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Sede del 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianxs, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries
20 de marzo, por Córdoba — Géneros y Sexualidades, LGTBIQ+, Córdoba, Géneros y Sexualidades, LGTBIQ+, Córdoba
La Comisión Organizadora del Encuentro Plurinacional, lanzó un comunicado en el que señalan que "los feminismos en Córdoba organizamos el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans Bisexuales, Intersex y No Binaries para el fin de semana del 10 al 12 de Octubre. En Argentina, frente a los ataques del gobierno de Milei y junto a los movimientos de mujeres y diversidades en lucha en todo el mundo, copamos las calles contra los ataques de la extrema derecha." Reproducimos el texto completo a continuación.
Córdoba será sede del 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianxs, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries
Los feminismos en Córdoba organizamos el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans Bisexuales, Intersex y No Binaries para el fin de semana del 10 al 12 de Octubre. En Argentina, frente a los ataques del gobierno de Milei y junto a los movimientos de mujeres y diversidades en lucha en todo el mundo, copamos las calles contra los ataques de la extrema derecha.
El ajuste y recorte a las políticas de género, los retrocesos en derechos conquistados, los discursos de odio constantes, nos ponen frente a nuevos desafíos. El avance de la reforma laboral empeora nuestras condiciones de vida ya que somos las mujeres y disidencias quienes tenemos los peores sueldos y trabajos más precarizados. Es desde esa mirada que mujeres, lesbianas, bisexuales, travestis, transexuales, intersex, las disidencias, las hermanas de las comunidades preexistentes y sectores en lucha nos unimos para organizar un encuentro pluri masivo y combativo.
Los Encuentros plurinacionales son espacios masivos y autoconvocados: el último, en Corrientes, reunió a más de 100 mil mujeres y disidencias de todo el país. Durante tres días se realizan talleres, actividades culturales y marchas donde se debaten las problemáticas que nos atraviesan cotidianamente. Se caracterizan por ser autoconvocados, autónomos y autofinanciados; plurales, plurinacionales y federales; democráticos y horizontales, garantizando la participación amplia de mujeres y disidencias de distintos orígenes, migrantes y de los pueblos originarios, a lo largo y ancho de todo el territorio del Abya Yala.
Para la organización del Encuentro se conformó una Comisión Organizadora que se reúne en plenarias abiertas. La próxima plenaria será el 28 de marzo a las 16 horas en la Plaza Seca de la UNC. Desde una mirada transfeminista, plurinacional y disidente, convocamos a todas las mujeres y disidencias a sumarse y participar, aportando desde sus experiencias y territorios.
Nuestras redes: instagram: @39encuentropluri.cba
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¿El problema son los varones?
19 de marzo, por Ideas de Izquierda — Géneros y Sexualidades, Edición Estado Español, Edición México, Juventud , antifeminismo, Contrapunto 184 - 22/03/2026, Géneros y Sexualidades, Edición Estado Español, Edición México, Juventud , antifeminismo, Contrapunto 184 - 22/03/2026
En marzo, cerca del Día Internacional de las Mujeres, la universidad británica King's College y la consultora Ipsos publicaron un estudio que reúne las respuestas de una encuesta realizada a personas de diferentes generaciones en 29 países sobre sus ideas y percepciones relacionadas con la desigualdad entre los géneros. La publicación provocó artículos y columnas de opinión con tono de alarma: “los varones jóvenes son cada vez más conservadores”. Sería una sorpresa si no viniéramos leyendo hace algunos años artículos y columnas de opinión sobre resultados electorales y tendencias en redes sociales, pero lo más llamativo de estas “señales de alarma” es que casi no aparecen acuses de recibo de que este conservadurismo es, en parte, resultado de narrativas de derecha y ultraderecha que vienen canalizando el descontento con el neoliberalismo, especialmente entre varones jóvenes.
Entre las respuestas más comentadas están: un tercio de los varones de la generación Z (personas nacidas entre 1996 y 2012) cree que la esposa debe obedecer al marido y duplica a los boomers (nacidos entre 1946 y 1964), entre quienes predominan visiones tradicionales sobre la toma de decisiones dentro del matrimonio. Esta relación se replica en cuestiones como que el 24 % de los varones jóvenes encuestados cree que las mujeres no deberían mostrarse independientes o autosuficientes (12 % entre boomers), o que una “verdadera mujer” no debe iniciar relaciones sexuales (21 % de centennials versus 7 % de boomers).
La investigadora Heejung Chung, de King's College, apunta a una acumulación de frustraciones y miedo de los varones a perder posiciones sociales, no solamente económicas sino también de autoridad y estatus. “Existe un vacío”, explica Chung, “que se llenan con retórica y voces que arrojan a los varones jóvenes contra la igualdad de género, contra mujeres jóvenes y migrantes”. Esas “retóricas y voces” son referentes y partidos de derecha, que explotan miedos y frustraciones, y recién cuando se traducen en opciones electorales empezaron a encender señales de alarma en sectores del establishment político y mediático. Es una secuencia conocida en países tan distintos como el Reino Unido, Francia o el Estado español, Estados Unidos, Corea del Sur o Argentina. Con similitudes y diferencias, los últimos años vieron cómo nuevas y viejas derechas canalizaron el descontento con gobiernos que aplicaron planes económicos neoliberales mientras usufructuaban agendas progresistas (con algunas políticas públicas marginales y la apropiación y utilización de discursos feministas y del movimiento LGBT).
Esa apropiación (útil para legitimar agendas económicas antipopulares) quizás explique gran parte de la percepción de que la igualdad de género “fue demasiado lejos” y la identificación negativa de la lucha contra la opresión. Más de la mitad de las personas encuestadas (52 %; 58 % entre varones y 47 % entre mujeres) cree que la promoción de la igualdad terminó discriminando a los varones. Ese porcentaje promedio encuentra picos en países como Argentina (60 %) o Chile (65 %), donde el antifeminismo alimentó el recambio electoral hacia la derecha, pero también en México (66 %) o Colombia (61 %), donde aquella percepción no se tradujo de la misma manera. Esa idea convive con otra que puede sonar contradictoria: el 54 % cree que las mujeres no alcanzarán la igualdad de género a menos que haya más mujeres en lugares de poder en la política y las empresas.
A propósito de la idea “las cosas fueron demasiado lejos” (en sintonía con “se pasaron tres pueblos”), la frase que elige el estudio de Ipsos (“Cuando se trata de darle a las mujeres igualdad de derechos con los hombres, las cosas fueron demasiado lejos en mi país”) colabora de alguna forma con la narrativa cuyos resultados luego se señalan con preocupación. En otro sentido, el estudio argentino del Centro de Estudios de Estado y Sociedad sobre género y derechos sexuales hizo una pregunta diferente: “¿Cuánto más considerás que habría que hacer para asegurar la igualdad de derechos de todas las personas en el país?”. En promedio, el 80 % respondió “mucho” (el 85 % de las mujeres y el 75 % de los varones), y presenta varios hallazgos en las respuestas sobre cuán involucrado debería estar el Estado en temas relacionados con la violencia machista o la salud sexual, entre otros. Un dato importante es que el estudio se realizó durante el primer año del gobierno de Javier Milei, en plena batalla cultural antifeminista.
La forma de preguntar abona percepciones que fueron alimentadas durante años mientras se precarizaba el trabajo y se erosionaban las condiciones de vida de la mayoría. Al reproducirse en un contexto específico (sociedades capitalistas), la desigualdad de género no funciona de forma aislada de las condiciones materiales; sin embargo, narrativas de signos opuestos suelen separarlas. Ya sea para apropiarse de determinadas agendas o para transformarlas en combustible de batallas culturales. Dos ejemplos que ilustran esa utilización son el último gobierno del Frente de Todos, que inundó de políticas simbólicas y algunas políticas públicas sobre violencia con presupuestos marginales, y el gobierno actual de La Libertad Avanza, que encarnó en la destrucción del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad su batalla cultural “contra la casta” y el “negocio” del feminismo, cuyas principales damnificadas fueron las mujeres pobres, con la eliminación de un acompañamiento económico magro a las víctimas de violencia machista y el vaciamiento de las líneas de atención.
Entre la nostalgia y la incertidumbre
El atractivo de roles de género y modelos de familia tradicionales canaliza, además, mucha de la insatisfacción con la vida en el neoliberalismo. Los discursos reaccionarios vienen explotando de forma efectiva la idea de que la mayoría vive peor porque el feminismo y el movimiento LGBT destruyeron el orden social “natural” al cuestionar los roles del varón proveedor y la mujer madre/ama de casa con la “ideología de género”. Y desde ahí proponen volver a un “pasado mejor” despojado de los problemas y las contradicciones actuales (cuyo responsable directo sigue siendo el capitalismo, la fuerza más eficaz para destruir la familia, parafraseando al sociólogo Göran Therborn). Pero estos discursos reaccionarios, que impactan especialmente en varones jóvenes, no surgen de la nada ni son un resultado inevitable. Durante años se fomentaron (o no se combatieron) esos discursos como contraposición a la movilización de las mujeres, personas LGBT, migrantes y otros grupos oprimidos. A esto se sumó la amplificación en redes sociales y medios de comunicación (los medios masivos privilegiaron dar voz a “outsiders” de derecha porque rendía comercial y políticamente, y los algoritmos vienen siendo señalados hace algunos años por ofrecer un terreno fértil a los discursos de odio).
En el mismo contexto de insatisfacción con la vida contemporánea, los feminismos (con sus diferencias y discusiones) ofrecieron reflexiones colectivas, deliberación, así como nuevas ideas e imágenes a las mujeres y personas LGBT para pensarse fuera de los roles femeninos tradicionales y desnaturalizar la opresión de género como justificación de múltiples desigualdades. Frente a esas mismas sociedades desiguales y violentas, los varones jóvenes, que también son afectados y presionados por estereotipos patriarcales y roles tradicionales en crisis, empezaron a encontrar algunas respuestas en referentes políticos, influencers y comunidades digitales conocidas como la manósfera.
Un breve paréntesis: existieron múltiples discusiones sobre el lugar de los varones en los feminismos. Durante varios años, el feminismo de izquierda, socialista, y otras perspectivas anticapitalistas peleamos por subrayar el aspecto emancipatorio de la lucha contra la opresión y cuestionamos enfoques esencialistas que minaban alianzas sociales poderosas. Pero, a pesar de esas diferencias y prácticas criticadas dentro del propio movimiento (como los escraches), no fueron los feminismos los responsables del sentimiento de exclusión que alentó la simpatía por discursos reaccionarios. Fue el propio desarrollo de las sociedades capitalistas, en las que no hay lugar para el antiguo rol del varón proveedor (económicamente inviable) o el varón dominante (que impone su autoridad con violencia, hoy cuestionado), y existe una escasez de modelos alternativos de masculinidad si sos un varón joven que no se siente interpelado por los feminismos.
A todos esos varones les hablaron referentes como Andrew Tate, Jordan Peterson y variantes locales como Agustín Laje en Argentina: les ofrecieron respuestas, explicaciones a sus frustraciones y, sobre todo, responsables (feministas, personas LGBT, mujeres pobres, migrantes). Los discursos antifeministas crecieron también como una reacción a lo que muchas narrativas presentaron como “privilegios”. En La vida emocional del populismo (Katz Editores), la socióloga Eva Illouz habla de “privilegio agraviado”, una “herida que sienten los grupos que reclaman el privilegio perdido o denuncian el privilegio de otros”. Para la mayoría de los varones no se trata realmente de privilegios sino de una pérdida de estatus individual o colectivo, y no se trata exclusivamente de estatus económico sino de reconocimiento y autoridad en la sociedad en general. Esa pérdida de estatus está muy relacionada con la precarización del empleo, el desempleo extendido y la imposibilidad de sostener el hogar con el ingreso masculino (con la autoridad patriarcal que eso conlleva).
La circulación de contenidos antifeministas en internet se dio en un contexto marcado por los cambios en las formas de sociabilidad que introdujo la pandemia, pero también la pauperización, destrucción y privatización de espacios públicos que favorecieron el aislamiento. Debilitar los lazos comunitarios también hizo más fértil la recepción de discursos que explotaron el odio y el resentimiento. Esas explicaciones encajaron bien en la percepción de que los varones viven peor por culpa de las mujeres y su movilización, y son funcionales a seguir reproduciendo sociedades cada vez más desiguales, porque no hay nada más efectivo que escuchar que una persona parecida a vos se está beneficiando mientras vos perdés dinero, empleo u oportunidades.
¿La generación Z es de derecha?
La respuesta cómoda y tranquilizadora para muchos es sí: solo hay jóvenes de derecha a quienes ofrecerles una alternativa funcional a los intereses del sector que quiera conquistarlos (medios, plataformas, establishment). Pero la respuesta de la vida real es más complicada. Si hay algo que caracteriza a esta generación es la polarización política, una brecha de género que crece y fenómenos políticos variados. La polarización es un signo de estos tiempos y la generación Z no es la excepción: cuando se habla de la “juventud de derecha” suele ser una referencia a fenómenos electorales que involucran especialmente a los varones centennial (y suelen tener explicaciones que van más allá de navegar en la manósfera). Sobre la brecha de género, el estudio de Ipsos pregunta acerca del futuro y, en promedio, el 55 % cree que las jóvenes tendrán una vida mejor que la de las mujeres que las precedieron (sin variaciones con encuestas anteriores); sin embargo, entre los varones el optimismo (40 %) experimentó un descenso.
La antropóloga y periodista española Nuria Alabao, autora del libro Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas, explica que los discursos reaccionarios “parten de los malestares de los jóvenes y de los problemas de hacerse adulto en un mundo donde la crisis de vivienda y los problemas de precariedad les hacen depender cada vez más de los padres hasta edades elevadas. Y esto se cruza con cuestiones de género, con la pregunta de qué significa ser hombre hoy, cuando el feminismo y el papel de las mujeres en la sociedad se ha transformado de manera muy radical”. Las expectativas sobre el futuro, la crisis de los roles masculinos tradicionales y la escasez de imágenes alternativas sin duda alimentan preferencias políticas, pero las variantes reaccionarias no son un destino inevitable.
De hecho, existen ejemplos variados de la politización de esta generación: el movimiento contra el genocidio en Gaza (que incluyó ocupación de universidades, bloqueos y participación en huelgas generales en Estados Unidos y varios países europeos) y el protagonismo en protestas antigubernamentales como en Nepal, Perú o Ecuador, entre otros. Ignorar estos fenómenos, tan relevantes como el protagonismo en algunos resultados electorales, solo invita a la profecía autocumplida de que la juventud se hizo de derecha porque es la única forma de rebelarse contra el poder y el statu quo. Lo más problemático de este planteo, además de parcial, es que implica una renuncia a la disputa política y de ideas en una generación que no tiene nada que perder (ni igualdad, ni fraternidad, ni libertad), porque solo vio las promesas rotas del capitalismo.
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Carnelli: de los tangos a la Revolución Española
18 de marzo, por Pionera — Géneros y Sexualidades, Cultura, Música, Feminismo, Teatro, Tango, Guerra civil española, Géneros y Sexualidades, Cultura, Música, Feminismo, Teatro, Tango, Guerra civil española
Se estrena Carnelli: algo que tiembla cederá, una obra que recorre la vida de María Luisa Carnelli, pionera del tango que escribió en masculino y llevó su activismo y convicción política hasta la Revolución Española.
Durante años, algunas de las letras más populares del tango circularon firmadas por nombres masculinos que escondían que detrás de ellas estaba María Luisa Carnelli, la primera mujer letrista del género. Esa historia, muchas veces olvidada, vuelve hoy a escena con Carnelli: algo que tiembla cederá, la obra protagonizada por Patricia Malanca.
Carnelli nació en La Plata a fines del siglo XIX, en una familia donde el tango estaba prohibido. Su padre lo rechazaba por considerarlo música de “malevos”, mientras sus hermanos lo escuchaban a escondidas, quitándole la bocina al gramófono para que apenas se oyera. Ese contacto clandestino anticipa una trayectoria marcada por la tensión entre lo permitido y lo prohibido. Cuando comenzó a escribir, en los años 20, tuvo que hacerlo bajo seudónimos masculinos —Luis Mario, Mario Castro— para poder publicar. No era una elección estética, sino una condición de posibilidad. “Mi padre jamás supo que era yo quien los escribía. Él no quería que yo fuera demasiado libre”, explicó tiempo después.
Lejos de ocupar un lugar marginal, Carnelli fue una figura central en la cultura de su tiempo. Escribió tangos como Cuando llora la milonga y Se va la vida, interpretados por voces como Carlos Gardel, Ignacio Corsini o Azucena Maizani, y trabajó con compositores como Julio De Caro, Edgardo Donato y Filiberto. Sin embargo, su nombre quedó opacado, desplazado por una estructura cultural y social que no habilitaba a las mujeres a ocupar ese lugar. La paradoja es evidente: fue parte del corazón del tango y, al mismo tiempo, quedó fuera de su historia oficial.
Pero su recorrido no se agota en la música. Carnelli fue también una de las primeras mujeres periodistas profesionales del país. Desde 1923 y durante más de cuatro décadas escribió en medios como Caras y Caretas, Crítica, La Nación y Clarín, y recorrió más de veinte países ejerciendo el oficio.
De origen burgués, rompió con ese mundo para acercarse a la militancia comunista, una decisión que atravesó su vida y su producción. Fue corresponsal en la Guerra Civil Española, donde no solo narró, sino que se involucró activamente con la causa republicana, compartiendo espacios con intelectuales como Antonio Machado y participando del circuito antifascista internacional.
Su escritura también encontró lugar en la poesía y la narrativa. En su novela ¡Quiero trabajo! cuestiona el ideal de hogar y denuncia las condiciones sociales desde una mirada crítica y experimental. Su obra está atravesada por tensiones: entre lo popular y lo político, entre el tango y la militancia, entre la transgresión y los códigos de su tiempo. Incluso escribió letras en clave lunfarda y desde una voz masculina, apropiándose de un lenguaje que, al mismo tiempo, la excluía.
Carnelli no se nombraba feminista, pero su trayectoria lo expresa con claridad. Rompió con el mandato familiar, se separó, construyó una carrera propia, escribió, viajó, militó y disputó un lugar en la cultura en condiciones adversas. Escribió desde un espacio que no estaba pensado para ella, y aun así logró abrirse camino. Hoy, su nombre vuelve a la escena y recupera el lugar que durante tanto tiempo le fue negado. Paradójicamente, lo hace en la Sala Raúl González Tuñón —hermano de Enrique, su pareja—, en un cruce de historias que vuelve todavía más elocuente su presencia en el presente.
La obra dirigida por Marina García retoma esa figura desde una puesta que combina teatro, música en vivo y un formato documental, con intervenciones de la periodista Nora Veiras. Patricia Malanca encarna a Carnelli en un recorrido que va desde la bohemia de los años 30 hasta su compromiso político, en una propuesta que no busca cerrar su historia sino volver a ponerla en circulación.
Carnelli: algo que tiembla cederá se estrena el jueves 19 de marzo a las 20 hs en el Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543, CABA, Sala Raúl González Tuñón) y tendrá funciones el 26 de marzo, 2 y 9 de abril. La obra dura 60 minutos.
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Rosario Sansone: fin de las audiencias, sigue la lucha para que el Estado reconozca el travesticidio
11 de marzo, por Juicio en Bahía Blanca — Géneros y Sexualidades, Violencia de género, LGTBIQ+, Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires, Travesticidio, Géneros y Sexualidades, Violencia de género, LGTBIQ+, Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires, Travesticidio
"No soy una persona triste, porque fui fiel a mí misma. Con todas las leyes que me condenaban por ser Rosario, lo fui igual, entonces yo me siento feliz por haber roto con las reglas de la sociedad" dijo en uno de sus testimonios. Fue pionera en la lucha y una sobreviviente que denunció con fortaleza décadas de violencia estatal. Fue asesinada en 2024 a sus 46 años, siendo el primer travesticidio en llegar a juicio en la ciudad, aunque no lo reconozca la carátula judicial.
"Yo quiero que sepan que no soy una persona triste, que mi vida no fue triste para mí, porque fui fiel a mí misma, a pesar de que no podía ser yo, Rosario, lo fui igual. Con todas las leyes que me condenaban por ser Rosario, lo fui igual, entonces yo me siento feliz por no haber seguido las reglas de la sociedad, haber roto con esas reglas y haber pertenecido al género trans, que aún hoy no está contemplado. Soy inmensamente feliz porque he vivido épocas terribles, he sobrevivido y he visto grandes avances. Y en mí cabeza sé que en la lucha y la resistencia viene un futuro mejor para todas las nuevas generaciones de mujeres trans."
En ese breve y potente testimonio, uno de los tantísimos que dio Rosario a lo largo de décadas de lucha, se puede apreciar el fuego que contagiaba a quienes la escuchábamos en las calles, en entrevistas, en asambleas del orgullo LGTBIQ+. Por eso también su nombre estuvo presente en la cabecera de la movilización de este lunes 9 en Bahía Blanca, por el día internacional de las mujeres.
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Sobrevivió a la violencia policial que se llevó a sus amigas, y siempre denunció la impunidad, la criminalización de sus vidas, el calabozo, las violaciones y las torturas, que siguieron existiendo en dictadura y en democracia. Le exigía al Estado y sus funcionarios que reparen lo que sabía irreparable. Que pidan perdón por el lento genocidio trans. Y lo hizo con fiereza, a veces con la voz quebrada, pero también con alegría, formando redes, rodeada de amigas y compañeras de lucha.
<script async src="//www.instagram.com/embed.js"></script>Este miércoles 11 concluyeron las audiencias del juicio por su asesinato, ocurrido el 3 de noviembre de 2024 en su casa. Es el primer travesticidio que llega a juicio en Bahía Blanca, un contradictorio hecho histórico, ya que la causa sigue caratulada como homicidio por el Poder Judicial.
Las audiencias estuvieron a cargo del Tribunal de Responsabilidad Penal Juvenil N°2, ya que quien cometió el crimen, tenía 17 años en ese momento. El Tribunal, que debería inmediatamente caratular la causa como travesticidio en contexto de violencia de género, como exigen las compañeras y familiares de Rosario, está integrado por los jueces Pedro Roberto Morán, Nicolás Lamberti y Natalia Giombi.
Sus compañeras de la ONG Furias, donde estaba organizada, insisten en que este caso es la expresión más cruda de los efectos en la sociedad que tienen los discursos de odio, sobre todo cuando salen de las máximas autoridades del Estado, como los exabruptos de Javier Milei en el Foro de Davos en 2025 (que dieron origen a la Marcha del Orgullo Antifacista y Antirracista que se realizó también a comienzos de 2026). También las políticas que empujan a generaciones enteras a una vida más precaria, más violenta, más solitaria, como la ya aprobada Reforma Laboral o la Baja de 16 a 14 años de la Edad de Imputabilidad (en ambos casos con cuantiosa ayuda de la supuesta oposición política radical y peronista al gobierno libertariano).
Ni hablar de las condiciones de vida del colectivo travesti-trans, por eso Rosario peleó durante muchos años por el acceso al trabajo para todas las que quisieran dejar la prostitución, única salida para muchas. Peleaba por el Cupo Trans, que es ley pero no se aplica en muchísimas ciudades del país, como ocurre en Bahía Blanca a pesar de que el actual Gobierno Municipal de Federico Susbielles y su Secretaría de Género siempre se llenaron la boca con los derechos.
<script async src="//www.instagram.com/embed.js"></script>Te puede interesar: Apuntes feministas. El rol de las mujeres y diversidades sexuales contra las reformas de Milei y sus cómplices
Rosario también exigía la Reparación Histórica porque explicaba que para muchas de ellas, superar la expectativa bajísima de vida del colectivo (apenas 35 años) implicaba llegar con la salud muy afectada. "Yo tengo el cuerpo de una mujer de 80 años" graficaba para explicar la necesidad de una ayuda que, auque no reparara tanta violencia, permitiera pagar el alquiler, comprar comida, cuidar de su salud.
Pero el Estado y sus Gobiernos hicieron oídos sordos, y Rosario siguió expuesta a los peligros de la calle, sin avergonzarse nunca de su historia pero sin dejar de denunciar al Estado. En Salta había fundado la marcha del orgullo junto a Pelusa Liendro, pero luego del travesticidio de Pelusa tuvo que huir a Bahía Blanca por las amenazas policiales.
En Bahía fue parte del primer Ni Una Menos en 2015, se organizó con sus compañeras para poner en pie el Día de la Memoria Trans, aportó muchísimo al archivo que recopió Furias, y se sumó en 2019 a las asambleas del Orgullo. Su participación sacudió de toda rutina los debates de las asambleas, y cambió en adelante el recorrido de la marcha del orgullo LGTBIQ+, que pasa por las comisarías y el poder judicial que las condenaba al calabozo y la violencia.
Este sistema cspitalista y patriarcal recurre a reforzar las opresiones y el odio para desviar la frustración y el malestar que provocan crisis como la que estamos atravesando. Precarizar y empeorar las condiciones de vida de las mayorías trabajadoras impacta también de este modo en las mujeres y en lxs LGTBIQ+. Duele perder así a una referenta como ella. Pero ella es parte de una historia de luchas qué continúan, y su generación abrió camino, uniéndose a las madres de plaza de mayo, uniéndose al movimiento de mujeres, conquistando un reconocimiento legal que antes era inimaginable, y que defender hoy es un punto de apoyo para las luchas que vendrán.
La pelea continúa, y Rosario, parafraseando la famosa frase de Lohana Berkins, con su valentía multiplicó su lucha de mariposa en este mundo de gusanos capitalistas, como pudimos ver en la concurrida vigilia de este martes 10 que exigió justicia y gritó ¡Rosario presente, fue travesticidio!
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Giséle Pelicot y Un himno a la vida: las aberraciones del patriarcado y la fuerza de las mujeres organizadas
11 de marzo, por Opinión — Géneros y Sexualidades, Francia, Columnistas Vertical , Violencia machista, Patriarcado, Feminismos, Géneros y Sexualidades, Francia, Columnistas Vertical , Violencia machista, Patriarcado, Feminismos
Drogada y violada durante años por su marido y decenas de hombres, la francesa Giséle Pelicot convirtió un horror íntimo en un hecho político al exigir que el juicio fuera público. En su libro Un himno a la vida reconstruye esa historia que sacudió al mundo y expuso las violencias machistas más brutales. Su caso vuelve a dialogar con un movimiento feminista que, en distintos países, sigue mostrando su fuerza en las calles contra la violencia de género y todas las formas de opresión.
La mujer francesa que fue drogada y violada durante años por su propio marido y decenas de hombres reconstruye su historia en Un himno a la vida. Su decisión de hacer público el juicio convirtió un horror íntimo en un punto de inflexión mundial contra la violencia sexual. Hace un año también salió el libro de su hija, quien narró cómo una familia entera tuvo que enfrentarse a la verdad.
Por momentos la historia parece imposible de asimilar. No porque sea excepcional, sino porque expone con una crudeza brutal hasta dónde puede llegar la violencia contra las mujeres cuando se combinan el silencio, la impunidad y las estructuras que sostienen el dominio patriarcal.
Durante años, Gisèle Pelicot fue violada mientras dormía —o, mejor dicho, mientras estaba inconsciente— en su propia casa. Quien organizaba ese horror era su marido, Dominique Pelicot, con quien llevaba décadas de matrimonio y cuatro hijos en común. Él la drogaba, la dejaba inmóvil y convocaba a hombres a través de internet para que la violaran. Algunos aceptaban. Más de cincuenta.
Además, lo filmaba todo.
Ese material fue lo que permitió descubrir el crimen. Se encontraron videos y fotos en su computadora después de que fuera detenido por grabar a mujeres debajo de sus faldas en un supermercado. Las imágenes revelaron algo mucho más oscuro: una red de violaciones sistemáticas contra su propia esposa.
Dominique Pelicot fue condenado a veinte años de prisión.
Pero lo que transformó el caso en un hecho histórico no fue solo la brutalidad de los hechos, sino las decisiones que tomó Gisèle.
Cuando la defensa de los acusados pidió que el juicio se realizara a puertas cerradas —algo habitual en casos de violencia sexual— ella decidió lo contrario.
Pidió que el proceso fuera público.
Quería que se viera todo: las pruebas, los videos, los testimonios, la dimensión del horror. No para exponerse, sino para exponerlos a ellos.
“La vergüenza debe cambiar de bando”, dijo. La frase recorrió el mundo.
Durante décadas, las víctimas de violencia sexual han cargado con el peso del silencio: el miedo, la culpa, la sospecha social, la mirada que interroga sus decisiones, su ropa o su conducta. Pelicot eligió romper con esa lógica. Al hacerlo, transformó lo doméstico en un acontecimiento político.
Narrar lo inimaginable
Ahora su historia aparece en primera persona en Un himno a la vida, un libro escrito junto a la periodista y escritora francesa Judith Perrignon, reconocida por su trabajo en medios como Libération y por una trayectoria dedicada a narrar historias donde la memoria y las experiencias individuales dialogan con procesos sociales más amplios.
Perrignon trabajó con Pelicot a partir de largas entrevistas, ayudando a ordenar los hechos y convertir esa experiencia en un relato capaz de transmitir la dimensión humana de lo ocurrido.
El libro fue presentado hace pocos días en Madrid, uno de los primeros encuentros públicos donde Pelicot habló sobre sus memorias y sobre el impacto que tuvo el caso en la sociedad europea.
Las memorias reconstruyen el momento en que la vida aparentemente tranquila de una familia se derrumba. La mañana en que Gisèle acompaña a su marido a la comisaría. Él le confiesa que había filmado a mujeres en un supermercado. Entre lágrimas, ella lo perdona y lo acompaña. Pero los investigadores ya habían encontrado algo mucho peor en su computadora: fotos y videos donde se la ve inconsciente mientras hombres desconocidos abusan de ella.
El libro recorre ese descubrimiento, el impacto en su familia, el juicio y el intento de reconstruir una vida después de lo irreparable.
La historia también fue contada por la hija de la pareja, Caroline Darian, en su libro Y dejé de llamarte papá, publicado en Francia hace más de un año y que volvió a cobrar relevancia tras el juicio que condenó a su padre.
En ese testimonio, Darian narra el momento en que su vida cotidiana se rompe de manera abrupta. Tenía una familia, un hijo, un trabajo y una rutina aparentemente normal cuando recibió la llamada que cambiaría todo. Su padre acababa de ser detenido. En el libro describe ese instante como el final de una vida y el comienzo de otra: el momento en que comprende que la figura paterna que había conocido durante toda su vida ocultaba algo monstruoso. “Mi padre drogó a mi madre antes de hacer que la violaran unos desconocidos”, escribe.
Y agrega algo que atraviesa todo su testimonio: durante años nadie sospechó nada. Ni los hijos, ni el entorno familiar, ni siquiera la propia víctima, porque las drogas que Dominique Pelicot administraba borraban cualquier recuerdo de lo ocurrido.
Un caso que obligó a mirar
El juicio sacudió a Francia y a buena parte del mundo porque reveló que no se trataba de un agresor aislado. Decenas de hombres aceptaron participar. Algunos sabían perfectamente lo que ocurría. Otros afirmaron que pensaban que era un “juego sexual” consentido. Muchos nunca denunciaron lo que veían.
El caso expuso, con una claridad brutal, hasta qué punto la violencia sexual puede sostenerse en redes de normalización masculina.
Porque lo que revela esta historia no es solo la violencia de un hombre, sino el entramado social que durante demasiado tiempo protegió a los agresores y exigió silencio a las víctimas.
La violencia machista no es un fenómeno aislado: forma parte de una estructura que organiza desigualdades, jerarquías y dominación en toda la sociedad. Por eso, desde una perspectiva feminista socialista, no puede pensarse el fin del patriarcado sin cuestionar también el sistema que lo sostiene y se alimenta de él.
Desatar ese nudo no será tarea individual ni inmediata. Será con la fuerza de las grandes mayorías del pueblo trabajador —y con las mujeres al frente— que podrá abrirse un camino distinto: el de transformar de raíz esta sociedad capitalista patriarcal y sentar las bases de otra, sin explotación ni opresión.