fuerte reacción: críticas por su alineamiento con la persecución a los inmigrantes y los ataques a las personas trans, la desactivación de sus redes y la pérdida de alrededor de 10 millones de seguidores, leídos como un castigo de un público que la había acompañado desde los márgenes y hoy rechaza ese giro político.
Nacida en Trinidad y Tobago y criada en Queens, Nueva York, Nicki Minaj se forjó en la escena del rap marcada por la experiencia migrante, el cruce entre culturas caribeñas y afroamericanas y una industria históricamente dominada por varones. Ese trayecto tuvo su punto de inflexión en 2010, cuando Pink Friday la lanzó al estrellato global, apoyado en una estética de exceso, irreverencia y afirmación femenina que conectó con millones de jóvenes y sectores marginados, donde la diversión aparecía como forma de resistencia, libertad y supervivencia.
Esa matriz simbólica reaparece en “Pink Friday Girls”, tema incluido en Pink Friday 2, donde Minaj recupera mediante un sample “Girls Just Want to Have Fun” de Cyndi Lauper para celebrar la confianza femenina, el éxito y el control del propio lugar en la industria. La canción dialoga así con un imaginario pop históricamente ligado a la autonomía, el deseo y la ruptura con los mandatos conservadores. Durante la década de 2010, Minaj alcanzó fama global con éxitos como “Super Bass” y se consolidó como una de las voces más influyentes del rap femenino, con una base de seguidores integrada en gran parte por comunidades afroamericanas, migrantes y LGBTQ+.
Sin embargo, el reciente respaldo de Nicki Minaj a Donald Trump choca de frente con una parte central de su propia obra. Hoy, ese legado contrasta con una Minaj alineada a un proyecto político que persigue inmigrantes, ataca a las personas trans y refuerza un orden moral punitivo.
El contraste no es solo estético, es profundamente político. La Nicki que capitalizó un imaginario de empoderamiento, exceso y transgresión (inscripta en una tradición pop feminista) hoy respalda a una figura que encarna la restauración del control, la frontera y el castigo. En ese espejo incómodo, Pink Friday aparece casi como el archivo de otra Nicki Minaj: una que hablaba desde los márgenes y para los márgenes, y no desde el poder que hoy legitima redadas del ICE, discursos anti-trans y políticas que niegan, justamente, que las chicas (y las disidencias) puedan “divertirse” y vivir sin miedo.
Aunque ha vivido la mayor parte de su vida en EE.UU., recientemente declaró que está finalizando los trámites para obtener la ciudadanía estadounidense, vinculando ese proceso a una supuesta “Trump Gold Card”, un permiso especial promovido por el expresidente y que ella atribuye a su cercanía política con él.
Entre diciembre de 2025 y enero de 2026, Minaj participó en eventos ligados al movimiento conservador estadounidense, como Turning Point USA y el Trump Accounts Summit en Washington, donde expresó su respaldo a Donald Trump y llegó a definirse como “probablemente su fan número uno”.
En esos espacios no solo elogió al mandatario, sino que también se comprometió a aportar dinero al programa Trump Accounts, una iniciativa federal que propone cuentas de ahorro para niños nacidos en EE.UU. Su apoyo fue amplificado incluso por canales oficiales de la Casa Blanca, generando un impacto inmediato en redes sociales.
El posicionamiento político de Minaj reavivó críticas previas por la difusión de contenidos interpretados como anti-trans, incluidos reposts y mensajes alineados con discursos trumpistas que atacan a las personas trans. Las reacciones no tardaron en llegar: figuras públicas y parte de su propio fandom la acusaron de transfobia y xenofobia.
Estas posturas marcaron una ruptura evidente con su imagen anterior, cuando era percibida como una aliada de la comunidad LGBTQ+ y una figura cercana a drag queens y activistas trans.
La respuesta de su base de fans fue contundente. Tras sus apariciones políticas, distintos medios reportaron la pérdida de millones de seguidores y un rechazo generalizado, especialmente entre públicos jóvenes y progresistas.
En ese contexto, Minaj desactivó su cuenta de Instagram. Aunque algunos señalan que ya había tenido períodos de inactividad, el cierre fue leído como parte del impacto del repudio social.
<script async src="//www.instagram.com/embed.js"></script>El apoyo de Minaj a Trump se produce en un momento de fuerte tensión en Estados Unidos, marcado por denuncias de detenciones masivas y muertes de vinculadas a operativos del ICE. En ese escenario, el respaldo de celebridades a estas políticas es cada vez más cuestionado.
Artistas y referentes culturales han alzado la voz contra la violencia institucional y han criticado a quienes se alinean sin matices con administraciones responsables de estas prácticas, profundizando el debate sobre el rol político de las figuras públicas.

